¿Está poniendo Trump la política internacional al servicio de sus urgencias electorales?

¿Donald Trump está dirigiendo la política exterior de Estados Unidos pensando en los intereses del país o en las necesidades electorales del Partido Republicano? La pregunta cobra fuerza cuando faltan menos de cuatro semanas para las elecciones legislativas del 3 de noviembre, una cita decisiva para el futuro de su presidencia. No es una sospecha sin fundamento. El prestigioso centro británico de análisis internacional Chatham House ya advertía en abril que Trump tenía incentivos electorales para conseguir un acuerdo rápido con Irán, incluso con el riesgo de hacer concesiones perjudiciales para la seguridad de Estados Unidos. Ahora, con el coste de la vida entre las principales preocupaciones de los estadounidenses, los movimientos de Washington con Rusia e Irán vuelven a plantear el mismo interrogante: ¿hasta qué punto las necesidades electorales están condicionando las decisiones de la primera potencia mundial?

El nivel de aprobación más bajo del segundo mandato

El trasfondo de todos estos movimientos es la economía. Las encuestas sitúan la inflación y el coste de la vida entre las grandes preocupaciones de los votantes estadounidenses. Y una guerra en Oriente Próximo, las sanciones contra Rusia o una nueva crisis energética pueden acabar repercutiendo directamente en el precio de la gasolina y en el bolsillo de los ciudadanos. Trump sabe que los conflictos internacionales también se pueden pagar en las urnas.

Las últimas encuestas ayudan a entender las urgencias del presidente estadounidense. Según un estudio del Pew Research Center publicado este jueves, 8 de octubre, solo el 30% de los estadounidenses aprueba la gestión de Donald Trump, el nivel más bajo de su segundo mandato, mientras que el 68% la desaprueba. Lo más preocupante para el presidente es que el 44% de los electores asegura que votará pensando en castigarlo, frente al 19% que lo hará para apoyarlo. Y los demócratas aventajan a los republicanos en ocho puntos en intención de voto en el Congreso.

La política exterior tampoco le proporciona muy buenas noticias. El 65% de los estadounidenses desaprueba su gestión de la guerra con Irán, y solo un 35% confía en su capacidad para tomar buenas decisiones internacionales. La desconfianza también afecta a la economía, uno de los principales argumentos con los que Trump volvió a la Casa Blanca: solo un 35% considera que toma buenas decisiones en este ámbito. Los datos dibujan un presidente políticamente desgastado, con poco margen para asumir nuevas crisis y con incentivos evidentes para presentar resultados antes del 3 de noviembre.  

De Rusia a Irán

Con estas cifras sobre la mesa, los últimos movimientos internacionales de Trump adquieren una dimensión política que va mucho más allá de la diplomacia. Y su acercamiento a Vladímir Putin es uno de los ejemplos más significativos. Trump ha hablado este viernes con el presidente ruso y ha anunciado un acuerdo para facilitar el suministro de diésel ruso a los mercados. La iniciativa busca aliviar los precios de los combustibles, pero también plantea una contradicción: mientras Washington intenta presionar a Moscú para que ponga fin a la invasión de Ucrania, abre una puerta económica al Kremlin sin haber obtenido, de momento, concesiones concretas para avanzar hacia la paz. Pero Trump necesita responder al malestar de los norteamericanos por el coste de la vida, y la energía es una de las variables que más directamente influyen en la percepción de la economía. Washington también argumenta que facilitar el suministro de combustibles puede estabilizar los mercados internacionales y contribuir a reactivar una negociación con Moscú. Volodímir Zelenski ya ha advertido de los riesgos de este acercamiento. El presidente ucraniano ha reaccionado con indignación y ha advertido de que puede favorecer a Rusia sin garantizar ningún avance hacia la paz. "Es una decisión débil de socios fuertes", ha lamentado, en referencia a Estados Unidos. "Parece un regalo de cumpleaños para Putin. Es absolutamente terrible", ha añadido el presidente ucraniano, que considera que "estos regalos a Putin no traerán la paz ni ningún beneficio al mundo civilizado", ha advertido, y cree que "permitir que Rusia venda productos petrolíferos es invertir en una guerra que debe terminar, no prolongarse".

Si el acercamiento energético a Putin plantea interrogantes, el caso de Irán todavía establece una conexión más explícita entre política exterior y calendario electoral. Este jueves, Trump aseguró que Estados Unidos no volverá a atacar a Irán antes de las elecciones del 3 de noviembre, después de que trascendiera que el Pentágono había estudiado opciones para reanudar operaciones militares a gran escala. La decisión sitúa directamente la cita electoral dentro del debate sobre cuándo se podría producir una nueva escalada bélica. La decisión evita una nueva escalada militar que podría disparar los precios del petróleo y perjudicar todavía más las economías familiares norteamericanas. Pero también plantea una pregunta incómoda: si hay razones estratégicas para reanudar una ofensiva, ¿por qué la fecha de las elecciones debería condicionarla?

Según algunos analistas, la respuesta se esconde en el hecho de que Trump tiene que gestionar dos presiones diferentes. Por un lado, mantener la capacidad de disuasión militar de Estados Unidos y evitar que Irán refuerce su posición estratégica. Por otro, impedir que una nueva ofensiva dispare los precios energéticos o prolongue una guerra impopular. La contención anunciada antes de las elecciones puede responder a consideraciones militares y diplomáticas legítimas, pero también tiene una utilidad electoral evidente: evita, al menos temporalmente, un nuevo factor de incertidumbre económica y política.

Gaza, una paz proclamada que sigue sin llegar

El tercer escenario es Gaza, donde este sábado se cumple un año de la entrada en vigor del alto el fuego impulsado por Washington sin haber conseguido poner fin a la violencia. Trump presentó aquel acuerdo como un hito histórico de su diplomacia, con la promesa de abrir una nueva etapa de paz en Oriente Próximo. Doce meses después, sin embargo, el balance es mucho más complicado: los rehenes han sido liberados, pero Israel sigue atacando la Franja, la reconstrucción prácticamente no ha comenzado y buena parte de los compromisos políticos siguen bloqueados. Según Associated Press, más de 1.400 palestinos han muerto en ataques israelíes desde el inicio de la tregua, de acuerdo con las cifras del Ministerio de Salud de Gaza. Israel condiciona nuevos avances al desarme completo de Hamás, mientras que la organización palestina reclama que este proceso vaya acompañado de la retirada israelí.

Trump necesita presentar resultados diplomáticos, pero Israel mantiene sus objetivos militares y Benjamin Netanyahu también afronta una cita electoral decisiva el 27 de octubre y ha rechazado aspectos del plan de Trump que considera incompatibles con sus exigencias de seguridad. Dos dirigentes con urgencias electorales e intereses políticos que no siempre coinciden, en medio de un conflicto que sigue castigando a la población palestina. La resistencia del primer ministro israelí evidencia que los cálculos electorales no son exclusivos de Washington. También los aliados de Estados Unidos pueden condicionar el desarrollo de los acuerdos internacionales según sus necesidades políticas internas.