Prácticamente todo el mundo recuerda qué estaba haciendo aquel fatídico 11 de septiembre de 2001 cuando recibió las noticias de lo que acabaría siendo uno de los atentados terroristas más impactantes de la historia. O, mejor dicho, todo el mundo nacido antes de 1997-98 lo recuerda, porque ya han pasado veinticinco años.

En mi caso, me encontraba en el World Trade Center —por suerte, el de Viena—, un complejo de oficinas y salas de reuniones anexo al aeropuerto de la capital austriaca. La Organización de Cooperación y Seguridad en Europa, la OSCE, había alquilado unas salas para el tránsito de unos centenares de observadores internacionales que veníamos de supervisar las elecciones presidenciales bielorrusas, que se habían celebrado dos días antes en aquel país, el 9 de septiembre de 2001.

No comento la anécdota de manera gratuita, sino porque, precisamente, uno de los motivos que han hecho posible que la dictadura de Alexandr Lukashenko —una de las peores, si no la peor que hay en Europa— gobierne con mano de hierro Bielorrusia desde hace más de treinta años son los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Un servidor había sido testigo directo del régimen de terror de Lukashenko y de la absoluta pantomima de aquellas elecciones. La comunidad internacional también lo veía así. Recuerdo que en el vuelo que en la mañana de aquel 11 de septiembre nos llevó de Minsk —la capital de Bielorrusia— a Viena, leí un contundente artículo, en el añorado International Herald Tribune, que cargaba durísimamente contra aquel régimen. También recogía las opiniones de algunas de las principales capitales europeas y de Washington sobre la necesidad de acciones contundentes, incluidas sanciones importantes. Todo apuntaba a que el régimen de Lukashenko tenía los días contados…

Pero todo cambió a las 8:46 h de la mañana, hora local de Nueva York (a las 14:46 h, hora de Barcelona y Viena, y a las 15:46 h en Minsk), cuando el vuelo 11 de American Airlines se empotró contra la Torre Norte de las Torres Gemelas, en la parte baja de Manhattan. A las 9:03 h, el vuelo 175 de United Airlines se empotró contra la Torre Sur. Treinta y cuatro minutos después, el vuelo 77 de American hacía lo mismo en la cara oeste del Pentágono, en Washington, y a las 10:03 h —cuatro minutos después del derrumbe de la Torre Sur— el vuelo 93 de United se estrellaba en unos prados en las afueras de Shanksville, Pensilvania.

Lo que ocurrió después lo sabemos sobradamente, especialmente la "guerra global contra el terror" que desató el presidente George W. Bush, con el famoso "trío de las Azores" (Bush Jr., Blair y Aznar, con la presencia de Durão Barroso), la intervención militar en Afganistán (2001-2021), de donde Estados Unidos y sus aliados salieron de forma no muy airosa en el verano de 2021, con la consiguiente caída de Kabul el 15 de agosto de aquel mes. O la doctrina de la "guerra preventiva" y la consiguiente segunda guerra del Golfo (2003-2011), con la nueva invasión de Irak, la caída de Saddam Hussein, pero la posterior implosión interna del país, y una sangrienta guerra civil de donde surgió Estado Islámico, el grupo terrorista que ha provocado más quebraderos de cabeza no solo en la zona del Próximo y el Medio Oriente, sino también en Europa, en el Sahel y en otros territorios de África.

Todo ello sin poder ignorar el escándalo de las cárceles secretas de la CIA y sus vuelos clandestinos, también a varios países de Europa, donde se trasladaban y se torturaban prisioneros capturados por los servicios secretos estadounidenses sin ningún tipo de supervisión legal ni judicial. O las torturas en las cárceles iraquíes gestionadas por el país invasor —Estados Unidos—, o el Centro de Detención de Guantánamo, del que ya nadie habla, pero que hoy —un cuarto de siglo después— aún sigue activo sin haber resuelto su situación legal totalmente irregular.

Hace veinticinco años, al-Qaeda sorprendió al mundo con unos atentados que lo cambiaron todo. De hecho, hay quien piensa que el siglo XXI se inició realmente ese día

Y es que los derechos humanos fueron una de las principales víctimas de los atentados de hace veinticinco años; más allá, evidentemente, de los casi 3.000 muertos directos del 11S y los 25.000 heridos de aquel día, más de los que hubo en el ataque de Pearl Harbor.

Paradójicamente, la mencionada guerra contra el terrorismo no solo conllevó un retroceso brutal del respeto a los derechos más fundamentales en Estados Unidos mismo o en aquellos países que fueron víctimas de las intervenciones militares estadounidenses y aliadas. También conllevó importantes regresiones en países hasta entonces supuestamente referentes, como el Reino Unido. No hay que olvidar que uno de los principales aliados del presidente estadounidense George W. Bush en esta política fue el primer ministro británico, Tony Blair. Como tampoco se puede olvidar el papel que jugó José María Aznar y los terribles hechos que siguieron, demasiado densos para glosarlos aquí y ahora.

Se optó por sacrificar derechos en pro de una falsa seguridad, derechos entendidos tanto en clave individual como colectiva.

En paralelo, dicha guerra también se convirtió en un mecanismo para blanquear algunas de las peores dictaduras del globo. Es el caso que mencionaba de Bielorrusia. Su presidente, Alexandr Lukashenko, pasó en pocos días de ser considerado —en los entornos de poder de Washington— un paria a abatir a convertirse en un posible aliado en esta supuesta guerra contra el yihadismo, en la que el fin justificaba todos los medios y en la que, precisamente, el respeto a los derechos humanos restaba puntos.

Como ya he apuntado, el 11S tuvo un impacto regional —sobre todo en Afganistán y en Irak, pero también en Somalia y en muchos de los países limítrofes— inmenso, y la suma de las víctimas de los conflictos desencadenados por las intervenciones estadounidenses y aliadas en estos dos países supera largamente los centenares de miles de muertos. De hecho, existen cálculos que indican que, en el conjunto de conflictos y enfrentamientos en los que se vio sumido Irak tras la intervención estadounidense de 2003, el número de víctimas mortales habría sobrepasado el millón de personas.

La otra cara de la moneda es, también, la larga serie de atentados en clave yihadista que se han ido produciendo posteriormente en muchas ciudades de todo el mundo, también europeas. Una larga y macabra lista de ciudades y atentados, desde el 11M de Madrid (2004), pasando por Londres (2005 y 2017), París (2015), Bruselas, Niza y Berlín (todos en 2016) o Manchester y Barcelona (2017), que se suman a la trágica lista de varias docenas de atentados de la misma matriz que se han producido desde 2001 en los cinco continentes; una triste prueba de la ya mencionada falsa dicotomía entre derechos y seguridad. Sin poder olvidar los terribles ataques perpetrados por Hamás el 7 de octubre contra Israel, que han sumido la región en una terrible espiral de sangre, fuego, destrucción y deshumanización con pocos precedentes, incluso en una región tan torturada como aquella.

Una triste realidad —la de los atentados en clave yihadista— que, estadísticamente, hoy está a la baja, sobre todo cuando la comparamos con la brutalidad de incidentes de esta naturaleza que se dieron, en todas partes, entre 2015 y el 2018; pero que desgraciadamente ha "normalizado" en gran parte del imaginario social algo que no debería serlo.

Hace veinticinco años, al-Qaeda sorprendió al mundo con unos atentados que lo cambiaron todo. De hecho, hay quien piensa que el siglo XXI se inició realmente ese día. También hay quien sitúa el inicio de la decadencia de Estados Unidos como superpotencia hegemónica en aquel momento. Por la debilidad que proyectó en los ataques de aquel fatídico 11 de septiembre, pero sobre todo por la guerra global que activó posteriormente, sin calibrar realmente las consecuencias, y de la que salió mucho más débil de como había entrado.

Un cuarto de siglo de aquella hora y media (de las 8.46 h a las 10.28 h, momento de la caída de la Torre Norte, hora local) que hizo estremecer al mundo y que lo cambió para siempre, y no precisamente a mejor.

Y, en otro orden de cosas, muy buena Diada a todos.