Tal día como hoy del año 1628, hace 398 años, en València, moría Francesc Ribalta, que es considerado el mejor pintor catalán del tenebrismo. Ribalta, nacido en Solsona en 1565, se formó en Barcelona para pasar, posteriormente, a El Escorial y a València. En el monasterio-panteón trabajó con artistas de renombre como Zuccaro, Cambiaso, Tibaldi, Carducci o Navarrete el Mudo, y allí adquirió un gran conocimiento en la técnica del manierismo (el estilo artístico caracterizado por la búsqueda de una estilización personal —la maniera – y que fue la forma predominante durante el bajo Renacimiento, a partir de los inicios del siglo XVI).
Pero Ribalta vivió el fin del estilo renacentista (finales del siglo XVI) y el inicio del Barroco (principios del siglo XVII) que acabaría imponiéndose en toda Europa, sobre todo en los países de tradición católica. Y precisamente esa transición impulsaría la gran aportación de Ribalta al mundo de la pintura. Inmerso en el espíritu religioso de la Contrarreforma (el rearme ideológico y teológico del catolicismo para hacer frente al protestantismo que él compartía plenamente), enfocó los motivos visionarios de su pintura con una técnica naturalista, de manera que lo sobrenatural pareciera tener lugar de la forma más creíble y cercana al espectador.
Así, Ribalta, con su enfoque personal, experimentó en el cultivo del tenebrismo, el estilo pictórico que se basa en una aplicación radical del claroscuro, por la cual únicamente las figuras temáticamente centrales destacan iluminadas de un fondo generalizadamente muy oscuro. Sobresalió en el cultivo de este estilo y su obra más destacada es la Santa Cena, que pintó por encargo de Juan de Ribera, arzobispo de València, conocido como el Patriarca. En aquella obra, Judas Iscariote está situado de espaldas pero, singularmente, gira la cabeza y, con una mirada turbia —como si se sintiera desenmascarado—, busca los ojos y la complicidad del espectador.