A los seis años, los niños están en una etapa crucial de su desarrollo emocional y cognitivo. Según el psicólogo infantil Víctor Domínguez, existen tres miedos muy comunes que muchos niños de esta edad experimentan y que los padres no pueden simplemente eliminar, sino acompañar y comprender. Estos miedos no son raros ni son señal de un problema grave: forman parte del proceso de construcción de su mundo interior, que combina imaginación, emociones y una comprensión cada vez más amplia de la realidad.
Tres miedos comunes en los niños de seis años
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Miedo a la oscuridad y lo desconocido
Aunque muchas personas asocian la oscuridad con descanso, para un niño de seis años puede representar lo impredecible e invisible. En esta edad, los pequeños se encuentran en un punto intermedio entre la imaginación vivaz y su recién adquirida percepción de la realidad. Sombras, rincones poco iluminados o ruidos sin identificar pueden desencadenar ansiedad porque todavía no distinguen completamente entre la realidad y los escenarios que su mente crea. -
Miedo a perder a sus seres queridos o estar solos
El concepto de permanencia —la idea de que algo sigue existiendo incluso cuando no se ve— está aún en desarrollo. Esto puede provocar que teman estar solos o que algo malo le ocurra a sus padres cuando no están a su lado. La separación, aunque breve, puede generar inseguridad, y este temor es una respuesta evolutiva que acompaña a la formación de vínculos afectivos fuertes con adultos cuidadores. -
Miedos derivados de la realidad percibida
A medida que se acercan a la edad escolar, también empiezan a comprender riesgos concretos: accidentes, tormentas, animales grandes o incluso noticias que no comprenden bien (como historias sobre robos o desastres). Estos miedos no siempre tienen una base lógica objetiva para un adulto, pero para un niño que está construyendo su mapa mental del mundo, pueden parecer reales y amenazantes.
Los psicólogos describen estos temores como “miedos evolutivos”, que aparecen de manera natural en el desarrollo y, en la mayoría de los casos, se van atenuando a medida que el niño crece, comprende mejor su entorno y desarrolla herramientas cognitivas para gestionarlos.
Por qué estos miedos no deben ser eliminados — sino acompañados
Intentar eliminar por completo los miedos de un niño —especialmente a esta edad— no solo es imposible, sino que además puede ser contraproducente. El miedo cumple una función adaptativa: alerta ante situaciones percibidas como riesgosas y prepara al niño para prestar atención a su entorno, aprender de él y actuar con cautela.
Los expertos recomiendan no ridiculizar ni minimizar los temores del niño, ya que esto puede hacer que se sientan incomprendidos o avergonzados por sus emociones. En lugar de ello, es más útil:
Hablar con ellos de forma tranquila y empática, validando lo que sienten sin exagerar la situación.
Acompañarles gradualmente a enfrentar sus miedos, por ejemplo, visitando juntos un lugar que les asusta o explorando la oscuridad con una luz suave.
Establecer rutinas calmadas antes de dormir, lo que puede reducir el miedo a quedarse solos.
Proporcionar información adecuada a su edad, explicando qué es real y qué no lo es sin imponer una visión adulta que pueda confundirles.
El desarrollo infantil y la evolución de los miedos
Conforme el niño crece más allá de los seis años, su capacidad para comprender la realidad y separar hechos de fantasías mejora, y muchos de estos temores se reducen o desaparecen. Por ejemplo, el miedo a monstruos o sombras en la oscuridad suele disminuir cuando adquieren mayor capacidad lógica, y los miedos relacionados con la separación se transforman en una seguridad más estable sobre la presencia de los adultos, incluso cuando no están físicamente presentes.
Sin embargo, si un miedo se mantiene excesivamente intenso o limita la vida diaria del niño, puede ser señal de una ansiedad más profunda que merece atención profesional. En general, la presencia de miedo en niños de seis años es normal y forma parte de su proceso evolutivo, y lo que más ayuda no es eliminarlo, sino apoyarles con comprensión, paciencia y acompañamiento emocional.
En definitiva, el mensaje de Javier de Haro recuerda que los miedos infantiles no son meras dificultades que hay que borrar: son etapas naturales del desarrollo que, bien gestionadas, ayudan a construir adultos emocionalmente fuertes y resilientes.
