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Obligar a un niño a pedir perdón justo después de una pelea puede parecer la forma más rápida de enseñarle que ha hecho algo mal, pero Patricia Jover, psicóloga infantil y adolescente, advierte de que el efecto puede ser justo el contrario. “Forzar a pedir perdón o perdonar no enseña empatía, solo obligación”, explica. Para que una disculpa tenga sentido, primero hay que ayudar al menor a comprender qué ha ocurrido y qué daño ha podido causar.

Jover insiste en que los niños pequeños todavía están aprendiendo a gestionar la rabia, la frustración y los impulsos. Cuando se encuentran en plena explosión emocional, no es el mejor momento para exigirles una reflexión profunda. Primero conviene detener la conducta, poner un límite claro y darles tiempo para recuperar la calma. Solo entonces tiene sentido hablar de lo ocurrido.

Pedir perdón sin entender nada sirve de poco

La psicóloga recomienda evitar el típico “pide perdón ahora mismo” como una simple respuesta automática. Si el niño repite la palabra únicamente porque un adulto se lo ordena, puede aprender a utilizarla como una fórmula para cerrar el conflicto sin comprender realmente qué ha pasado ni cómo se siente la otra persona.

ninos de alto angulo sentados juntos

Jover propone sustituir esa obligación inmediata por acciones más concretas. Preguntar al otro niño cómo está, preocuparse por él, hacerle un dibujo, prestarle un juguete o cederle un turno son ejemplos de reparación. Ese tipo de gestos permiten relacionar la conducta con sus consecuencias y enseñar empatía de una manera más práctica.

El niño que ha recibido el daño tampoco debe perdonar a la fuerza

La advertencia funciona también en sentido contrario. Jover recuerda que el niño agredido tiene derecho a decidir cuándo está preparado para perdonar. Obligarle a aceptar una disculpa inmediatamente puede ignorar su enfado o su malestar y transmitirle que debe resolver el conflicto al ritmo que marcan los adultos.

La clave está en diferenciar emoción y conducta. Un niño puede estar enfadado y ese sentimiento es válido, pero pegar o hacer daño no lo es. El trabajo del adulto consiste en acompañarlo, poner límites y ofrecer alternativas para gestionar el conflicto. Por eso, más que conseguir un “perdón” rápido, el objetivo debería ser que el niño entienda lo sucedido. Una disculpa repetida por obligación puede durar segundos; comprender el daño y aprender a repararlo es lo que realmente puede modificar su comportamiento la próxima vez.