Poseer una segunda residencia suele asociarse con tranquilidad, vacaciones y patrimonio, pero algunos economistas advierten de que puede convertirse en una carga durante la jubilación. Cuando los ingresos dejan de crecer y dependen principalmente de una pensión, mantener dos viviendas significa asumir gastos permanentes por un inmueble que quizá se utiliza pocas semanas al año y que no siempre genera rentabilidad.
El problema no es únicamente pagar el IBI. También aparecen comunidad, seguros, suministros mínimos, reparaciones, derramas, desplazamientos y mantenimiento. Además, una vivienda vacía puede deteriorarse sin que el propietario lo detecte rápidamente. Cada gasto aislado parece asumible, pero juntos reducen el dinero disponible para alimentación, salud, ocio o ayuda a familiares.
Mucho patrimonio, pero poco dinero disponible
La principal preocupación de los economistas es la falta de liquidez. Un jubilado puede tener un patrimonio elevado sobre el papel y, al mismo tiempo, dificultades para afrontar un gasto inesperado. La segunda residencia concentra ahorro en un activo que no puede convertirse inmediatamente en efectivo. Venderla requiere tiempo, trámites y aceptar el precio que permita el mercado.

También existe un coste fiscal. Cuando la vivienda no es la habitual ni está alquilada, puede generar una imputación de renta inmobiliaria en el IRPF. Aunque no produzca ingresos reales, Hacienda considera que existe una renta potencial vinculada al inmueble. A esto se añaden los impuestos municipales y las posibles obligaciones derivadas de alquilarla durante algunos meses.
La jubilación necesita flexibilidad
Durante la jubilación pueden aumentar los gastos médicos, surgir reformas necesarias en la vivienda habitual o aparecer la necesidad de contratar ayuda. Tener el ahorro bloqueado en otra casa limita la capacidad de reaccionar. Por eso, algunos expertos prefieren activos más líquidos, diversificados y fáciles de utilizar sin vender todo el patrimonio de una sola vez.
Eso no significa que todos los jubilados deban vender su segunda residencia. Puede tener sentido si se utiliza con frecuencia, no genera deuda, los gastos están controlados y existe ahorro suficiente para emergencias. También puede alquilarse y producir ingresos, aunque exige gestión y mantenimiento. La recomendación económica consiste en calcular cuánto cuesta realmente cada año y compararlo con el uso obtenido. Si la vivienda permanece vacía, consume una parte importante de la pensión y obliga a renunciar a otras necesidades, deja de ser un refugio y pasa a convertirse en una carga financiera. La tranquilidad financiera depende menos de acumular propiedades que de conservar margen para decidir.