La Ciudad Vieja de Jerusalén ha vuelto a convertirse este jueves en escenario de una de las jornadas más tensas y controvertidas del calendario israelí. Miles de jóvenes ultranacionalistas judíos han participado en la conocida como Marcha de las Banderas, una celebración del Día de Jerusalén que conmemora la ocupación israelí de la parte este de la ciudad después de la guerra de los Seis Días de 1967.

La movilización, que cada año atraviesa el barrio musulmán de la Ciudad Vieja hasta el Muro de las Lamentaciones, ha estado nuevamente marcada por consignas racistas, insultos contra los palestinos y momentos de gran tensión en las calles más estrechas y comerciales de la zona antigua. Durante horas, decenas de grupos formados principalmente por adolescentes vinculados al sionismo religioso y a los movimientos de colonos han recorrido la ciudad entre cánticos nacionalistas y proclamas supremacistas.

Muchos comerciantes palestinos han optado por bajar las persianas antes del paso de la marcha para evitar incidentes. La decisión se ha repetido como una rutina asumida desde hace años entre los vecinos del barrio musulmán, donde numerosos residentes aseguran sentir miedo cada vez que llega esta jornada. Algunos tenderos explican que en anteriores ediciones han sufrido destrozos, escupitajos o amenazas, y que este año han preferido no arriesgarse.

La tensión era visible desde primera hora de la mañana. Alrededor de la Puerta de Damasco, uno de los accesos principales a la Ciudad Vieja, grupos de jóvenes israelíes ondeaban banderas mientras gritaban lemas contra los árabes y reivindicaban la soberanía judía sobre todo Jerusalén. En paralelo, las calles habitualmente llenas de turistas y compradores palestinos aparecían medio vacíos y bajo una fuerte presencia policial.

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Una celebración cada vez más radicalizada

El Día de Jerusalén comenzó hace décadas como una conmemoración principalmente patriótica y militar, pero con el paso del tiempo se ha ido transformando en una demostración de fuerza de los sectores más nacionalistas y religiosos de Israel. La Marcha de las Banderas se ha convertido especialmente en un símbolo para los movimientos de colonos y para grupos ultraderechistas que defienden la expansión israelí en los territorios palestinos. Durante el recorrido de este jueves, muchos participantes coreaban mensajes de venganza y odio contra los palestinos mientras bailaban y saltaban por las calles de la Ciudad Vieja. Diversos activistas y periodistas también han denunciado insultos y agresiones verbales a lo largo de la jornada.

La policía israelí había desplegado miles de agentes y efectivos de seguridad con el objetivo de controlar posibles incidentes y garantizar el desarrollo del evento. Sin embargo, organizaciones pacifistas israelíes han criticado duramente la actuación policial y han acusado al gobierno de permitir actitudes violentas e intimidatorias contra la población palestina.

La organización israelo-palestina Standing Together movilizó a cientos de voluntarios en las calles para intentar reducir la tensión y apoyar a los residentes palestinos. Algunos de sus miembros lamentaban que una ciudad considerada sagrada para diversas religiones se haya convertido durante esta jornada en un espacio de confrontación y hostilidad.

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El peso simbólico de Jerusalén

La participación del ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, ha añadido aún más tensión política a la jornada. El dirigente ultranacionalista ha visitado la Explanada de las Mezquitas, uno de los lugares más sensibles del conflicto entre israelíes y palestinos, donde ha reivindicado el control israelí del espacio. Para los palestinos, Jerusalén Este sigue siendo la capital deseada de un futuro estado palestino. Israel, en cambio, considera toda la ciudad su capital "indivisible", una anexión que no está reconocida por buena parte de la comunidad internacional.

En este contexto, la Marcha de las Banderas va mucho más allá de una celebración festiva o patriótica. Para muchos palestinos, representa una demostración de fuerza y dominación en una ciudad profundamente marcada por la división política, religiosa e identitaria. Y, un año más, las calles estrechas de la Ciudad Vieja han vuelto a reflejar hasta qué punto Jerusalén sigue siendo uno de los puntos más sensibles y explosivos del Próximo Oriente.