El Gobierno se ha equivocado. La celebración del Consejo de Ministros en Barcelona provocó la paralización de Barcelona un viernes laborable. Las rondas, que habitualmente se colapsan por la mañana y por la noche, engulleron un 53% menos de coches. Los ciudadanos que no se desplazaron para acudir a las movilizaciones naturalmente optaron por quedarse en casa. El éxito de la jornada se debe, en parte, a la propaganda negativa que se hizo durante los días anteriores con la intención de criminalizar al independentismo. Al final, no ha habido grandes disturbios, más allá de algunos enfrentamientos aislados entre la policía y algunos manifestantes, que estoy convencido de que estaban liderados por infiltrados. Ahora, en cada movilización, queda demostrado que la policía, la del Estado y la catalana, tienen que aprender a respetar a la gente. Unos hacen la peineta a las personas que, irónicamente, les dicen adiós, una vez terminado el espectáculo, y los otros golpean a un par de abuelas con total impunidad. No me extraña que todavía haya quien atribuya a la policía las malas prácticas propias de otros tiempos.

En general, sin embargo, la jornada de movilización del viernes trascurrió con la normalidad anormal de los últimos diez años. El independentismo ocupó la calle mientras el Gobierno tenía que deambular por la ciudad protegido por 9.000 policías. La imagen de un Pedro Sánchez caminando solo por el paseo de Colom, sin gente a su lado, que habría sido lo normal a esa hora, para ir desde el Hotel Duquessa de Cardona hasta la Llotja, que está a menos de una esquina, es una demostración de hasta qué punto los presidentes del Gobierno son poco queridos en Catalunya. Ya sé que la noche anterior los de Fomento del Trabajo le organizaron una cena multitudinaria, pero este es el pesebre habitual de los que tienen que defender sus negocios. Hay más interés que patriotismo. La jugada de Sánchez para marcar terreno en Catalunya no le salió demasiado bien a nivel popular, que es lo que cuenta, en definitiva.

Antes de la comida empresarial, Pedro Sánchez se reunió con el presidente Torra en el palacio de Pedralbes. Ambos iban acompañados por los miembros de sus gobiernos. El encuentro entre los dos presidentes dio otra de las imágenes del día. La entrada indisimulada, ante todas cámaras, del jefe de protocolo de la delegación española para colocar un tiesto con hojas rojas para que tapara los dos ramilletes de ponsetias amarillas fue espectacular. El Gobierno hizo con las decorativas ponsetias, que está claro que eran amarillas no precisamente porque sí, lo mismo que impuso al día siguiente cuando decretó el cambio de nombre del aeropuerto de El Prat. Convirtió en conflictivo lo que podría no haberlo sido. Mientras la gestión de las infraestructuras aeroportuarias no esté bajo el control de la Generalitat de Catalunya, cambiar el nombre del aeropuerto de El Prat es, sencillamente, una nueva forma de colonialismo. Una torpe violentación simbólica que solo contentará a los comensales de Fomento más rematadamente unionistas. ¡Pobre Tarradellas!

Del traslado de la corte ministerial a Barcelona quedará, sin embargo, un comunicado conjunto de los gobiernos español y catalán que es realmente espectacular. A los más radicales les parecerá poco. Los que hacen política podrán ver una clara victoria del gobierno de Quim Torra. En cuatro párrafos se condensa el espíritu de diálogo que propugna el independentismo y que hasta ahora el Gobierno, el de antes y el de ahora, se negaba a aceptar. Para empezar, el documento reconoce que existe un conflicto sobre el futuro de Catalunya, aunque ambos gobiernos mantengan "diferencias notables sobre su origen, naturaleza o vías de solución". En el comunicado se dice que la solución final deberá contar con un amplio apoyo de la sociedad catalana. No se menciona el referéndum, pero tampoco se habla de la Constitución. La seguridad jurídica que reclama el documento para resolver un conflicto que de ninguna manera se puede resolver con condenas judiciales a porrazos solo puede traducirse en el ejercicio del derecho a decidir, en la autodeterminación o, simplemente, en la convocatoria de un referéndum que no es necesario que vaya adjetivado.

El viernes, el Gobierno perdió muchos enteros, por decirlo en términos bursátiles. El Govern encaró con astucia y posibilismo un encuentro que pudo ser mortal. Teniendo en cuenta cómo reaccionó la caverna mediática, Torra se apuntó un tanto en una semana que comenzó con todo tipo de insultos desde su viaje oficial a Eslovenia. Un año después de la victoria soberanista en las elecciones impuestas por Mariano Rajoy, el PP calienta silla en el banquillo, Pedro Sánchez renquea y el soberanismo mantiene la posición. Esta es la realidad. La lástima es que la policía empañe una y otra vez las victorias del Govern con actuaciones discutibles. En Pedralbes solo se pactó el desacuerdo, lo que debería contentar a los partidarios del "realismo y la buena política", pero la victoria del gobierno Torra es innegable. Los que lo niegan solo son derrotistas, y tenemos a unos cuantos.

Agustí Colomines
Opinión El gobierno del antifaz Agustí Colomines