Después de anunciar que quizás volvería al mundo de la cosa pública y de hacer ver que paraba un desahucio en el Camp d'en Grassot, ensayando un vals sin estridencias con los Mossos, Ada Colau ha aprovechado una aparición tertuliana (en uno de esos programas de La2.cat que no ve ni puto Dios, pero que corren por redes... y así ya hacen el apaño) para confesarnos que recientemente se ha visto obligada a marcharse de su piso de toda la vida para compartir vivienda con un familiar. En casa todavía no nos hemos rehecho del susto, y no porque una antigua capataza de nuestra capital tenga que compartir piso, sino sobre todo porque la mala leche cruenta del capitalismo la obligue a hacerlo con un consanguíneo. De hecho, Ada habría podido añadir más dramatismo a la situación remachando el clavo de la historia y, por mucho que la narrativa fuera inventada, confesarnos que compartir lavabo con el cuñado es mucho peor que ser desahuciada.
Como especialista en la filosofía colauista, me ha complacido mucho ver que Ada continúa fiel a su filosofía política, eminentemente vivencial. Esto se traduce en el hecho de que, ante cualquier debate, la antigua alcaldesa no se incline a compartir un programa, sino sobre todo a hacernos partícipes de su sufrimiento o circunstancia. De la misma forma con la que se erigió en defensora de los derechos queer recordándonos que, de jovencita, había conocido bíblicamente a personas con vagina, ahora Colau no dispone de ningún plan integral para enderezar el tema de la vivienda en Barcelona, pero ha ejercitado la retórica para que veamos cómo lo sufre en primera persona. Todo esto la reina de los Comuns es capaz de decírnoslo solo para que la compadezcamos, como si ella misma no hubiera protagonizado ocho años de políticas de vivienda que han acabado como se sabe.
El marxismo-colauismo parte de la noción según la cual "yo soy una de vosotras, porque a mí me va igual de mal"
En este sentido, los catalanes tenemos suerte de tener que disputarnos el corte de la polémica con Ada, porque nuestros adorables enemigos tienen que aguantar discursos como los de Yolanda Díaz, que, en un mitin de hace pocos días, se dejaba la voz y el acento gallego recordando a la parroquia que hay que movilizarse contra el gobierno del cual ella forma una parte sustancial... ¡y que siempre ha catalogado como el más progre de la historia! De hecho, la intervención mencionada de Colau querría apelar a todos aquellos nuevos activistas del entorno de Podemos y de los Comuns que poseen el don de tener un poco de memoria, por lo cual ya conocen de sobra cómo el régimen del 78 acabó zampándose el contestatismo de líderes tipo Pablo Iglesias, su amada costilla y toda una serie de políticos que han empleado las instituciones para acabar siendo mucho más ricos que cuando eran activistas. Colau, cuando menos, puede certificar que no ha prosperado.
Pues aquí radica la madre del cordero, pues, a la mayoría del mundo occidental, se aprecia a los políticos que presentan una historia de superación o que, cuando menos, se dirigen a sus potenciales electores con una premisa tan simple como desear que la vida les vaya mejor en un futuro más o menos inmediato. Pero el marxismo-colauismo parte de una base absolutamente opuesta; a saber, la noción según la cual "yo soy una de vosotras, porque a mí me va igual de mal". En este sentido, la izquierda catalana ya hace tiempo que se está españolizando —contrariamente a la doctrina maragallista, que consistía en recordar algo tan básico como que las sociedades que se esfuerzan por ser progresistas tienen que tener una clase media que gane mucho dinero— a base de trabajar para que la miseria se eternice y que la supervivencia de todos dependa del Estado. Así su historia, pues de lo que Ada no se ha podido independizar es del dinero público...
Siguiendo este hilo, es del todo lógico que Colau quiera encabezar (o cuando menos, figurar en) una formación a la izquierda del PSOE, y no liderar un grupo de progreso de obediencia estrictamente catalana. Si optara por la segunda opción, Colau se tendría que mojar los tobillos con asuntos espinosos, como el déficit fiscal, la corrupción —física y económica— de infraestructuras como Rodalies, y ya no hablamos de la castellanización empobrecedora que sufre nuestra singular tribu. Pero España la ha puesto en una situación mucho más agradecida, consistente en intentar apuntalar el régimen de Pedro Sánchez y del 78 enmendando sus tentaciones centristas. Parece que el advenimiento de la derecha es inexorable, pero yo confío sinceramente en el poder de Colau; porque si una persona puede hacer campaña electoral después de encarecer los pisos en Barcelona con la excusa de que ahora tiene que compartir sofá, es que puede hacer cualquier proeza.
