Un salario de 2.000 euros brutos al mes puede parecer una cifra clara, pero la realidad es que el dinero que finalmente llega al bolsillo es bastante menor. Tal y como explican los fiscalistas, no todo ese importe es ingreso neto, ya que hay dos grandes deducciones obligatorias: las cotizaciones a la Seguridad Social y la retención del IRPF que gestiona la Agencia Tributaria.
Qué se descuenta cada mes
En primer lugar, están las cotizaciones a la Seguridad Social que paga el trabajador. Estas suelen situarse en torno al 6,35% por contingencias comunes, un 1,55% por desempleo y un pequeño porcentaje adicional por formación profesional. En total, esto representa aproximadamente entre 160 y 170 euros mensuales para un salario de 2.000 euros brutos.
A esta cantidad hay que sumarle el IRPF, que es el impuesto sobre la renta. En un sueldo anual de unos 24.000 euros, la retención suele moverse entre el 12% y el 14% para una persona soltera sin hijos, aunque puede variar según la situación personal o la comunidad autónoma. Esto se traduce en una retención mensual aproximada de entre 450 y 500 euros.
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Si se suman ambas cantidades, como cotizaciones e IRPF el resultado es claro: un trabajador con ese salario está pagando entre 610 y 670 euros al mes en impuestos y cotizaciones. Por eso, cuando un fiscalista afirma que alguien que gana 2.000 euros paga unos 650 euros mensuales, la cifra es coherente con los datos reales. Es importante entender que este cálculo se refiere únicamente a lo que se descuenta directamente de la nómina del trabajador. Es decir, lo que realmente ve reflejado en su salario mes a mes.
El error habitual al calcular impuestos
En algunos casos se habla de cifras más altas, incluso cercanas a los 750 euros o más. Esto ocurre porque se incluye también la parte que paga la empresa en cotizaciones sociales, que no aparece en la nómina del trabajador pero forma parte del coste laboral total.
Estas cotizaciones empresariales pueden superar los 600 euros mensuales, pero no se descuentan del salario bruto del empleado. Así pues, la clave está en diferenciar entre el coste total del trabajador y lo que realmente paga de su bolsillo. En términos prácticos, de esos 2.000 euros brutos, unos 650 euros se destinan a impuestos y cotizaciones, lo que explica por qué el salario neto final es considerablemente menor.