La fascinante figura del astronauta —o cosmonauta, o taikonauta— es el máximo emblema de la ambición tecnológica y el deseo humano de exploración. Los niños sueñan con ser astronautas. Las películas de héroes los incorporan. Los reciben siempre con honor y gloria. Son hipnóticos y parecen irreales, pero son hombres y mujeres con los pies en la tierra y la cabeza muy fría para poder aguantar una misión espacial de este calibre. El término griego astronauta, de astron (estrella) y nautes (navegante), tiene connotaciones poéticas: son auténticos navegantes de estrellas. Esta profesión moderna tiene antecedentes antiguos: ya en la Catedral Nueva de Salamanca encontramos una figura que parece un astronauta: la presencia de un símbolo tan indiscutiblemente futurista —una figura con escafandra propia del siglo XX— en una portalada. Lo que en Salamanca funciona como un divertimento, es un buen motivo de reflexión: ¿hacia dónde navegamos? Y la fe, ¿tiene algo que decir?
Estos días han regresado del espacio los astronautas de la misión de la NASA Artemis II. El piloto, Victor Glover, creyente, ha dicho al bajar que "mi fe es mi guía". Otro astronauta, Reid Wiseman, ha llorado al ver una cruz. Él es uno de los astronautas no creyentes de la misión actual. Ha confesado que, sin ser particularmente religioso, sentía la necesidad de procesar lo que había vivido en el espacio, y cuando vio al capellán del barco de la marina que los recogió, se puso a llorar. "Cuando ese hombre entró —nunca lo había visto en mi vida—, vi la cruz en su cuello, y simplemente estallé en llanto. Es muy difícil explicar perfectamente lo que acabamos de vivir".
Los testimonios de la misión científica han relatado cómo, desde el espacio, la perspectiva espiritual se acentúa. Afirman que la creación les hace pensar más en un Dios creador, y valoran la unidad y la vida. Glover ha hablado de "la belleza de la creación" y ha confesado que "leo la Biblia y miro con admiración todo lo que ha sido creado". En el año 1968, la Misión Apolo 8 dejó una imagen de astronautas leyendo los primeros versículos de la Biblia, el Génesis. De hecho, es el primer libro leído en el espacio.
Para ayudar a mantener la motivación y la moral a bordo de la estación espacial, los astronautas pueden enviar correos electrónicos, hacer llamadas y videoconferencias con sus familiares y amigos, recibir paquetes personales enviados a bordo de las misiones de reabastecimiento de carga de la NASA y sostener teleconferencias con un psicólogo, si es necesario. Y también pueden tener alimento espiritual. En 1994, tres astronautas recibieron la comunión en la misión STS-59. En 2013, el astronauta Michael S. Hopkins llevó 6 hostias consagradas a la Estación Espacial Internacional, y pudo recibir la Eucaristía en misión.
Los testimonios de la misión científica han relatado cómo desde el espacio, la perspectiva espiritual se acentúa. Afirman que la creación les hace pensar más en un Dios creador, y valoran la unidad y la vida
Varios astronautas han integrado su fe cristiana con la exploración espacial, destacando figuras como Jeff Williams, Barry "Butch" Wilmore y Victor Glover. Estos profesionales han compartido cómo la visión de la tierra desde el espacio ha reforzado sus creencias. Hankins, evangélico, es anciano de la comunidad Iglesia Cristiana del Sudoeste, en Friendswood, Texas, la congregación situada a unas 6 millas (9,6 km) de la NASA, la iglesia del piloto de la Artemis II, Victor Glover.
Desde esta pequeña congregación han hecho oraciones para que la misión fuera bien. No era una misión fácil: desde las ventanas de la nave Orión, la tripulación ha viajado alrededor de 7.400 kilómetros más allá del lado lejano de la Luna. Desde este punto remoto, la Luna se situaba cerca, en un primer plano imponente, mientras que la Tierra quedaba a más de 400.000 kilómetros de distancia al fondo. El sobrevuelo de la cara oculta de la Luna, una región no visible desde la Tierra, provocó una pérdida de comunicación con el control de la misión en Houston durante aproximadamente 40 minutos. Esta soledad forzada fue descrita como un "profundo momento de soledad y silencio", un instante de reflexión personal en el punto más alejado jamás alcanzado por un ser humano.
Tras regresar, al participar en ruedas de prensa, los científicos del espacio expresaron que no tenían palabras para definir lo que han vivido, que están ante lo inefable y la maravilla de la creación. En otras ocasiones, los astronautas regresados han decidido ponerse a estudiar teología, biología o psicología. El astronauta del Apolo 14, Edgar Mitchell, después de volver de la Luna, por ejemplo, dedicó su vida a estudiar la conciencia humana.
Pasan los años, y los astronautas siempre hablan del mismo asombro y de la sensación de sentirse pequeños ante el universo. Y se vuelven poetas: "La Tierra es el oasis en el universo vacío" (Glover) o "Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad" (Armstrong).