Tal día como hoy del año 1518, hace 508 años, en Valladolid, las Cortes de Castilla y de León aceptaban coronar a Carlos de Gante —nieto y heredero de los Reyes Católicos— rey de la Corona castellano-leonesa, condicionado al compromiso de que este aprendiera el castellano. Carlos, nacido en 1500 en Gante (Países Bajos borgoñones), había vivido en la corte austroborgoñona hasta la muerte de su abuela, Isabel I de Castilla y de León (1504), y la aceptación de la herencia por parte de su madre, Juana de Trastámara —mal llamada la Loca. Carlos era el hijo primogénito de Juana y de su esposo, Felipe de Habsburgo —llamado el Hermoso—, y a pesar de que en 1518 su madre aún vivía, sería propuesto al trono por la pretendida incapacidad de la legítima reina.

Carlos había tenido un contacto mínimo con los dominios de su madre. A la muerte de Isabel la Católica, Juana había heredado la Corona castellano-leonesa (1504), pero las maniobras del viudo, Fernando —que ambicionaba ceñirse la Corona castellano-leonesa—, impedirían que Juana y Felipe se desplazaran a la península Ibérica hasta pasados dos años (1506), cuando el Católico ya había renunciado a sus pretensiones al trono de Toledo (Concordia de Villafáfila, 1505). Acto seguido, la prematura muerte de Felipe (septiembre, 1506) y el precario estado de salud mental de Juana llevarían a Fernando de nuevo a Toledo, esta vez como regente. Simultáneamente, se produciría la salida hacia Gante del heredero Carlos, entonces un niño de seis años.

Carles —que solo había estado unos meses en Castilla— regresaba a su Flandes natal, reclamado por su abuelo paterno, Maximiliano de Habsburgo —archiduque de Austria y emperador del Sacro Imperio, que, desde la extraña muerte de Felipe el Hermoso, desconfiaba de su consuegro Fernando. Desde entonces y hasta las Cortes de Valladolid (1506-1518), Carlos no volvería a la península Ibérica, ni la cancillería austroborgonyona haría nada para que el heredero tuviera un conocimiento mínimo de castellano. Cuando llegó a Valladolid, las Cortes castellano-leonesas se alarmaron porque, si bien el futuro rey sabía hablar flamenco, francés, alto alemán y latín, no sabía ni un ápice de castellano, y  le impusieron la obligación de aprenderlo a cambio de ser coronado.