Este es mi vigésimo curso escolar como profesor de bachillerato en el norte de Europa, y si les tengo que explicar cuál es el cambio más profundo que he vivido en este tiempo, lo tengo muy claro: hasta hace una década no estaba preocupado por el futuro de mis alumnos, ahora sí. Vivimos en un mundo cada vez más hostil, en el que los viejos imperios se han despertado y las democracias se tambalean, la competición por los recursos y la tecnología será aún más feroz, y creo firmemente que no estamos dando las herramientas que nuestros jóvenes necesitarán cuando sean adultos.

En estos veinte años he visto cómo los contenidos de los planes de estudios se simplificaban en nombre de las competencias, y eliminábamos evaluaciones para no angustiar a los alumnos. He vivido cómo la irrupción de TikTok les freía el cerebro y la capacidad de concentración, y ChatGPT les disparaba el rasgo más propio de los adolescentes, la pereza. He sufrido la entrada masiva de tecnologías inútiles en el aula, y las lecciones de unos pedagogos que trabajan al margen de la realidad escolar. Y también he comprobado la erosión de la profesión docente, entre burocracias absurdas y unos políticos que tienen unos intereses opuestos a los nuestros. Todo esto, repito, en el norte de Europa, donde a pesar de todo las cosas funcionan mejor que en Catalunya.

El pasado martes se publicaron los resultados del informe PISA, catastróficos en casi todo Occidente y con la anomalía de los resultados falseados de nuestro país. La situación es gravísima, con un tercio de los adolescentes que tiene graves problemas para comprender un texto. Este hecho no es ningún concepto abstracto, ni es importante por si los jóvenes leerán más o menos libros. No, la comprensión lectora es la capacidad de entender el contrato laboral que tendrás que firmar, la factura del banco o las instrucciones del médico. Es la posibilidad de detectar las trampas en el discurso de un politicastro o de un gurú profesional, y la puerta que te permite captar las crisis y evitar que te engullan. Un alumno que no entiende lo que lee será un adulto indefenso.

Tener un sistema educativo que se derrumba responde a la voluntad de nuestros políticos

Pero seamos sinceros: ¿en Catalunya esto le importa a alguien? ¿Cuánto duró la presencia del informe PISA en los medios catalanes, cuarenta y ocho horas? La televisión y la radio públicas, como es habitual, sacaron a pasear la parada de los monstruos. Aquí un catedrático que ha construido su carrera a partir de dogmas ideológicos y no del conocimiento científico de cómo funciona el aprendizaje. Allá un rentista de la farándula que cree que el único trabajo de la escuela es crear buenas personas. Maestros que están en la trinchera educativa salieron muy pocos, porque podrían decir algo incómodo para los intereses del PSC, y ya sabemos cómo se las gasta el Govern del president Illa con las voces disidentes.

Tener un sistema educativo que se desmorona responde exactamente a la voluntad de nuestros políticos. ¿No decidimos todos juntos que seríamos un rincón del mundo dedicado al turismo y a la construcción, y que tener una población cualificada era irrelevante? ¿Que solo nos hacían falta albañiles, camareros y obreros dedicados a los servicios, y que si hacía falta importaríamos unos cuantos millones? ¿Y que pagar tantas carreras universitarias era un mal negocio porque igualmente los más capaces acabarían fuera? Si el objetivo era que el pueblo fuera una masa estable de mano de obra barata y vulnerable, el éxito ha sido inmenso. Ante este modelo social, la respuesta de la clase media autóctona ha sido segregarse, y muchos padres han hecho un gran esfuerzo económico para asegurar a sus hijos un entorno más homogéneo. Aun así, son unos ilusos: los ricos (y los políticos) blindan la reproducción de clase llevando a sus hijos a centros que siguen un plan de estudios extranjero. Sospecho que un día surgirá una empresa o fundación que ofrecerá escuelas basadas en el esfuerzo, la disciplina y el aprendizaje estructurado a un precio más o menos asequible, y que tendrá un éxito formidable.

Los jóvenes que han sufrido todo este sistema ya hace tiempo que han entrado en el mercado laboral, y a pesar de que hay de todo, la gente de las empresas les podrá explicar historias increíbles de poco nivel y fragilidad emocional. Es el resultado de haberles eliminado muchos retos e incomodidades en casa, y de haber reducido la exigencia en todas las etapas educativas. ¿Estaremos a tiempo de cambiar el rumbo? Al final, somos los ciudadanos los que tenemos que decidir si la escuela es lo suficientemente importante para hacernos elegir unos partidos y descartar otros el día de las elecciones, y si estamos dispuestos a luchar por el futuro de las nuevas generaciones. Yo, mientras tanto, continuaré dando clase en mi aula noruega, con profesionalidad y constancia, pero sin poder evitar un cierto pavor.