Mi cardiólogo es un hombre sabio. El primer día que acudí a su consulta en el CAP que está cerca de mi casa me quiso tranquilizar con una explicación muy didáctica sobre cuál era su papel. Sentado ante mí me dijo, como quien no quiere la cosa: "A veces somos los médicos los que desconcertamos a los enfermos. Cuando un enfermo entra en nuestra consulta es como si entrara a oscuras en una habitación desconocida. Traspasa la puerta con cautela, dándose de bruces con todo lo que encuentra por el camino, hasta que consigue encontrar el interruptor de la luz y encenderla. Las explicaciones del médico —observó el mío— son esa luz que evita el miedo de quien no ve nada y teme lo peor. El diagnóstico es el festival de la luz".

Quizás porque soy hijo de otro médico ilustrado que siempre me han fascinado este tipo de explicaciones racionales de situaciones que por lo general son emocionales. Lo he intentado aplicar a mi disciplina profesional, la historia, y, en especial, a la observación de la política. La simplificación de los grandes y graves problemas que vive el mundo es hoy la tónica general. La culpa es de todos los que se dedican a este negocio, incluyendo los medios de comunicación. Nadie tiene derecho a quejarse, sin embargo, porque todo el mundo aprovecha los 280 caracteres de Twitter o los titulares de los periódicos para combatir las ideas de los demás. Según los expertos, Twitter es un medio para emitir micro-pensamientos, como antes se escribían aforismos. Pero la realidad es que a menudo, cuando menos esta es mi experiencia, el timeline de una persona pública se llena de insultos o de elogios, según si lo que haya escrito satisface o no a la opinión del tuitero que replica. En Twitter no hay reflexión. No es un medio para diagnosticar nada, por lo tanto.

La lástima es que hoy no tenemos políticos independentistas que sepan alumbrarnos para calmar las angustias que se expresan mediante las redes sociales

El independentismo es muy activo en Twitter y a menudo las peleas se convierten en fuente para que un diario digital —cualquiera, porque todos actúan igual— o la versión web de los escritos tomen en consideración esos combates incruentos. La secuencia es como una ducha escocesa que alterna agua caliente y fría hasta agotarse por el cansancio de una de las dos partes. Por lo tanto, lo más normal es que se utilicen palabras gruesas para descalificar al adversario. En Twitter se conjugan con mucha facilidad los verbos traicionar, desertar, delatar, estafar, embaucar, engañar, pegarla, engatusar, fingir, falsear, mentir, vender, etc., que al final solo significan que quien escribe acusa a algunos independentistas de haberle engañado como a un chino. Twitter es como la granja del cuento de George Orwell. Es la rebelión de los animales que expulsan a los humanos y crean un sistema de gobierno propio que acaba convirtiéndose en una brutal tiranía. Trump es el mejor ejemplo. No pretendo banalizar nada, porque los estudios sobre Twitter han demostrado suficientemente que esta red social beneficia la interacción, fomenta la participación, empodera a la ciudadanía y estimula la aparición de un fenómeno, el viewertariado, que sirve para designar a los usuarios que interpretan, comentan y discuten en Twitter lo que están viendo en tiempo real, generalmente a través de la televisión. Twitter ha convertido en activo al elector pasivo.

Twitter es un guirigay que, a pesar de todo, necesita del sabio cardiólogo que nos explique por qué tenemos que tomar una píldora u otra para regular el ritmo cardíaco. La lástima es que hoy no tenemos políticos independentistas que sepan alumbrarnos para calmar las angustias que se expresan mediante las redes sociales. Y no existen, en primer lugar, porque ninguno, ni uno solo, no ha sido capaz todavía de diagnosticar dónde estamos. Toman decisiones, si es que las toman, escudándose en la opinión de los presos y exiliados políticos. Los utilizan por carencia de coraje y de ideas para que sean ellos los que nos comuniquen lo que los que están libres y van en coche oficial no tienen el valor de exponer honestamente. De esta forma es como se incendia Twitter. La generación tuitera no está por tonterías y exige a los políticos transparencia y valentía. Se podría decir, además, que las redes sociales han convertido en realidad el deseo del presidente Dwight D. Eisenhower para que la política fuera “la profesión a tiempo parcial de cualquier ciudadano”.

Estoy muy contento con el trato que me dispensa mi cardiólogo. Es un hombre mayor, experimentado, a quien estoy seguro que le han ocurrido muchas cosas y, además, luce un lazo amarillo sin complejos, a pesar de que no me haya hablado jamás de política. Me ha dedicado —como a los demás pacientes que esperan su turno— muchos más minutos de los que establece el protocolo. Es un encanto de hombre. No se va a la visita del médico por gusto. Por lo tanto, si voy a verle contento y esperanzado es porque mi médico me inspiró confianza desde el primer minuto. No me ha decepcionado jamás. Los políticos independentistas, en cambio, han derrochado la ilusión del independentismo en solo un año. Y aun así, el independentismo crece. Quizás esa sea la señal de que pronto el electorado independentista cambiará de líderes. A algunos la euforia en la feria de las vanidades que es la política les habrá durado muy poco. Son los políticos que navegan con barcos de papel mientras arrecia una tormenta tropical.

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