Cargando...

Transcurridas más de 24 horas de la amenaza, a través de las redes sociales, de una nueva invasión marroquí de Ceuta o Melilla, parece que este episodio puede darse por cerrado. Marruecos ha demostrado que cuando quiere puede y que si el pasado día 30 de julio alrededor de 78.000 personas cruzaron libremente la frontera nadando o por tierra, fue simple y llanamente porque los agentes marroquíes se pusieron de perfil siguiendo instrucciones del rey Mohamed VI. Si este nuevo incidente ha quedado en nada, no sucede lo mismo con los coletazos de lo que aconteció en Ceuta a finales de julio, que padece una situación sanitaria crítica por más que la ministra de Sanidad, Mónica García, se resista a catalogarla de colapso.

La ministra García ya conoce la opinión de los ceutíes, que este domingo la abuchearon durante su visita, así como la del gobierno de la ciudad, que lucha para garantizar unas condiciones adecuadas de limpieza, salubridad y un mantenimiento del espacio público, sobrepasado por la situación en sus calles. Más de 750 personas trabajan en un operativo que no consigue atender ni mínimamente la alarma existente. Tampoco han tranquilizado a la población unas declaraciones de la ministra en las que aseguraba que el riesgo epidemiológico para el conjunto de la población era bajo, que no deja de ser una manera elegante de decir que no está descartado.

Aunque el Gobierno de Pedro Sánchez quiera trasladar sensación de normalidad y de cooperación por parte de Marruecos, es evidente que no es precisamente el país africano el que ha perdido esta batalla

Pero volvamos a la fallida amenaza de invasión del pasado día 15. ¿Por qué no se ha producido? Solo hay una explicación razonable: a Marruecos no le ha interesado echar más gasolina al fuego. Al régimen alauita le funcionan el chantaje y la negociación. Ese es su esquema en todas las crisis desde hace décadas, de hecho desde la independencia marroquí de 1956, y casi siempre las crisis han guardado relación con reivindicaciones territoriales o, en menor medida, con el coste para España de la contención de la llegada de inmigrantes. De hecho, las dos carpetas a veces se han solapado, ya que van íntimamente ligadas, y es ahí donde Mohamed VI se maneja como pez en el agua a la hora de abrir más o menos el grifo y hacer más permeables las fronteras y, por otro lado, bascular en las relaciones entre Madrid y París.

Aunque el Gobierno de Pedro Sánchez quiera trasladar sensación de normalidad y de cooperación por parte de Marruecos, es evidente que no es precisamente el país africano el que ha perdido esta batalla. Ha enseñado las uñas y no ha salido ni una crítica de Madrid y en clave interna de Rabat ha demostrado que puede repetirlo cuando quiera. Es normal que Europa esté preocupada y que Bruselas esté estudiando los márgenes que tiene para rebajar la tensión y alejar una nueva situación como la del pasado mes de julio. Porque ahora todo el mundo sabe que lo que ha pasado una vez puede pasar perfectamente en una segunda ocasión y que, además, no quieren regresar a Marruecos.