Alicia Conejero vivió durante quince años de alquiler en un piso del barrio de Gràcia, en Barcelona, pero decidió cambiar por completo su manera de habitar. Se incorporó al proyecto cooperativo La Balma, en Poblenou, donde encontró una fórmula distinta tanto de la compra como del alquiler convencional. “Podemos habitarlo mientras queramos”, explica al describir un modelo en el que la propiedad es colectiva y los residentes tienen derecho de uso.
Su caso resulta especialmente llamativo porque no abandonó Gràcia por una situación de emergencia residencial. Conejero tenía un alquiler estable y una propietaria que, según explica, nunca le había subido la renta más allá del IPC. Sin embargo, sentía que necesitaba cambiar su forma de vivir. Después de conocer Sostre Cívic en 2016, decidió entrar en el grupo que acabaría desarrollando La Balma.
No es propietaria, pero tampoco vive como una inquilina
La vivienda cooperativa en cesión de uso funciona de una manera particular. El inmueble pertenece a la cooperativa y las personas socias no pueden vender, traspasar ni realquilar libremente su piso. A cambio, disponen del derecho de utilizarlo durante el tiempo establecido por el proyecto y participan también en muchas decisiones relacionadas con el edificio y los espacios comunes.

En el caso de Alicia, esa diferencia era precisamente parte del atractivo. La Balma reúne a una treintena de residentes y combina viviendas privadas con espacios compartidos. Para ella, el cambio tuvo también una dimensión emocional: buscaba una vida más comunitaria y considera que la mudanza supuso “un antes y un después”.
La entrada inicial sigue siendo uno de los grandes obstáculos
El modelo tampoco está libre de dificultades. En La Balma, las aportaciones iniciales oscilaron entre aproximadamente 29.000 y 45.000 euros. Conejero reconoce que esas cantidades hacen que muchas personas jóvenes, especialmente quienes apenas pueden ahorrar, tengan problemas para acceder a una cooperativa incluso aunque las cuotas posteriores resulten más asumibles.
Aun así, defiende esta fórmula como una alternativa a la lógica tradicional de comprar o alquilar. Su frase resume perfectamente la diferencia: no posee individualmente la vivienda y tampoco puede especular con ella, pero sí dispone de estabilidad residencial. Para Alicia, abandonar su antiguo piso de Gràcia no significó renunciar a seguridad, sino buscar otra clase de seguridad: vivir en una vivienda colectiva que puede seguir habitando mientras quiera.