Detener una ofensiva rusa desde el primer momento, desorganizar la capacidad militar del enemigo e impedir que el conflicto se convierta en una guerra larga y de desgaste. Estos son los principales objetivos de la nueva estrategia que la OTAN presentará este lunes en Varsovia para responder a un hipotético ataque de Rusia contra alguno de sus miembros. El plan, bautizado como Teoría de la victoria (Theory of Victory), combina la potencia militar convencional de la Alianza Atlántica con las tecnologías que están transformando los campos de batalla, especialmente los drones, los sistemas autónomos y la inteligencia artificial. Pero también pretende enviar un mensaje inequívoco al Kremlin: cualquier intento de poner a prueba las defensas occidentales encontraría una respuesta rápida y contundente. El encargado de presentar la estrategia en el Warsaw Security Forum es el general estadounidense Alexus Grynkewich, comandante supremo aliado de la OTAN en Europa. Su intervención llega en un momento especialmente delicado, marcado por la multiplicación de los episodios de sabotaje, ciberataques e interferencias que los gobiernos occidentales atribuyen a Rusia. También coincide con las dudas sobre la continuidad del despliegue militar de Estados Unidos en Europa y con la preocupación creciente de los países bálticos y de Polonia, que temen convertirse en los próximos objetivos de las provocaciones de Moscú.
¿Cómo funcionaría el plan para derrotar una ofensiva rusa?
La principal novedad es la voluntad de neutralizar una incursión militar antes de que Rusia pueda consolidar posiciones en territorio aliado. Según las informaciones avanzadas por Bloomberg y la agencia italiana ANSA, que han tenido acceso a versiones no clasificadas de la documentación, la estrategia se desarrollaría en diferentes fases. En primer lugar, las fuerzas terrestres de la OTAN deberían contener el avance ruso en el flanco oriental. Para conseguirlo, dispondrían del apoyo de grandes cantidades de drones de bajo coste, sistemas de vigilancia y herramientas de inteligencia artificial capaces de identificar objetivos y facilitar una respuesta más rápida. Se trata de aprovechar una de las principales lecciones de la guerra de Ucrania: los sistemas no tripulados pueden alterar el equilibrio de fuerzas y frenar unidades militares mucho más numerosas.
La segunda fase consistiría en desarticular los sistemas de mando, control y comunicaciones rusos, con medios militares convencionales y operaciones digitales. El objetivo sería dificultar que Moscú pudiera coordinar sus fuerzas, transmitir órdenes o mantener la ofensiva. Finalmente, si fuera necesario, la OTAN recurriría a su superioridad aérea y a la artillería de misiles para neutralizar la capacidad de combate del adversario, incluyendo posibles operaciones contra objetivos militares en territorio enemigo. Estos elementos, descritos en la documentación conocida hasta ahora, no constituyen un plan operativo completo. Los detalles sobre los efectivos, los plazos y los objetivos concretos continúan bajo reserva.
La clave: convencer a Putin de que no puede ganar
La Teoría de la victoria no busca únicamente preparar una respuesta militar. Su propósito principal es evitar que esta respuesta llegue a ser necesaria. La lógica es la de la disuasión: demostrar una superioridad militar suficiente para que el Kremlin considere que una agresión contra la OTAN no tiene posibilidades de éxito. "La teoría de la victoria del comandante supremo aliado en Europa es sencilla: mantener la ventaja de la OTAN", explicó la semana pasada el coronel Martin O'Donnell, portavoz de Grynkewich. Y añadió: "Dado el complejo e inestable entorno de seguridad mundial, debemos establecer desde ahora las condiciones para disuadir una agresión y, si es necesario, ganar si somos atacados". El general Grynkewich también avanzó el domingo, en una entrevista en la televisión pública polaca TVP World, que la OTAN tiene planes para la victoria, pero que no quiere una escalada. Según explicó, la estrategia define cómo actuarían las fuerzas aliadas en caso de que se produjera un conflicto.
If Russia attacks Poland or the Baltic States, "we're ready to respond very quickly," said General Alexus Grynkewich [@AlexusGryncirv], NATO’s Supreme Allied Commander Europe, in an exclusive interview for TVP World at the 2026 Warsaw Security Forum. However, Grynkewich hopes "the day never comes where we have to respond, because we're going to keep them on their heels before they even think about taking a move against our alliance." #WSF2026 #WarsawSecurityForum #WSFAnnualGathering @WarsawForum
— TVP World (@TVPWorld_com) October 12, 2026
La guerra híbrida: una amenaza que ya está presente en Europa
La presentación del plan coincide con un aumento de las alertas sobre la llamada guerra híbrida rusa, una estrategia que combina sabotajes, ciberataques, desinformación, interferencias electrónicas y otras operaciones destinadas a desestabilizar los países occidentales sin desencadenar necesariamente una guerra abierta. Los servicios de seguridad europeos han advertido de una intensificación de estas actividades. Entre los episodios que han encendido las alarmas figura el descubrimiento de un dron cargado de explosivos en el aeropuerto alemán de Leipzig. El ministro de Exteriores polaco, Radosław Sikorski, ha advertido de que estas operaciones podrían acabar provocando víctimas mortales y ha reclamado a la OTAN una respuesta más clara ante las provocaciones atribuidas a Moscú.
El problema es que la guerra híbrida se desarrolla en una zona gris que complica la respuesta de la Alianza Atlántica. Un ataque militar contra un Estado miembro puede activar el artículo 5 del Tratado de Washington, que establece el principio de defensa colectiva. ¿Pero qué pasa cuando una infraestructura crítica es saboteada, cuando un aeropuerto queda paralizado por drones o cuando un ciberataque deja sin servicios esenciales una ciudad? Determinar su autoría, la gravedad y la respuesta adecuada es mucho más complejo. Esta es una de las preocupaciones que explican el mensaje de Varsovia: la OTAN quiere demostrar que está preparada para un conflicto convencional, pero también que no ignora las amenazas que se desarrollan por debajo del umbral de una guerra declarada.
El otro interrogante: ¿qué hará Donald Trump?
A las amenazas rusas se añade una incertidumbre que preocupa especialmente a las capitales europeas: el futuro del compromiso militar de los Estados Unidos con la defensa del continente. El Pentágono está revisando el despliegue de sus fuerzas en Europa y los resultados de este proceso se podrían conocer antes de acabar el año. La posibilidad de una reducción de tropas norteamericanas obliga a los aliados europeos a acelerar el refuerzo de sus capacidades militares.
En este contexto, la intervención de Grynkewich tiene dos destinatarios. El primero es Vladímir Putin, a quien se quiere advertir que una agresión contra el territorio aliado tendría consecuencias militares inmediatas. El segundo son los propios miembros de la OTAN, especialmente Polonia y los países bálticos, que reclaman garantías sobre la solidez de la defensa colectiva.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ya advirtió el mes pasado que hay que mantener la serenidad sin subestimar a Rusia: "No debemos ser ingenuos respecto a Rusia, pero ellos saben que somos más fuertes". La paradoja de la nueva Teoría de la victoria es que la OTAN quiere demostrar que puede ganar una guerra contra Rusia precisamente para evitar que esa guerra empiece. El reto será convencer al Kremlin de que los riesgos de una agresión superan cualquier beneficio posible, sin alimentar una escalada militar que Europa intenta evitar.