“Estad seguros de que reconoceremos a Cataluña desde el segundo cero”, estas son las palabras que el dirigente venezolano Nicolás Maduro dijo en el estreno en la Cinemateca Nacional de Caracas del documental biográfico Maduro: Lealtad Indestructible, producido por La Mediàtica Televisió. Y a continuación se dejó fotografiar con una estelada, la de la estrella roja que enarbolan los viejos del PSAN y los jóvenes de la CUP, junto a su mujer, Cilia Flores, conocida como “la primera combatiente” (¡cuánto les gusta la jerarquía!), y Lluís Bartra, el realizador catalán propietario desde 2013 de la productora, junto con la periodista y presentadora Dayon Moiz.

Milite o no en la CUP, Bartra es un entusiasta de los regímenes autoritarios que se han ido implantando en la América del Sur

¿Quién es Lluís Bartra? Si dais un vistazo a su cuenta de Twitter y repasáis unos cuantos tuits, enseguida os daréis cuenta de qué pie calza este productor de TV y agitador social. Para empezar dice vivir en un país imaginario, la “República Bolivariana de los Països Catalans”, y es amante de todas las causas antiimperialistas, siempre del mismo lado, lo que le lleva a reproducir artículos y opiniones de los iconos del altermundismo de todo el mundo. Por ejemplo, de Chomsky, el acomodado académico norteamericano, profesor en una de las universidades más elitistas norteamericanas, el MIT de Boston, quien en The Leading Terrorist State repite por enésima vez que los EEUU son un estado terrorista, lo que aplicado a Venezuela Maduro no consentiría de ninguna forma. De Aki Kaurismäki, el cineasta finlandés premiado en la última Berlinale,  reproduce una entrevista con un titular muy gráfico “Hay que exterminar a los ricos y a los políticos que les lamen el culo”. Y de Jean-Luc Mélenchon, el candidato de Francia Insumisa en las presidenciales que no se decanta por Macron en la segunda vuelta, porque considera que es más peligroso que Le Pen, reproduce una entrevista en la que defiende a muerte a Hugo Chávez, obviando, claro está, que era un militar golpista.

A Lluís Bartra se le atribuyen simpatías por la CUP, aunque no lo he podido confirmar, pero él mismo explicó, cuando intentó demandar al diario ABC, que militaba en el Moviment de Defensa de la Terra (MDT) desde 1987. Ahora, un grupo de la Izquierda Independentista, ITACA- Organització Internacionalista dels Països Catalans, que sí forma parte de la CUP, emitió un comunicado para demostrar que “no sentimos ningún tipo de vergüenza, sino orgullo de la foto en cuestión. Seguiremos practicando la solidaridad internacionalista con Venezuela, del mismo modo que lo hacemos y lo haremos con Colombia, la izquierda abertzale en Euskal Herria, el Sindicato Andaluz de Trabajadores, Palestina, el pueblo saharaui, Kurdistán o Irlanda. Desde ITACA, como organización internacionalista de los Països Catalans y del movimiento de la Izquierda Independentista seguiremos trabajando en este sentido, intentando dar a conocer en el exterior la realidad de los PPCC desde una visión de clase, crítica y no dogmática”. Amén. Bartra dice que no es militante de esta organización, pero se harta de reproducir sus tuits y comunicados.

¡Qué diferencia entre Nin y los actuales visitantes de los países del eje bolivariano! La mayoría de ellos les saca dinero, como Lluís Bartra y su productora, o la pandilla de Podemos, entre los que se cuentan Gemma Ubasart, Íñigo Errejón y Juan Carlos Monedero

Milite o no en la CUP, Bartra es un entusiasta de los regímenes autoritarios que se han ido implantando en la América del Sur. Y su entusiasmo me ha recordado lo que debió de sentir Andreu Nin a raíz de la Revolución rusa de 1917, que tuvo un efecto llamada entre los comunistas de todo el planeta. La Rusia comunista, y a partir de 1922, la URSS, arrastró hacia Moscú a personajes que querían ser protagonistas —o propagandistas— de uno de los acontecimientos más transcendentes del siglo XX. Andreu Nin vivió en Rusia nueve años, entre 1921 y 1930, y llegó a ser secretario de la Internacional Sindical Roja, la hermana pequeña de la poderosa III Internacional, que dirigía Nikolai Bujarin. Fue a Rusia con una delegación de la CNT y él fue el único que creyó en aquella revolución, porque los anarcosindicalistas enseguida se opusieron a un régimen que consideraban autoritario.

Nin era un idealista y casi siempre se equivocó de bando. Después de la muerte de Lenin en 1924, apoyó a la Oposición Unificada, el bloque creado por Trotski, con el objetivo de oponerse a Stalin, y durante el proceso de unificación comunista en Catalunya, optó por crear el POUM en vez de unificarse con los estalinistas del PSUC. Todos sabemos cómo acabó Andreu Nin, que no estaba, precisamente, ni “en Burgos o [ni] en Berlín”, como propagaban malévolamente los comunistas que lo asesinaron en 1937, un año antes de que Bujarin fuera ejecutado por órdenes del todopoderoso Stalin en la mascarada judicial que organizó en Moscú para deshacerse de los compañeros de Lenin y Trotski. La influencia del relativismo posmoderno hace que ahora trotskistas y estalinistas se sienten juntos en el Parlament de Catalunya —Rabell y Coscubiela, para entendernos— y que Andreu Nin esté enterrado en la memoria y en ninguna otra parte. Nadie busca la fosa común donde lo debieron de enterrar los amigos comunistas de Coscubiela.

Los independentistas no necesitan el apoyo de ningún dictador. Al contrario

Hay un montón de libros que explican la fascinación catalana por los acontecimientos de 1917. El día de Sant Jordi me regalaron el último, del profesor Josep Puigsech, La Revolució Russa i Catalunya (Eumo). Al leerlo constato que todos los viajeros catalanes que fueron a la URSS —Pla, Xammar, Macià, Valls i Taberner, Pi i Sunyer, Blasi, Pestaña o Nin, entre otros— tenían un motivo, digamos, altruista: o bien eran partidarios del nuevo régimen o bien querían radiografiarlo para el público catalán o, incluso, como fue el caso de Macià, querían conseguir dinero para la “insurrección” separatista de Cataluña. ¡Qué diferencia con los actuales visitantes de los países del eje bolivariano! La mayoría de ellos les saca dinero, como Lluís Bartra y su productora, o la pandilla de Podemos, entre los que se cuentan Gemma Ubasart, Íñigo Errejón y Juan Carlos Monedero, vinculados al Instituto de Altos Estudios Nacionales, una universidad de posgrado que Rafael Correa transformó en Escuela de Gobierno y de Administración Pública del Estado, y que también edita una revista, Estado & Comunes, a cuyo consejo asesor pertenece el incombustible Joan Subirats. De Monedero no es necesario decir nada más, porque ya hace tiempo que quedó probado que se enriquecía a expensas de los venezolanos, mediante una empresa fantasma, Caja de Resistencia Motiva 2 Producciones SL, con la asesoramiento a Hugo Chávez entre 2005 y 2010.

No dejemos lo cierto por dudoso. Las revoluciones devoran a los devotos que no saben distinguir la verdad de la falsedad. Mélenchon argumenta que Chávez ganó 13 elecciones seguidas para probar su bondad, mientras olvida que los opositores están en la prisión. De Franco podría haber dicho lo mismo. O de Erdogan, que convoca un referéndum para eternizarse después de encarcelar a 40.000 personas. Por eso la foto de Lluís Bartra con Maduro y la estelada me espeluznó. Quien a hierro mata, a hierro muere, dice el refrán. Los independentistas no necesitan el apoyo de ningún dictador. Al contrario. No sé qué habría hecho Andreu Nin en estos momentos, pero quizás se lo habría pensado dos veces antes de caer otra vez en la trampa de entusiasmarse por una revolución frustrada y mortífera.

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