Tal día como hoy del año 1477, hace 549 años, se iniciaban las obras de construcción del muelle de la Santa Creu, el primer espigón del primer puerto de Barcelona. Aquel espigón unía la línea de la costa (en aquel momento situada sobre los actuales paseos de Colom y de Isabel II) con la isla de Maians (situada delante de la ciudad, bajo el actual mercado de la Barceloneta) y tenía un doble propósito: crear un puerto resguardado delante de la Casa de la Llotja y disponer de una dársena para que los barcos atracaran a tocar de tierra. Hasta entonces, los barcos tenían que fondear delante de la playa, en el interior de un resguardo formado por un brazo natural de tierra que, dispuesto en perpendicular a la línea de costa, unía los actuales Porxos d’en Xifré y el Museu d’Història de Catalunya, y esperar a ser estibados y desestibados con barquitas por los mozos de costa.
La construcción de aquel muelle respondía a la demanda creciente del tráfico naval. Barcelona era uno de los principales centros mercantiles del Mediterráneo desde el siglo XI y, con la apertura de las rutas atlánticas (hacia el golfo de Guinea y hacia el mar del Norte) esta actividad se había incrementado exponencialmente. Aunque los puertos de la Baja Andalucía atlántica eran las plataformas de lanzamiento de la inmensa mayoría de los viajes hacia África, la Europa del norte y, más adelante, América, Barcelona conservaba su tradición y prestigio marítimos y postulaba para integrarse en la nueva red de puertos orientados al Atlántico. También contaba el hecho de que Barcelona era la capital mundial de los seguros navales y todas las cargas fletadas por armadores catalanes establecidos en los puertos de la Baja Andalucía atlántica se aseguraban en Barcelona.
Aquel proyecto no tuvo éxito. La deforestación de los bosques de ribera del río Besòs y del litoral del actual Poblenou, que databan del siglo XII y se habían arrancado para convertir aquellos espacios en terreno de cultivo, había creado una corriente de aportación de sedimentos al mar que la misma dinámica marina arrastraba hasta el interior del nuevo puerto y obligaba a continuos y costosos dragados. Finalmente, el uso de aquel espigón fue abandonado y no sería hasta pasados 220 años (1697) que un grupo de comerciantes de Barcelona recuperaría el proyecto y, con una visión más ambiciosa, construiría un espigón lo suficientemente largo para proteger el futuro puerto de las corrientes de sedimentos que amenazaban su ruina.