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Donald Trump, Vladímir Putin y Xi Jinping podrían compartir mesa en noviembre en un encuentro de gran trascendencia geopolítica. La reunión todavía no está confirmada, pero Rusia ha planteado celebrarla durante la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), prevista para los días 18 y 19 de noviembre en Shenzhen, al sur de China. Según la agencia Reuters, el 19 de octubre Trump afirmó que estaría dispuesto a participar en una reunión trilateral para hablar de armas nucleares y desarme. El Kremlin también ha confirmado que la posibilidad se ha discutido. La pregunta no es solo si los tres presidentes llegarán a sentarse juntos, sino qué podrían negociar y quién pagaría las consecuencias.

Tres potencias, tres intereses

Para Putin, la reunión tendría un valor inmediato: romper el aislamiento diplomático provocado por la invasión de Ucrania y recuperar protagonismo internacional. Según un análisis publicado esta misma semana por el Centre for European Policy Analysis (CEPA), la imagen del presidente ruso sentado entre Trump y Xi ya le proporcionaría un importante reconocimiento político, aunque no se llegara a ningún acuerdo concreto.

Putin / EFE

Trump, por su parte, podría presentar el encuentro como una oportunidad para impulsar negociaciones sobre el control nuclear y reforzar su perfil de negociador internacional. Pero los intereses de Washington no coinciden necesariamente con los de Moscú: un acuerdo que beneficiara a Rusia en Ucrania podría generar tensiones con los aliados europeos y cuestionar la credibilidad de los compromisos norteamericanos con la seguridad del continente.

Xi Jinping afrontaría un dilema diferente. Como anfitrión de la APEC, podría proyectar a China como una potencia imprescindible para gestionar los grandes conflictos internacionales. Sin embargo, Pekín no ha confirmado públicamente su participación en una cumbre trilateral formal. Eva Seiwert, analista del Mercator Institute for China Studies (MERICS), señala, según cita la publicación The Diplomat, que Xi también tiene motivos para evitar un encuentro que lo comprometa con un acuerdo sobre Ucrania o que desvíe la atención del papel internacional de China.

¿Qué podrían pactar?

Hay tres ámbitos principales de negociación. El primero es Ucrania. Según The Washington Post, Rusia habría propuesto el encuentro para abordar un acuerdo que ponga fin a la guerra. El problema es que una negociación entre Washington, Moscú y Pekín dejaría fuera tanto al gobierno ucraniano como a sus aliados europeos. Kyiv no rechaza necesariamente un alto el fuego. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, defendió el 21 de octubre, en una entrevista con Fox News, la posibilidad de congelar las líneas del frente como primer paso para detener los combates. Esta opción, sin embargo, no implica reconocer la soberanía rusa sobre los territorios ocupados. Zelenski reclama garantías de seguridad de Estados Unidos y de los aliados europeos para evitar que Rusia aproveche una tregua para reanudar la ofensiva. Su posición introduce un elemento clave en cualquier negociación: Ucrania puede aceptar discutir cómo detener la guerra, pero no quiere que las grandes potencias decidan su futuro sin su participación. Según Euronews y la agencia EFE, el presidente ucraniano ha presentado la congelación del frente como una posible vía para avanzar hacia la paz, no como una renuncia a los territorios ocupados.

Volodímir Zelenski, presidente ucraniano / Europa Press

El segundo ámbito es el nuclear. Donald Trump ha señalado públicamente el desarme como uno de los posibles objetivos del encuentro. Según Reuters, el presidente estadounidense expresó el 19 de octubre la voluntad de hablar de armas nucleares con Vladímir Putin y Xi Jinping. Pero un acuerdo trilateral sería difícil: Estados Unidos y Rusia concentran la mayor parte del arsenal nuclear mundial, mientras que China, a pesar de ampliar rápidamente sus capacidades, todavía dispone de un arsenal más pequeño. Según el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI), esta diferencia es uno de los principales obstáculos para establecer compromisos comunes de desarme. Pekín se ha resistido tradicionalmente a negociar en las mismas condiciones que Washington y Moscú, y defiende que las dos potencias con más armas nucleares deben asumir la responsabilidad principal de reducirlas. Por ello, más que un tratado inmediato, una eventual cumbre podría servir para abrir conversaciones sobre el control de los arsenales, la transparencia militar y la prevención de una escalada nuclear. Sin compromisos verificables, sin embargo, el encuentro podría quedar en una declaración de intenciones.

El tercer ámbito es el económico. Las sanciones contra Rusia, el comercio energético y las tensiones tecnológicas entre Washington y Pekín podrían formar parte de una negociación más amplia. Según Reuters, Estados Unidos y China mantienen disputas sobre los aranceles, las exportaciones de tecnología avanzada y el acceso a minerales críticos, especialmente las tierras raras, imprescindibles para fabricar vehículos eléctricos, semiconductores y equipamiento militar. El control chino de una parte muy importante del procesamiento mundial de estos materiales da a Pekín una herramienta de presión en las negociaciones comerciales. Por otro lado, Washington podría intentar limitar los ingresos que Moscú obtiene de las exportaciones de petróleo, mientras que Pekín tiene interés en preservar sus vínculos comerciales y energéticos con Rusia. Según el análisis del Centre for European Policy Analysis (CEPA), una eventual cumbre no necesariamente produciría un acuerdo económico concreto: también podría servir para que cada líder proyectara influencia internacional sin asumir compromisos vinculantes. Para Europa, el riesgo sería que cualquier entendimiento entre Washington y Moscú sobre sanciones, energía o Ucrania alterara el equilibrio económico y de seguridad del continente sin que los gobiernos europeos hubieran participado en la negociación.

Trump y Xi / Europa Press

Europa, ante el riesgo de quedar al margen

El riesgo para Europa no es solo quedar fuera de la fotografía, sino que Washington y Moscú negocien sobre la seguridad del continente sin contar con los gobiernos europeos ni con Kyiv. Según Sergey Radchenko, especialista en política exterior rusa y china de la Johns Hopkins University, en un análisis publicado en el South China Morning Post hace unos días, Putin podría aprovechar un encuentro con Trump y Xi para distanciar a Estados Unidos de sus aliados europeos y reforzar su posición internacional. La preocupación no es teórica: el ministro de Exteriores ucraniano, Andrii Sybiha, ha advertido que una reunión entre las tres potencias sin Ucrania podría animar a Rusia a prolongar la guerra, en lugar de acercar un acuerdo de paz.

Europa, sin embargo, no es del todo impotente. Su principal baza es el apoyo militar y financiero a Ucrania: cualquier acuerdo que Kyiv considere inaceptable difícilmente garantizaría una paz duradera sin tener en cuenta la situación sobre el terreno. En un análisis publicado por Deutsche Welle, el experto Andrew Kimmage señala que la ayuda europea a Ucrania y la cooperación en defensa dan a los gobiernos europeos capacidad de influencia, aunque no estén presentes en la cumbre. La dificultad es convertir este peso en una posición diplomática común, en un momento en que las capitales europeas no siempre coinciden sobre cómo tratar a Trump ni sobre las condiciones de un eventual acuerdo con Moscú.

Emmanuel Macron, Petteri Orpo y Pedro Sánchez, durante la reunión del Consejo Europeo celebrada en Bruselas el 19 de junio de 2026, en un contexto de debate sobre el futuro de la seguridad europea y el papel de la UE en el escenario internacional / Europa Press

La cuestión de fondo es si Europa puede seguir dependiendo de Estados Unidos para su defensa mientras Washington busca entendimientos con Rusia y China que pueden entrar en conflicto con los intereses europeos. Un informe del Council on Foreign Relations publicado este mismo mes de octubre identifica varias vías para afrontar este dilema: reforzar el pilar europeo de la OTAN, avanzar hacia una estructura de defensa propia de la Unión o impulsar una coalición de países dispuestos a asumir más responsabilidades. Ninguna opción es inmediata, porque Europa todavía depende de Estados Unidos en ámbitos como la inteligencia, la defensa antimisiles y las capacidades militares estratégicas.

La cumbre, por tanto, pondría a prueba dos cosas a la vez: la capacidad de las tres potencias para encontrar intereses comunes y la capacidad europea de evitar que estos intereses se conviertan en decisiones tomadas a costa de su seguridad. El reto para Europa no es necesariamente conseguir una silla en cada reunión, sino disponer de suficiente peso político, militar y económico para que nadie pueda decidir el futuro del continente sin ella.