Juan del Val ha recordado una adolescencia marcada por el fracaso escolar y por la sensación de no encajar en el camino que su familia consideraba imprescindible. En una casa donde estudiar era visto como la vía para progresar, él fue la excepción. Suspendía, repetía cursos y terminó expulsado del instituto, una experiencia que vivió como una herida personal.
“Me echaron del instituto porque suspendía”, ha explicado al recordar aquella etapa. Por parte de su madre tenía once primos hermanos y todos acabaron siendo ingenieros. Él, en cambio, nunca llegó a pisar la universidad. Aquella diferencia aumentó la sensación de fracaso porque sentía que no solo estaba decepcionándose a sí mismo, sino también a unos padres que confiaban en los estudios como garantía de futuro.
El único que tomó un camino diferente
Del Val ha contado que dejó de aprobar asignaturas desde sexto de EGB. Terminó la educación obligatoria con dificultades y tampoco consiguió adaptarse al instituto. Más que falta de capacidad, describe una adolescencia desordenada en la que no encontraba su lugar. Entre los catorce y los dieciocho años atravesó un periodo complicado que terminó alejándolo de las aulas.
Con 17 años empezó a trabajar en la construcción. Aquella salida estaba muy lejos de la trayectoria universitaria de su entorno, pero le permitió entrar en contacto con una realidad laboral distinta. Más adelante consiguió introducirse en una redacción y comenzó a aprender periodismo observando, leyendo y siguiendo a profesionales veteranos. La formación que no obtuvo en una facultad la buscó después de manera autodidacta.
El fracaso académico no determinó su vida
Con los años, Juan del Val construyó una carrera como periodista, escritor, guionista y colaborador televisivo. Nunca ha presentado su falta de estudios como una fórmula recomendable ni como prueba de que la universidad no sirve. Al contrario, ha reconocido que romantizar la llamada “universidad de la calle” puede resultar engañoso y que estudiar continúa siendo una oportunidad importante.
Su historia le interesa precisamente porque rompe la idea de que una mala etapa académica define toda una vida. Ser expulsado del instituto y no pasar por la universidad le provocó dolor, vergüenza y una sensación de fracaso, pero no impidió que encontrara otro camino. Del Val acabó construyendo una profesión dedicada a escribir y comunicar, dos ámbitos para los que no siguió la ruta convencional. Después, mira aquel adolescente con menos culpa y entiende que no encajar en el sistema educativo no significaba carecer de capacidad, sino necesitar otras herramientas para descubrirla.
