La prisa que contiene todas las urgencias que actualmente asedian el país se resquebraja día tras día: Rodalies, los maestros, los médicos, los policías infiltrados, la vivienda, el empobrecimiento de los catalanes, la lengua. El informe Fènix apunta a una nación en retroceso. El gobierno de los socialistas no es capaz de abordar —ni tan siquiera de aplazar— ninguna de estas urgencias, no es capaz de negociar de manera fructífera con ninguno de estos sectores, y centra sus esfuerzos en la contención y en la supervivencia. Hay ineptitud, pero también hay conciencia y voluntad política: su forma de gobernar es el ahogamiento del conflicto, el que sea, con la esperanza de que desescale. En esta olla a presión en la que se ha convertido el país, Oriol Junqueras —podríamos decir ERC, pero todo lo que queda de ERC son los sectores que no han sido expulsados por Junqueras— se encarga de hacer de válvula de descompresión a los socialistas. Siempre disponible, siempre a punto para acatar y renunciar y hacer la vida más fácil al gobierno acorralado de Salvador Illa. Hace dos años, los republicanos ostentaban la presidencia de la Generalitat y hoy hacen de muleta, aparentemente sin agenda política propia.
A estas alturas, resulta de una diafanidad incuestionable que hacer el papel de salvavidas, en términos de partido, no augura un futuro electoral óptimo para ERC. Pero las decisiones de Junqueras van un poco más allá de los resultados inmediatos en las encuestas. Incluso van un poco más allá de las próximas elecciones: Oriol Junqueras quiere ser president de la Generalitat a cualquier precio. No se satisface con una presidencia de ERC en la que el president sea alguien que no sea él; sus anhelos no habrían quedado saciados alcanzando el objetivo de convertirse en el partido "hegemónico" en Catalunya, tal como se pretendía en el momento de Pere Aragonès. El simbolismo de un gobierno de ERC tras más de ochenta años no le hizo ni cosquillas. Las decisiones que Oriol Junqueras toma en nombre del partido cuestan de entender porque no las toma solo en beneficio del partido: el partido solo le es herramienta necesaria. Por eso, en la mayoría de los casos, son contraintuitivas. Y por eso, en el caso de los presupuestos, son decisiones que Junqueras se encarga de que no pasen por la militancia.
Oriol Junqueras está dispuesto a ser la criada de los socialistas y a no pararles nunca los pies mientras esto le garantice una reserva de plaza
Oriol Junqueras trabaja con agenda propia. Ahora, Oriol Junqueras necesita tiempo. Le conviene mantenerse en la órbita socialista para garantizarse un espacio mediático, para aplazar el horizonte electoral, para sondear las opciones de desactivar la inhabilitación y para, finalmente, llegar adonde quiere llegar. En esta carrera de fondo para garantizarse la presidencia, en esta carrera política obsesiva en que la ambición personal ha quedado completamente desfigurada para convertirse en obsesión, la credibilidad, el bagaje histórico, la democracia interna y la marca de ERC son siempre sacrificables si entran en conflicto con la meta definitiva. Oriol Junqueras está dispuesto a ser la criada de los socialistas y a no pararles nunca los pies mientras esto le garantice una reserva de plaza. Así, tiene secuestrado a su propio partido.
Si ERC se hubiera plantado, si ERC hubiera priorizado la coherencia ideológica, si ERC hubiera pedido sanciones y consecuencias reales respecto al uso del catalán en los servicios públicos como condición para los presupuestos —en vez del enésimo chiringuito—, si la no recaudación del IRPF hubiera sido verdaderamente determinante para retirar el apoyo a los socialistas, si con la mandanga del tren orbital no se hubieran dado por satisfechos, quizás ERC se habría podido beneficiar electoralmente de plantar cara, pero el presidenciable beneficiado y con opciones reales de volver a rascar la presidencia todavía no habría podido ser Oriol Junqueras. Se podría pensar que, con Junts desorientado —con el president todavía en el exilio, compitiendo con Aliança y centrado en las batallitas en Barcelona— y con el país patas arriba, estamos en el momento preciso para que un partido de izquierdas y nacionalista robustezca su discurso y gane espacio político. Con Oriol Junqueras al frente, sin embargo, ERC se limita a aspirar al standby y a confundir los intereses del partido con los de su líder, hasta que todos parezcan uno solo.