Rodri suele describir su vida como una convivencia entre dos realidades. Una pertenece al fútbol profesional, con estadios llenos y títulos. La otra conserva rutinas corrientes, estudios y vínculos personales. Esa segunda parte no surgió por casualidad. Fue la respuesta de una familia que nunca quiso reducir su formación al balón.
Cuando ya avanzaba hacia la élite, mantuvo una promesa hecha a sus padres. Tras incorporarse al Villarreal, comenzó sus estudios en la Universidad Jaume I. Entrenaba por la mañana y acudía a clase después. En lugar de aislarse como futbolista, compartió residencia con jóvenes que llevaban una vida diferente.

Rodri, seducido completamente por el fútbol
Durante aquella etapa utilizó bicicleta y tranvía. Más adelante compró un coche usado con sus ahorros. Esa normalidad le permitía separar el rendimiento deportivo de su identidad. También conoció allí a su futura esposa, entonces estudiante de Medicina. “Oye, cálmate. Es fútbol”, le recordaba ella cuando aparecían las preocupaciones.
La importancia de estudiar venía de mucho antes. “Mi padre siempre quiso que hiciera un intercambio en una escuela secundaria estadounidense durante un año. Pero mi sueño de jugar al fútbol lo hizo imposible”, explicaba Rodri. La progresión deportiva dejó poco margen para cumplir aquel proyecto familiar.
Rodri relató esta historia en The Players’ Tribune. Aunque el plan completo quedó descartado, pudo viajar a Connecticut con 14 años. Pasó un verano en un campamento rodeado por naturaleza. Había canoas, tiendas, hogueras y un lago. No disponía de móvil ni de una conexión a internet.
Aquel aislamiento convirtió las tareas sencillas en pequeños desafíos. Su inglés era limitado. Debía presentarse y encontrar amigos sin una pantalla. El desacuerdo apareció con el deporte. Los demás preferían el fútbol americano. “Vale, chicos, ¿cuándo vamos a jugar al fútbol?”, preguntaba insistentemente. La respuesta: “No estamos jugando a soccer, amigo”.

En 2010 vio en medio del bosque lo que viviría como protagonista en 2026
La estancia coincidió con el Mundial de 2010. Rodri dependía de los monitores para conocer lo sucedido con España. Al enterarse de la derrota contra Suiza, sospechó que intentaban engañarlo. La selección avanzó y él terminó encontrando un ordenador desde el que seguir la final ante Países Bajos.
Cuando Iniesta marcó, perdió toda la calma que después mostraría sobre el césped. “Empecé a gritar, salí corriendo y di vueltas al lago a toda velocidad. Los estadounidenses pensaban que estaba loco”, recordaba. Para aquel adolescente, la escena confirmó que su vínculo con el fútbol era demasiado fuerte para ignorarlo.
Su padre no consiguió enviarlo durante un curso entero a Estados Unidos. Sin embargo, el propósito sobrevivió. Rodri aprendió a desenvolverse solo, continuó estudiando y evitó vivir dentro de una burbuja. Sin que la educación desapareciera, el fútbol ganó aquella elección.