Cuando buscar pareja también quema: el desgaste silencioso de las aplicaciones para ligar

Te descargas Tinder. O Bumble. O Hinge. Te dices que esta vez no te obsesionarás, que solo entrarás un rato por la noche y que, si no sale nada, tampoco pasa nada. Pero al cabo de unos días tienes una decena de conversaciones abiertas, intentas recordar quién te ha explicado que hace escalada y quién trabaja de profesor, alargas chats que no acaban de ir a ninguna parte y acabas cerrando el móvil más cansado que antes de abrirlo. Nunca había sido tan fácil conocer gente. Y, a la vez, quizás nunca había sido tan agotador intentar encontrar una pareja.

Este cansancio tiene nombre. Diversas investigaciones lo llaman dating app burnout, una especie de desgaste emocional que comparte algunos de los síntomas del burnout laboral: agotamiento, cinismo y la sensación de que, hagas lo que hagas, nada funciona. Un estudio liderado por la investigadora Liesel Sharabi, de la Universidad Estatal de Arizona, apunta que muchos usuarios acaban entrando en un círculo de descargar la aplicación, cansarse de ella, borrarla y volverla a instalar al cabo de un tiempo. Un patrón que, según la investigación, también se asocia con niveles más elevados de ansiedad, soledad y malestar psicológico.

Quizás el problema no es hacer un match. De hecho, los matches llegan. El desgaste empieza después. Porque mantener conversaciones también requiere energía. Los primeros "¿qué tal?" o "¿qué te gusta hacer?" pueden resultar entretenidos las primeras veces, pero después de repetirlos decenas de veces acaban pareciendo una entrevista de trabajo. Conversaciones que duran días —o semanas— sin concretar una cita. Citas que llegan después de una larga inversión de tiempo y que, al cabo de una hora, hacen pensar si realmente hacían falta tantos mensajes para descubrir que no había química.

¿Un mercado infinito?

Las aplicaciones también han convertido las relaciones en una especie de mercado infinito. Siempre existe la sensación de que, detrás del siguiente movimiento del dedo, puede aparecer una opción mejor. Y esto no solo afecta a quien busca pareja, sino también a la manera como se construyen los vínculos. Cuando sabes que la otra persona probablemente también habla con más gente, es fácil acabar pensando que, simplemente, has dejado de ser la mejor opción disponible.

No es extraño que mucha gente entre y salga de las aplicaciones constantemente. Más que desinstalarlas, las deja en pausa. Unas semanas fuera. Un mes sin abrirlas. Hasta que vuelve aquella idea persistente: ¿y si es aquí donde conoceré a alguien?

"¿Te viene grande la vida adulta?"

Esta misma lógica también condiciona las expectativas. En las aplicaciones conviven personas que buscan una relación estable, otras que solo quieren conocer gente y otras que prefieren no definir mucho qué esperan encontrar. El problema no es esta diversidad, sino la falta de transparencia. Es fácil invertir días —o incluso semanas— en una conversación que parece prometedora y descubrir demasiado tarde que la otra persona vivía aquella conexión de una manera completamente diferente.

Hay quien asegura que no se cierra ninguna puerta, que está abierto a ver qué pasa o que simplemente explora diferentes maneras de relacionarse. Y esto es perfectamente legítimo. Pero cuando esta indefinición sirve para mantener varias opciones abiertas a la vez, la otra persona puede acabar sintiendo que solo era una posibilidad más, casi un ensayo. No es tanto una cuestión de modelos de relación como de jugar con las mismas cartas. Cuando una persona pone tiempo, energía y emociones y la otra solo está probando, el desgaste es casi inevitable.

Las empresas propietarias de las aplicaciones rechazan la idea de que sus productos estén diseñados para generar adicción y defienden que su objetivo es facilitar conexiones significativas. Pero su modelo de negocio también depende de que los usuarios continúen entrando en las plataformas, una contradicción que hace tiempo que alimenta el debate. Es difícil saber hasta qué punto los algoritmos priorizan encontrar a la persona adecuada o mantener la atención de quien desliza perfiles. Y al final, la pregunta: ¿a las apps para ligar les interesa que sus usuarios encuentren el amor?

Las aplicaciones no son, probablemente, el problema. Han ayudado a millones de personas a conocer a sus parejas y continúan siendo una herramienta útil, especialmente para quien tiene menos oportunidades de conocer gente en el día a día. Pero quizás sí que amplifican una dinámica muy contemporánea: la idea de que siempre hay una alternativa mejor esperando en la siguiente pantalla.

Quizás, al final, el verdadero desgaste no proviene de buscar el amor en internet. Proviene de convertir esta búsqueda en una actividad que nunca se acaba. Cuando encontrar a alguien deja de ser una posibilidad ilusionante y se transforma en una tarea más de la lista de pendientes, quizás lo más revolucionario no es hacer otro match, sino cerrar la aplicación y recordar que la vida continúa pasando fuera de la pantalla.