Nuestra tribu sobresale notoriamente como cantera de actores y el hecho es de una lógica escalofriante; somos una especie de gente que, ante las costumbres de la vida y de las tragedias de la geopolítica en general, está acostumbrada a salir del paso y a salvar nuestra hipocresía impostando retórica. En este sentido, es normal que nuestros bufones tengan que transportar la cruz de la ética comunitaria y, en las entrevistas, se vean obligados a muscular filosofía (no tengo ningún problema de competencia gremial porque el pensamiento, por fortuna, no exige carné). Hablando de entrevistas virales, últimamente han trascendido las palabras de nuestro hiperactivo intérprete Enric Auquer que, a raíz del estreno de la película Cronos sobre los atentados yihadistas del 17-A, pedía más autocrítica a la parroquia y, sin rehuir la iniciativa de los perlas y la influencia del hijo de la grandísima ramera del imán de Ripoll, se cuestionaba sobre "qué responsabilidad" podemos tener los indígenas del hecho de que unos adolescentes se radicalicen, mencionando la chispa de la violencia estructural que puede urdir el racismo.
Coincido con Auquer en que los oriundos de un lugar compartimos la "responsabilidad de privilegio" de saber por qué surge la violencia y, en este sentido, me sabe mal que la secta de los josepmaries haya respondido al clamor de este artista pidiéndole que calle la boquita. Analizando la petición del actor, yo diría que primero tenemos que desentrañar su propio clamor, que se basa en el pensamiento católico-marxista habitual de nuestros artistas (el cual, surgido de un género como el cine, que es uno de los grandes productos del capitalismo, todavía tiene más guasa). Esta tendencia acostumbra a pensar que los actos nunca acaban de ser responsabilidad del propio sujeto —ni de un grupo de individuos con una moral compartida—, sino fruto de la culpa de un todo social; desde esta perspectiva, un okupa no asaltará una propiedad privada porque sea un caradura que no quiere pagar un alquiler, sino que actuará en reacción a la responsabilidad colectiva de un sistema que no lo ayuda lo suficiente para que pueda sufragarse un pisito. En la vía católica el individuo peca, pero siempre puede escudarse en la desidia del común.
Su clamor se basa en el pensamiento católico-marxista habitual de nuestros artistas. Esta tendencia acostumbra a pensar que los actos nunca acaban de ser responsabilidad del propio sujeto sino fruto de la culpa de un todo social
En este sentido, tiene gracia que nuestro progresismo se inspire en un texto tan antiguo como el libro XIII del De Civitate Dei de San Agustín, donde se religan los males de hombres y mujeres a su condición de simples conductores del pecado original (un concepto que el padre de la Iglesia religaba a algo tan ancestral como el mismo coito que facilita la concepción humana). A su vez, y siguiendo una lectura althusseriana del marxismo (bastante discutible, pero eso si queréis ya lo discutiríamos tomando un café en el Ateneu), se entiende que los estallidos de violencia nunca pueden surgir de la espontaneidad o incluso del aburrimiento, sino que la coacción siempre tiene un carácter sistémico. Esto, según la lógica de la tertulia radiofónica, puede llevarnos a justificar cualquier atentado en la falta de cohesión social o en el auge de la pobreza de una clase determinada. Antes de eso, y gracias a los pesados de la escuela de Frankfurt, también se abrazó el concepto de violencia mesiánica, un tipo de estallido de poder mediante el cual se forzaba la ruptura simbólica de un sistema sin llegar a causar su ocaso o traspaso.
Combinando estos dos sistemas de pensamiento, se podría analizar cuál es la culpa colectiva o el error del sistema que podría responder a la pregunta, siguiendo las declaraciones de otra actriz de este film, de por qué "unos chicos catalanes deciden atropellar a otros catalanes". El problema de esta perspectiva es la trampa final porque, en la ya famosa entrevista de Auquer, el actor no apela a averiguar la culpa que tenemos todos en el asunto, sino a su propia responsabilidad hacia la carnicería. Este aspecto es interesante, porque la retórica nos lleva a plantearnos un interrogante como colectivo (o sistema, en marxista) pero a responderlo a través de la culpa individual. Evidentemente, si estiramos el hilo de este proceder, caemos en un callejón sin salida que solo lleva al sadomasoquismo, pues —del atentado en cuestión— nosotros no tenemos ninguna responsabilidad; estirando el hilo del argumento, la pregunta de Auquer solo nos lleva a sentir una especie de culpa dolorosa sin poder responder a ella y, al límite, nos aboca a ser coautores de una desgracia que vivimos en silencio.
Todo esto son filosofadas que vale la pena recordar, no solo para ver cómo la gente más progre del país recae en las manías más conservadoras de la tradición del pensamiento para hacerse los interesantes, sino también porque todos estos saltimbanquis de la retórica prefieren hacernos repasar pacientemente la bibliografía filosófica que no preguntarse cosas como por qué narices un imán era confidente del Reino de España o por qué demonios el Gobierno del mismo país se ha mostrado tan perezoso para desclasificar los documentos secretos sobre el tema, unos miles de folios gracias a los cuales podríamos abandonar el pensamiento especulativo para abocarnos al mundo de la responsabilidad política. Pero todo esto, ya se sabe, son cosas que los intérpretes más valentones siempre se dejan en el saco, no vaya a ser que la industria cinematográfica española, también muy progre, los deje sin curro.
