Joan Tardà tiene un concepto antiguo de lo que es una democracia. Lo afirmo porque leo que Tardà ha declarado con rotundidad que “es evidente que España es un estado democrático”. Él no ha dicho España, una palabra que a mí no me molesta, sino que ha utilizado el eufemismo “estado español”. Puesto que lo ha expuesto en la IV Convención Federalista convocada por unas cuantas fundaciones socialistas, quizás lo afirmó para contentar a la audiencia. O quizás no y realmente lo cree. Con los de ERC nunca se sabe, porque un día son los más revolucionarios del mundo y al cabo de unos meses los más moderados, obedientes a las doctrinas del establishment. Sostengo, pues, que Tardà tiene una concepción de la democracia superada por los defensores de los derechos humanos.

¿Es España realmente una democracia? Depende de cómo se afronte la cuestión. Si de lo que se trata es de contentarse con la definición negativa de la libertad y de la democracia, propia de los tiempos de la Guerra Fría, entonces “es evidente” que España es una democracia. Cuando Isaiah Berlin y Karl Popper defendían la democracia liberal frente a las “democracias populares” comunistas, lo hacían creyendo que “era evidente” que en Occidente nadie podía llegar al poder y mantenerse en él contra la voluntad de la mayoría. De ahí salió la concepción negativa de lo que es la democracia, pues lo que era positivo se definía por lo que no podía ser. Desde que la izquierda dejó de ser antidemocrática —o sea, marxista—, el concepto de democracia ha evolucionado y ya no se define por lo que no debería ser. O cuando menos, esta era la voluntad de los demócratas progresistas cuando por fin desaparecieron los estados del comunismo realmente existente —a pesar de que el comunismo asiático continúe muy robusto—, arrastrando todos los partidos comunistas a la “papelera de la historia” (aunque la CUP no lo sepa), incluyendo el italiano, que pasaba por ser el más evolucionado. La división del mundo en bloques, la mal llamada “distensión pacífica”, alteró la democracia. Entre una España franquista y una España en manos de La Pasionaria, escribió Joaquín Maurín en la década de los cincuenta, los EE.UU. optaron por Franco. La posguerra fue así, lamentablemente.

En un artículo publicado, si no me equivoco, en el Correo de la UNESCO, Alain Touraine se preguntaba qué era la democracia ante la caída del Muro. Han transcurrido treinta años. El sociólogo francés se interrogaba, con acierto, sobre hasta qué punto la libertad de elección política, requisito indispensable en un estado de derecho, era lo que definía una democracia. ¿Es que la democracia se reduce solo a un mero procedimiento? —interpelaba Touraine al lector. ¿Es posible definir la democracia prescindiendo de sus finalidades y, por lo tanto, de las relaciones que instaura entre los individuos y las categorías sociales? Planteado de otro modo, haberse liberado del franquismo, de la dictadura, y haber construido un estado constitucional no garantiza que España sea realmente una democracia. De la misma forma que ningún buen jurista comete el error de confundir la ley con la justicia, ningún político demócrata debería confundir la existencia de una ley fundamental con una democracia. Una democracia es algo más. Mucho más. Tardà lo sabe, por eso él mismo ha rectificado ante el público del PSC-PSOE, y del contundente “es evidente” que España es una democracia ha pasado a interrogarse sobre si la calidad democrática del estado español era suficiente o no.

Si España fuera una democracia “evidente”, en primer lugar debería asumir que tiene un conflicto. Y, a continuación, poner los mecanismos para resolverlo

Este es el quid de la cuestión. Las mujeres no están medio embarazadas. O están preñadas o no lo están. Las democracias que no funcionan, no son democracias. Puesto que los políticos lo confunden todo por falta de rigor intelectual, las maldades de Donald Trump se equiparan a la democracia estadounidense, como si el presidente norteamericano pudiera actuar, por ejemplo, como lo hacen Erdogan en Turquía o los militares en Bolivia, una comparación que quizás le guste más a Tardà. La democracia en los EE.UU. funciona porque los contrapoderes se controlan y garantizan los derechos individuales de una manera, a veces, extrema. Es entonces cuando se puede producir “un conflicto entre demócratas”, que se traduce en el impeachment que ha puesto en marcha la oposición. El largo combate del soberanismo contra los poderes españoles no es, como asegura con aplomo Tardà, este tipo de conflicto. No es un conflicto “entre dos democracias”. ¿Qué tipo de democracia es la que considera legales los partidos independentistas pero ilegal que quieran hacer efectivo su programa por la vía de un procedimiento democrático? Seria como prohibir que los partidos socialistas nacionalizaran la banca, por ejemplo. De hecho ya es así, pero la socialdemocracia se ha resignado a ello. Lo que me parece evidente es que el control de la información, la manipulación social con mentiras, la xenofobia, la discriminación, la no separación de poderes, el decreto digital, las inculpaciones inventadas, las torturas, la monarquía, son algunas muestras de que la democracia en España es, resumiéndolo con palabras de John Carlin, inmoral. Si los independentistas creyeran lo contrario, soportar la represión no tendría ningún sentido.

Las arbitrariedades denunciadas por los observadores internacionales del macro juicio o incluso el pronunciamiento de Amnistía Internacional, que hasta hoy no se había lucido en la defensa de los encausados independentistas catalanes, en el que deplora “la criminalización de actos legítimos de protesta”, refiriéndose a la condena por sedición de los Jordis, debería provocar la reflexión de todos. En España se violan los derechos humanos de los detenidos. ¿Por qué los poderes españoles y los medios de comunicación unionistas insisten tanto en negar que los presos independentistas sean presos políticos? Porque “es evidente” que España es una democracia, según ellos. Está claro que la existencia de los GAL debería haber bastado para que los demócratas españoles se dieran cuenta de que algo olía a podrido en España. En Francia, la guerra argelina estuvo a punto de acabar en guerra civil precisamente porque las acciones del ejército francés dinamitaban los cimientos de la democracia. El Mayo del 68 sacudió el polvo de los zapatos de la democracia con una crítica severa a los déficits “liberales” del gaullismo.

Querido Tardà, no, no “es evidente” que España sea una democracia. Cuando la democracia se apoya en un “sector central y un sector periférico”, por seguir el razonamiento de Touraine, es que el poder central oprime al periférico. Cualquier progresista sabe que la opresión —como la desigualdad— es el veneno que mata la democracia. Si España fuera una democracia “evidente”, en primer lugar debería asumir que tiene un conflicto. Y, a continuación, poner los mecanismos para resolverlo. Lo que sí que es evidente es que las democracias o son arbitrales, lo que presupone admitir el antagonismo y el diálogo, o son otra cosa. Si solo se condena al “otro”, es que el autoritarismo va avanzando como el cáncer.

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