Marc Giró puede bromear con prácticamente cualquier aspecto de su vida, también con su matrimonio. El presentador habló en El País de Santi Villas, su marido y también director de televisión, y terminó reconociendo algo que mezcla admiración profesional y humor doméstico: “Posiblemente sea el mejor director que he tenido, y ya me jode que haya sido sin salir de casa”.
La frase apareció después de que le preguntaran precisamente si podía culpar a su director cuando algo salía mal. En el caso de Giró, la respuesta tenía una particularidad evidente: ese director era también la persona con la que comparte su vida. El comentario sirve para explicar una relación en la que la parte personal y profesional han llegado a cruzarse de una manera especialmente intensa.
Trabajar con su marido terminó funcionando mejor de lo esperado
Giró lleva años trabajando en televisión, radio y prensa, y ha pasado por equipos y directores muy distintos. Por eso tiene todavía más fuerza que coloque a Villas entre los mejores con los que ha trabajado. No se limita a hablar desde el cariño de pareja, sino que lo sitúa directamente en una comparación profesional con toda su trayectoria.

La convivencia podía haber complicado esa relación laboral, pero Giró lo cuenta justo al revés. Tener a alguien que lo conoce perfectamente también permite entender sus ritmos, anticipar sus rarezas y saber hasta dónde empujarlo cuando está delante de una cámara.
En casa desaparece la distancia entre director y presentador
La gracia está precisamente en que la jornada no termina necesariamente cuando se apagan los focos. Las conversaciones sobre televisión pueden continuar en casa y las fronteras entre vida privada y trabajo se vuelven mucho más difusas. Giró lleva esa situación al humor porque encaja perfectamente con su forma de explicar la vida. Él mismo admite que no acostumbra a medir demasiado lo que hace, que funciona por impulso y que buena parte de su personalidad televisiva nace de esa espontaneidad. Tener cerca a alguien capaz de ordenar todo eso puede convertirse en una ventaja.
Por eso su elogio termina disfrazado de queja. Después de años buscando buenos equipos fuera de casa, uno de los directores que mejor ha entendido cómo funciona estaba precisamente allí. Y ese es el remate de Giró: descubrir que uno de sus mejores socios profesionales no apareció en un plató nuevo ni en otra cadena, sino que llevaba años compartiendo con él algo mucho más cotidiano que un programa de televisión.