Mucho antes de convertirse en dos de los rostros más conocidos del entretenimiento catalán, Àngel Llàcer y Sílvia Abril aceptaban prácticamente cualquier trabajo relacionado con la interpretación para poder pagar el alquiler. Los dos se conocieron en el Institut del Teatre y compartieron aquellos primeros años en los que vivir de la profesión era todavía una incógnita. “Íbamos a bodas”, recordó Llàcer al explicar cómo conseguían ingresos mientras intentaban abrirse camino.
El director contó en el programa I ara què? de La 2Cat que habían creado una compañía llamada La Coctelera junto a otros jóvenes intérpretes. Allí coincidieron nombres que después tendrían carreras muy reconocidas, como Clara Segura, Albert Triola, Joan Carreras o Bea Segura. “Cuando éramos jóvenes teníamos que pagar el alquiler porque nos fuimos pronto”, explicó Llàcer sobre una época en la que cada bolo era importante.
De hacer de tomate a actuar en bodas
Aquellos trabajos podían ser muy distintos a lo que hoy asociamos con una carrera teatral. Llàcer recuerda que en promociones comerciales podía acabar disfrazado de tomate o zanahoria, mientras Abril hacía de sardina. No había papeles pequeños si servían para mantenerlos dentro del mundo de la interpretación y, al mismo tiempo, permitían pagar los gastos de vivir fuera de casa.
También actuaban en bodas y otros eventos privados. Para desplazarse utilizaban el Renault 4 amarillo de Sílvia Abril, al que llamaban “La Llimoneta”. Llàcer bromea con que ella ya empezaba a tener una trayectoria algo diferente porque colaboraba con Els Comediants, mientras el resto continuaba enlazando trabajos promocionales y pequeñas actuaciones para conseguir ingresos.
Dejaron sus carreras para intentarlo en el teatro
La apuesta profesional tampoco era evidente. Llàcer había empezado Empresariales y Abril llegó hasta cuarto de Derecho antes de cambiar completamente de rumbo y entrar en el Institut del Teatre. Allí comenzaron una relación profesional y de amistad que ha continuado durante décadas, aunque ninguno podía imaginar entonces hasta dónde terminarían llegando sus respectivas carreras.
Mirado desde el presente, aquellos trabajos de bodas, supermercados y promociones forman una parte fundamental de sus comienzos. No eran todavía figuras de televisión ni podían escoger grandes proyectos, eran actores jóvenes intentando pagar el alquiler sin abandonar la profesión que habían elegido. La anécdota de Llàcer resume precisamente ese periodo: antes de llenar teatros, dirigir musicales o convertirse en personajes populares, hubo una época en la que cualquier boda podía significar poder seguir intentándolo un mes más.
