La velocidad con que Donald Trump está perdiendo apoyo en las bases republicanas y la rapidez con que su entorno político y también familiar ha tomado distancia de la catástrofe electoral del pasado martes están siendo mucho más perceptibles de lo que suele suceder en unas elecciones de medio mandato. Los cimientos de la Casa Blanca se han empezado a mover con una indisimulada apariencia de que nadie quiere aparecer ante la opinión pública con la vitola de ser el escogido por Trump. Su vicepresidente, J. D. Vance, ha sido el primero en desmarcarse y ha señalado directamente la guerra de Irán como causa de la derrota y cuestionado las prioridades de la administración norteamericana. El secretario de Estado, Marco Rubio, no ha sido tan explícito, pero, según varias informaciones, está considerando abandonar el gobierno de Trump para preparar su candidatura presidencial de 2028. Finalmente, está Ron DeSantis, que ha definido el resultado —con palabras muy apocalípticas— como un evento de extinción para los republicanos. Su ventaja es que puede reivindicar una trayectoria propia y presentar el estado de Florida como una excepción al desastre nacional.
Este marco de inquietud entre los delfines más conocidos no es más que el reflejo de que Trump empieza a perder su condición de ganador indispensable. Su autoridad dentro del partido descansaba en buena medida en su capacidad para ganar elecciones y todo ello se ha ido por el desguace este martes. Y no solo por la derrota, sino por la debacle y la sensación de que el presidente es como un peso muerto que ya no está en condiciones de llevar a los republicanos otra vez a la tierra prometida. Eso ha tenido como primera consecuencia que la sucesión de 2028 se haya adelantado. Vance y DeSantis ya están intentando definir qué debe sobrevivir del trumpismo. No solo eso: la fidelidad empieza a tener un coste electoral. Los aspirantes necesitan el electorado de Trump, pero también recuperar independientes, moderados y votantes que han abandonado a los republicanos y no lo han hecho ni lentamente ni de manera suave. Todo lo contrario, ha sido de forma abrupta y dando un portazo.
El secretario de Estado, Marco Rubio, no ha sido tan explícito, pero, según varias informaciones, está considerando abandonar el gobierno de Trump para preparar su candidatura presidencial de 2028
Es previsible, por tanto, que las desavenencias dentro del Partido Republicano vayan a más y que Trump tenga cada vez más dificultades para mantener la disciplina de sus posibles sucesores. Pero no cabe esperar una rebelión abierta e inmediata, sino un proceso gradual de distanciamiento. La clave es que, después del revés electoral, los intereses de Trump y los de sus herederos empiezan a divergir. Así, Trump necesita mantener unido al partido para conservar su autoridad durante los dos años que le quedan en la Casa Blanca. Vance, Rubio y DeSantis, en cambio, necesitan construir su futuro político para 2028. Y hay una diferencia fundamental que, con el paso del tiempo, solo puede ir a más: Trump ya no puede volver a presentarse; ellos sí. Aunque cuesta ver cuál puede ser el motivo de la ruptura definitiva, las apuestas apuntan a que la guerra de Irán será lo que acabará provocando una ruptura de verdad. Vance ha atribuido directamente la derrota a la guerra, mientras Trump insiste en que volvería a tomar la misma decisión. Ya no es una discrepancia de matices, sino sobre una de las decisiones fundamentales de su presidencia. Si hacemos caso a la reacción del presidente ante las adversidades, Trump puede reaccionar castigando a los disidentes. Ese es uno de los mayores riesgos. Si interpreta las críticas como una traición personal, puede intentar imponer su autoridad, agravando las divisiones en lugar de resolverlas.
Habrá que estar muy atentos a cómo se manejan Vance y Rubio. Todo el mundo creía que este último ya contemplaba marcharse antes de las elecciones, pero, lógicamente, la derrota republicana habría acelerado sus planes. Su estrategia no tiene dobleces: distanciarse de la guerra de Irán, dejando que Trump asuma el coste político de una intervención cada vez más impopular. Si diera el paso, no sería el único, ya que fuentes republicanas hablan de hasta cuatro o cinco altos cargos que podrían abandonar la administración. Va a ser interesante ver cómo se miran de reojo Vance y Rubio en una batalla que, sin duda, se ha anticipado. Entre los partidarios de Vance, la idea es esperar, porque tiene la vitola de vicepresidente, aunque eso también puede arrastrarlo al pozo si no encuentra el equilibrio exacto con Trump. Con Rubio, en cambio, hay mayor consenso entre sus partidarios y necesitaría abandonar el Departamento de Estado para construir una candidatura propia y diferenciarse del vicepresidente. La época post-Trump arranca con fuerza.
