Barcelona, 11 de marzo de 1966, 12 del mediodía. El comisario Vicente Juan Creix —protagonista de las torturas a Jordi Pujol por los hechos del Palau y hermano pequeño de Antonio Juan Creix, el azote de los comunistas antifranquistas— da la orden de asaltar el convento de los Capuchinos de Sarrià para desalojar a los estudiantes y profesores que llevan dos días encerrados ahí a raíz de la celebración de la asamblea constituyente del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona. Hoy se cumplen 53 años de aquel primer intento de romper con la hegemonía ideológica impuesta por el SEU, el sindicato estudiantil franquista, fundado por José Antonio el 21 de noviembre de 1933, y recuperado por los franquistas en 1943 mediante la Ley de Ordenación Universitaria que imponía la sindicación obligatoria. Así lo explicaba la crónica de La Vanguardia del día que se cumplía el décimo aniversario de su fundación: “Retornaron banderas victoriosas prendidas de crespones por el sacrificio de los mejores. La semilla del S.E.U., fructificada en la valerosa oficialidad provisional, había aportado a la lucha de liberación el ofrecimiento generoso de la juventud española. Pero el Parte de la Victoria no señaló para ella, generación de un destino luchador y difícil, la hora cómoda del descanso. Con tiempo apenas da trocar el uniforme glorioso del Ejército nacional por los quehaceres universitarios interrumpidos, reemprendidos con un nuevo sentido de .su tarea, llena ahora del desvelo de quien cumple un acto de servicio por la Patria, les fue preciso asumir el empeño de impedir que el olvido o la comodidad de la paz malograsen tantos esfuerzos y tanta sangre derramada con la alegría de hacerlo en defensa de un ideal querido. Labor acuñadora, que el jefe nacional del S.E.U [en aquel tiempo Carlos M. Rodríguez de Valcárcel] comparó a la de la avispa, volviendo a la realidad con su aguijón las fáciles concesiones de la debilidad y la cómoda inclinación a la quietud”. El SEU fue, ciertamente, un aguijón venenoso.

En sus memorias, Contra el olvido (Tusquets, 1998), el exministro de la UCD Alberto Oliart, miembro de una familia acomodada extremeña que se trasladó a vivir a Barcelona, en el corazón del Eixample, describe con mucha precisión el ambiente de la universidad del 1945: “A diferencia de lo que yo ingenuamente había creído, la universidad en la que nos tocó estudiar no era el reino del conocimiento”. La Universitat de Barcelona era en aquella época una institución, dice él, enferma por los efectos de la Guerra Civil. La convalecencia se alargó y costó mucho superar el vacío dejado por las depuraciones, el exilio o la muerte de viejos profesores, que fueron sustituidos por los profesores que se habían adherido a la causa franquista y que habían sido apartados por la Generalitat o bien por oportunistas que aprovecharon la devastación de la Universitat de Barcelona para ocupar las cátedras. La universidad se convirtió en un desierto que se fue recuperando despacio con el compromiso de las nuevas generaciones de estudiantes y la reconversión democrática de viejos profesores franquistas. No se puede ningunear a los conversos.

La democracia volvía a Catalunya —y en parte a España— entrando por las aulas

La Caputxinada no fue la primera movilización estudiantil. Los hechos del Paraninfo de 1957, provocados por la segunda huelga de tranvías, tuvieron un gran efecto y reunieron a estudiantes comunistas y catalanistas, superando así el enfrentamiento entre los diferentes sectores de la oposición provocado por la ruptura ideológica derivada de la Guerra Civil. La universidad propició la unidad que los partidos antifranquistas no sabían cómo resolver. Francesc Vilanova ha escrito que no se debería frivolizar con el encierro en un convento que “se situó, en la presidencia, al doctor Jordi Rubió i Balaguer y a los poetas Salvador Espriu y Joan Oliver. En la Caputxinada se jugaban muchas cosas, no solo la construcción de un movimiento estudiantil democrático. Se jugaba el vínculo entre el pasado democrático y catalanista que representaba el doctor Jordi Rubió y la pulsión del presente, para asegurar la lucha por la democracia y la pervivencia de la lengua y la cultura catalanas. En la Caputxinada no estaba la Gauche Divine ni las ‘voces del diálogo’ más o menos condescendientes. Allí estaba la lucha antifranquista pura y dura, lucha universitaria, cultural, política”. La manifestación de los curas de unas semanas más tarde, la creación de la Taula Rodona en 1970 para ayudar a los represaliados por las autoridades franquistas (políticas y universitarias), antecedente de la Assemblea de Catalunya o el homenaje multitudinario al doctor Jordi Rubió i Balaguer en la Universitat de Barcelona en marzo de 1967 confirman que la extensión del antifranquismo en la sociedad catalana era un hecho incuestionable y decisivo. La democracia volvía a Catalunya —y en parte a España— entrando por las aulas.

Hoy se celebrará un acto en la Universitat Pompeu Fabra, convocado por la Asociación LAUDE de exrectores de las universidades catalanas, para volver a hablar de democracia y reivindicar los derechos civiles. Me han invitado para que les explique la represión y la lucha antifranquista en la universidad. Participaré en él con mucho gusto, sobre todo porque la represión a raíz de los hechos de octubre de 2017 ha alterado la convivencia democrática en Catalunya, hasta el punto de que PP, PSOE y Cs depusieron al Govern de la Generalitat, cerraron el Parlament y persiguieron a los líderes políticos y sociales independentistas simplemente porque osaron desafiar al Estado. Ni el 15-M fue reprimido con tanta saña. Las sesiones del juicio farsa corroboran hasta qué punto la represión arrasa con los derechos de los encausados y altera la democracia. En el acto de esta mañana, que aprovecha el aniversario de los hechos de medio siglo atrás, tampoco estará la Gauche Divine que predomina en muchos de los departamentos de las universidades catalanas. Cuando volví a la universidad después de ser destituido como director de la Escola d'Administració Pública de Catalunya en aplicación del artículo 155, me di cuenta de que algunos compañeros prefieren idolatrar las revoluciones del pasado por miedo a las que tienen cerca si no son de su gusto. Me di cuenta, también, de que la descripción que Oliart hacía de la universidad del año 1945 se asemejaba mucho al estado de cosas actual, por lo menos entre el profesorado, preocupado como está por el escalafón y los privilegios que complementen un sueldo paupérrimo. No entiendo como no se dan cuenta de que la indiferencia siempre alienta la represión y de que banalizar el mal es una forma de justificarlo.

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