José Andrés no solo es uno de los cocineros más influyentes del mundo, también es una voz más que autorizada y consciente en el debate social. El chef asturiano, reconocido por su labor humanitaria y su cercanía con presidentes estadounidenses como Joe Biden, ha reflexionado recientemente sobre el lugar que ocupan las personas mayores en nuestra sociedad. Y su diagnóstico es claro: “No les damos el respeto que se merecen”.
Más allá de su éxito mediático y empresarial, José Andrés habla desde la experiencia y desde una mirada profundamente humanista. Cuando piensa en el futuro, no se imagina apartado, sino activo. “Antes de pensar dónde estaré con 80 o 90 años, sé que me gustaría estar en muchas partes del mundo”, ha explicado. Se visualiza en un prado de Asturias haciendo queso, pero también en Catalunya cantando habaneras frente al mar o en Sanlúcar de Barrameda compartiendo un fino y marisco. Su idea de la vejez está ligada a la participación activa en la sociedad, no al retiro forzoso.
Contra el edadismo y la invisibilidad de personas mayores
El chef ha mostrado su perplejidad ante la manera en que la sociedad trata a las personas mayores. Considera que existe una tendencia a apartarlas cuando aún tienen mucho que aportar al mundo. Para él, el problema no es la edad, sino la falta de estructuras que permitan seguir colaborando a quienes desean hacerlo a pesar de las limitaciones que puedan tener.

“Tendríamos que tener sistemas para conseguir que las personas que quieran puedan seguir colaborando porque muchos de ellos quieren y, a veces, no pueden”, ha señalado. La crítica apunta directamente al edadismo, esa forma de discriminación silenciosa que convierte la jubilación en una especie de desaparición social.
Experiencia como valor en su sector
José Andrés defiende que la experiencia acumulada durante décadas es un activo que debería aprovecharse mejor. En su sector, la gastronomía, el conocimiento transmitido de generación en generación es fundamental. Y esa lógica, sostiene, debería aplicarse a todos los ámbitos de la vida, donde lo vivido tiene un valor único.
Su mensaje no es nostálgico, sino práctico, ya que integrar a las personas mayores en la vida activa no solo es una cuestión de justicia, sino de inteligencia colectiva. Porque, como insiste, el respeto no es simbólico, se demuestra facilitando que sigan formando parte de lo que ha sido su vida.