Mientras la tensión entre Israel e Irán marca la agenda internacional, dentro del país la guerra se traduce en una rutina fragmentada por alarmas, refugios e incertidumbre. Dos catalanes que viven en Israel —uno en Tel Aviv y otra en Jerusalén— explican cómo es convivir con un conflicto que ya se ha integrado en el día a día. “Desde hace un mes, cada día entramos al refugio cinco o seis veces de media”, explica Albert Escolà, que vive en Tel Aviv desde 2014 con su pareja, Assi Azar, y sus dos hijos pequeños. Su jornada, como la de millones de personas, está marcada por un sistema de alertas que anticipa los ataques. “Recibimos avisos en el móvil diez minutos antes. Tenemos que parar el trabajo y acercarnos a un refugio”.
La tecnología permite afinar el riesgo, pero no elimina el miedo. “Envían la alerta y quizás no suena donde estás tú, porque mientras el cohete está en el aire, calculan dónde puede caer”. Aun así, el peligro es tangible: “Hace unos días cayó un cohete a 300 metros de nuestra casa. Desde nuestro edificio vemos la columna de humo”, relata.
La guerra también se ha instalado dentro de casa. Con una hija de cuatro años y un niño de dos, Escolà ha tenido que adaptarse a la nueva realidad. “Le explicaba a mi hija que del cielo caen piedras y nos tenemos que esconder para que no nos caigan en la cabeza. No quiero esconder del todo la realidad, porque se dan cuenta”.

Las escuelas cerraron con el inicio del conflicto y la conciliación se ha convertido en un reto constante. “El gobierno te dice que vayas a trabajar, pero no todo el mundo puede. El metro está cerrado y hay gente que duerme en las estaciones porque no tiene refugio en casa suya”. Ante esto, han surgido iniciativas improvisadas: “Profesoras que cogen a diez niños en su casa. Cuando hay alarmas, los ponen en el refugio y nos envían fotos para saber que están bien”. Es el caso de su hija, que va de 9 de la mañana hasta la una y media del mediodía.
Con el paso de los días, la improvisación ha dado paso a una cierta rutina. “La primera semana fue caótica, pero después te pones el chip. No tienes más remedio”. Esta adaptación se combina con una red de apoyo entre vecinos: “Cuando estás en la calle y llega una alerta, alguien te dice ‘entra aquí’ y nadie se queda atrás”.
Aunque el sistema de protección civil funciona, el desgaste emocional es evidente. “La Guardia Revolucionaria lanza muchos cohetes de noche para que la gente no pueda dormir. Los ánimos están tocados”. En su casa, los niños duermen en su habitación hasta la primera alarma y después los trasladan al refugio. El refugio es una habitación llamada "segura". Se trata de una habitación blindada obligatoria en edificios construidos desde 1992, diseñada para resistir bombardeos, metralla y ataques químicos.

Edificios dañados en Tel Aviv por los bombardeos / EFE
De hecho, durante la entrevista, una sirena obliga a interrumpir la conversación. “Hay una sensación de ruleta. Tú puedes hacerlo todo bien, pero hay cosas que no controlas. Y si toca, toca”. Durante todo el tiempo que suena la alarma, no perdemos el contacto. Él, la pareja y el hijo pequeño, que dormía, entran en la habitación y se quedan un rato prudentemente. Cuando sale, nos explica que el misil ha sido interceptado antes de caer.
El centro del país, más castigado
En Jerusalén, Camila Salama, que hace más de veinte años que vive allí, describe una realidad similar pero vivida desde otra etapa vital. “Esta mañana desde las 7 ha habido muchas alertas”, explica. Con 80 años, su principal dificultad es la movilidad. Explica que se siente una privilegiada porque vive en un lugar nuevo y tiene una habitación segura dentro de casa, pero asegura que no es la realidad de todo el mundo. “Cuando suena la alarma, no se puede coger el ascensor. Si eres mayor y suena la alarma, quizás no tienes tiempo de bajar las escaleras corriendo e ir al refugio o búnker más próximo”. La falta de descanso es generalizada. “Todo el mundo está muerto de sueño, con ansiedad, tienes que salir hacia un refugio”.

Salama también expresa su cansancio ante la situación: “No queremos guerra, estamos cansados”. "Israel no hace guerra para ocupar territorio. Todas las guerras son para defender la existencia" Y lamenta la percepción internacional del conflicto: “Me da rabia que el mundo no entienda qué pasa en Israel”. En este sentido, destaca que “el centro de Israel ha sido muy bombardeado. No sabemos cuándo llegarán los cohetes. Los heridos son personas que no llegan a tiempo, se quedan en edificios”.
Más allá de las posiciones políticas, ambos testimonios coinciden en una idea: la guerra no se vive solo en los titulares, sino en los pequeños gestos cotidianos. “No es una situación de caos”, dice Albert Escola, “pero la tensión está siempre ahí”. Entre alarmas, refugios y noches interrumpidas, la vida continúa en un equilibrio frágil. Con rutinas reinventadas y una incertidumbre constante, el conflicto se cuela en cada decisión, en cada trayecto y en cada silencio que precede a una nueva sirena.