Las prácticas asociadas tradicionalmente a la religión ya no son exclusivas de las personas creyentes. En Catalunya, cada vez más ciudadanos que se definen como ateos o agnósticos incorporan rituales y hábitos de carácter espiritual en su vida cotidiana, dibujando un panorama religioso más complejo y menos vinculado a las instituciones clásicas.
Así lo refleja el Barómetro de la religiosidad y la gestión de la diversidad, una encuesta que analiza la relación de la población con las creencias y las prácticas religiosas. Los datos apuntan a una tendencia clara: muchas de estas prácticas se están desvinculando de la identificación con una confesión concreta.
Uno de los ejemplos más destacados es el de la oración. Casi la mitad de la población catalana afirma haber rezado al menos una vez durante el último año. Aunque es una práctica especialmente extendida entre colectivos religiosos como los musulmanes o los evangélicos, también está presente entre personas sin creencias definidas, incluyendo una parte significativa de agnósticos y, en menor grado, de ateos.
Aún más revelador es el caso de prácticas como el yoga o la meditación. En este ámbito, los porcentajes más elevados no corresponden a los grupos religiosos tradicionales, sino a los agnósticos y a los ateos. Esto sugiere que determinadas actividades vinculadas al bienestar personal o a la búsqueda interior se han desvinculado de su origen espiritual o religioso para convertirse en prácticas generalizadas.
Hablar con los difuntos
Un fenómeno similar se da en acciones como hablar con seres queridos difuntos. Esta práctica, que podría asociarse a determinadas creencias sobre la vida después de la muerte, es relativamente habitual entre la población y no se limita a ninguna confesión específica. De hecho, los porcentajes entre agnósticos superan en algunos casos los de otras tradiciones religiosas.
En cambio, otras prácticas se mantienen más ligadas a las estructuras religiosas clásicas. Leer libros sagrados, pedir asistencia espiritual o participar en peregrinaciones son actividades minoritarias en el conjunto de la población y con una presencia mucho más marcada entre determinados colectivos creyentes, especialmente entre evangélicos y musulmanes.
Este contraste dibuja un escenario dual: mientras que algunos rituales se democratizan y se extienden más allá de las creencias, otros continúan fuertemente asociados a la práctica religiosa formal. El resultado es una diversificación de las formas de vivir la religiosidad.
Evolución de la manera de entender la religión
Los expertos interpretan estos datos como un indicador de una transformación profunda en la manera de entender la religión. Más allá de la pertenencia a una institución o de un sistema de creencias cerrado, cada vez más personas construyen su propia relación con la espiritualidad. Este proceso, a menudo descrito como “privatización de la religión”, refleja una tendencia hacia formas más individuales y flexibles de creer —o de no creer.
En paralelo, el Barómetro también perfila la composición religiosa de Cataluña con datos que confirman este cambio sostenido. El cristianismo, especialmente en su rama católica, continúa siendo mayoritario, pero con un peso cada vez menor. Al mismo tiempo, el islam y las iglesias evangélicas consolidan su presencia, mientras que el número de personas que se declaran ateas o agnósticas continúa creciendo de manera significativa. Este escenario plural evidencia una sociedad en la que la diversidad de creencias convive con el aumento de la no religiosidad, redefiniendo el papel de la fe en la esfera pública y privada.