Pedri creció rodeado de fútbol, familia y un ambiente muy distinto al que vive ahora como estrella del Barça. Uno de sus recuerdos más entrañables está ligado al negocio familiar y, sobre todo, a su abuela. Mientras ella atendía a los clientes y servía mesas, Pedri y su hermano encontraban la manera de convertir cualquier rincón en un campo de fútbol improvisado.
El propio jugador lo ha resumido con una imagen muy gráfica: "Mi abuela nos mandaba al sótano, con mi hermano jugábamos al Mundial mientras ella servía mesas". Para los dos niños, aquel espacio era mucho más que un sótano. Allí podían inventarse partidos, selecciones y finales mientras la vida adulta seguía funcionando unos metros más arriba.
El fútbol cabía en cualquier rincón
No necesitaban un estadio ni grandes instalaciones. Bastaba una pelota, algo de espacio y la imaginación suficiente para decidir que aquel partido era una final del Mundial. Pedri recuerda aquellos juegos como una parte natural de su infancia, cuando todavía no existían focos, contratos ni presión competitiva.

La escena también refleja la importancia del entorno familiar. Mientras su abuela trabajaba, él y su hermano permanecían cerca, entretenidos y completamente absorbidos por el fútbol. Aquello que entonces era solo un juego acabaría convirtiéndose, años después, en su profesión.
Su abuela forma parte de esos recuerdos de origen
Con el paso del tiempo, algunos recuerdos adquieren un significado diferente. El sótano que servía como campo improvisado acaba representando una etapa en la que todo era más sencillo y en la que jugar al fútbol no significaba cumplir objetivos ni responder a expectativas. Pedri ha llegado a disputar grandes torneos y partidos decisivos, pero antes de todo eso ya jugaba sus propios Mundiales acompañado de su hermano y bajo la mirada indirecta de una abuela ocupada atendiendo mesas.
Es una de esas historias que explican por qué el fútbol puede estar presente mucho antes de convertirse en una carrera. Para Pedri empezó como un juego familiar, mezclado con la rutina diaria y con las obligaciones de quienes estaban alrededor. Años después, aquel niño que imaginaba Mundiales en un sótano terminó jugando los de verdad. Pero la imagen permanece: dos hermanos abajo, una pelota y su abuela trabajando arriba mientras ellos convertían cualquier tarde normal en el partido más importante del mundo.