Raphinha creció en La Restinga, un barrio humilde de Porto Alegre, en una infancia marcada por la falta de recursos y por la obsesión de llegar algún día al fútbol profesional. El jugador del Barça ha explicado en varias ocasiones que en casa nunca faltó comida gracias al esfuerzo de sus padres, pero fuera de ella vivió situaciones especialmente duras. Después de entrenar o jugar, él y sus amigos podían quedarse sin nada que comer durante horas.
En un relato publicado por The Players’ Tribune, Raphinha recordó que, cuando ninguno de los chicos tenía comida, llegaron a pedir ayuda a desconocidos en la calle. No siempre encontraban comprensión. Después de pasar horas jugando estaban sucios, sudados y con golpes, y algunas personas pensaban que querían robarles. “Era realmente triste, porque simplemente queríamos probar algo de comida. Una galleta, un trozo de pan… cualquier cosa”, explicó.
Pedía comida después de jugar al fútbol
La situación se repetía especialmente durante sus primeros años como futbolista. Entre los 12 y los 14 años, Raphinha ha contado que después de algunos entrenamientos se quedaba en la calle pidiendo a alguien que le comprara algo para comer mientras esperaba el autobús de regreso a casa. Algunas personas lo ayudaban y otras directamente lo llamaban “vagabundo”.
El transporte también suponía un problema. Hubo ocasiones en las que no podía permitirse pagar el desplazamiento hasta los entrenamientos y aquello llegaba a hacerlo llorar porque solo quería continuar jugando. Algunas madres de compañeros acababan pagando su abono mensual de autobús para que pudiera seguir asistiendo. Su carrera empezó, por tanto, dependiendo también de pequeños gestos de personas que veían cuánto significaba el fútbol para él.
Una infancia que explica al actual capitán
Raphinha siempre ha querido matizar que sus padres trabajaban y que sería injusto afirmar que pasó hambre de manera permanente dentro de casa. Su recuerdo se refiere principalmente a aquellos momentos fuera del hogar, después de muchas horas jugando o entrenando, cuando él y sus amigos no tenían dinero para comprar comida. Esa diferencia también explica por qué habla con enorme respeto del sacrificio de su familia.
Hoy, convertido en uno de los líderes del Barça y una referencia de Brasil, sigue utilizando aquellos recuerdos para explicar su mentalidad. La intensidad con la que juega y su insistencia en no dar una pelota por perdida nacieron en un entorno donde nada resultaba sencillo. Antes de los grandes contratos y los estadios llenos hubo tardes en las que el objetivo era mucho más básico: conseguir algo para comer antes de volver a casa.
