Marc Ribas descubrió pronto que quería construir un cuerpo fuerte. Mucho antes de convertirse en cocinero y presentador, se quedaba fascinado viendo en televisión a personajes que representaban una fuerza casi imposible. Tarzán fue uno de los primeros, por el físico de Johnny Weissmuller, pero después llegaron Conan y Rambo. Aquellas imágenes alimentaron una obsesión infantil que se convirtió en una disciplina para toda la vida.
Con trece años decidió que estaba preparado para empezar a entrenar con pesas. Se presentó en un gimnasio para comenzar, pero allí le cerraron la puerta. Le explicaron que era demasiado joven y que tendría que esperar hasta cumplir los dieciséis. Ribas no olvidó aquella respuesta, ya que tres años después regresó con la misma idea y comenzó a entrenarse seriamente.
Tarzán, Conan y Rambo fueron sus primeras referencias
Lo que empezó como el deseo de parecerse a sus héroes terminó convirtiéndose en algo más profundo. Ribas entendió el entrenamiento como una forma de constancia, control y superación personal. Ya no se trataba únicamente de ganar músculo o reproducir el físico que veía en las películas. El gimnasio empezó a formar parte de su rutina y de su manera de ordenar la jornada.

Con los años, aquella afición lo llevó al culturismo competitivo. Sin embargo, su relación con las pesas no quedó limitada a los escenarios o a la estética. Para Ribas, entrenarse acabó siendo una necesidad física y mental, un espacio al que intenta regresar cuando el trabajo le deja poco margen. La fascinación infantil se transformó así en un hábito construido mediante disciplina.
Volvió al gimnasio exactamente cuando pudo
Ribas también ha defendido que la musculación y el crecimiento óseo no deben confundirse, aunque el entrenamiento en adolescentes debe adaptarse siempre a la edad, la técnica y la supervisión adecuada. Su recuerdo de aquel gimnasio refleja otra época, cuando la respuesta habitual ante un menor interesado en las pesas era prohibirle entrar hasta que tuviera unos años más.
La historia explica una parte reconocible de su personalidad adulta. Detrás del cocinero de apariencia fuerte existe un niño que miraba a Tarzán y pensaba que quería parecerse a él. A los trece intentó empezar y tuvo que aceptar un no; a los dieciséis volvió. Esa espera no apagó la afición, sino que la consolidó. Décadas después, Ribas continúa entrenándose y vinculando el ejercicio con la disciplina, demostrando que algunas pasiones adultas empiezan con referencias simples: una película, un héroe y el deseo infantil de llegar a ser como él.