Laia Sanz es una de las mejores deportistas de la historia de España, aunque no tenga el reconocimiento que se merece. Pero, a sus 40 años, puede presumir de ser una auténtica leyenda en el mundo del trial y del enduro, y un referente para el deporte femenino. Su palmarés solamente está a la altura de unas pocas afortunadas, y entre sus títulos más destacados se encuentran 14 campeonatos del mundo de trail y seis campeonatos del mundo de enduro.
También ha competido en el Rally Dakar, en once ocasiones, consiguiendo la victoria en la categoría femenina de motos en todas y cada una de sus participaciones. Pero, para llegar a donde está actualmente, y conseguir todo lo que ha conseguido, tuvo que hacer muchos esfuerzos. Y no solamente económicos, como explicó hace algunos años en una entrevista con el diario ‘La Vanguardia’, donde también desveló algunos de sus secretos mejor guardados.
Por ejemplo, que su padre la llevaba siempre en el depósito de la moto cuando únicamente tenía dos años, y que con cuatro años le cogió la moto a su hermano sin pedirle permiso, y sin que se enterara. Ellos dos fueron sus grandes referentes a la hora de aficionarse al mundo del motor, como ella misma afirma. “En lugar de jugar con Barbies, prefería hacer carreras con mi hermano. Me gustaba mucho hacer deporte, era una niña un poco diferente, y mis padres me educaron de manera muy abierta”, fueron sus palabras.
“Me gusta mucho lo que hago, pero no he tenido tanto tiempo como quisiera para estar con los amigos y la familia. De todas formas, mi entorno lo entiende bien y me ayuda. El único sacrificio real que siento que he tenido que hacer es el de los estudios. Me hubiera gustado hacer medicina. Y es algo que no he hecho y lo considero un sacrificio, porque es algo muy importante”, admitió Laia a la hora de hablar de los esfuerzos que hizo cuando era más joven.
Y también repasó algunos de los momentos más complicados de su vida, que fueron las lesiones. “Me lesioné el tendón rotuliano de la rodilla, una lesión muy larga. Estuve un año y medio mal y luego sufrí una pequeña recaída. Luego tuve un accidente en el pie por el que estuvieron a punto de amputarme un dedo. Al final perdí un trozo. Fue muy engorroso porque tuve que estar cuatro meses con curas cada dos días. Estoy contenta porque pudimos salvar el dedo, porque tal y como estaba tenía muy mala pinta”, sentenció la de Corbera de Llobregat.
