Con cesiones más estéticas que de fondo, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, ha sacado finalmente adelante sus primeros presupuestos al frente del Ayuntamiento de Barcelona. Los tres concejales de la CUP se han sumado, con su abstención, a la frágil mayoría que Barcelona en Comú (11 regidores) había armado con los concejales de Esquerra (5) y del PSC (4). La CUP ha hecho mucho ruido para acabarse conformando, según sus propias palabras, con las migajas, para seguidamente asegurar que el año próximo pedirán el pan entero. Esquerra, por su parte, jugó bien sus bazas muy al principio de la negociación y su líder barcelonés, Alfred Bosch, mejoró algunas inversiones. En cambio, para el socialista Jaume Collboni la negociación acabó siendo un mero trámite ya que su objetivo real es incorporarse al equipo de gobierno municipal en las próximas fechas, algo que esta más que hecho desde hace semanas y tan solo está pendiente de encontrar la fecha apropiada para anunciarlo.

Es evidente que Colau con la aprobación de los presupuestos logra una victoria política, ya que tan solo con 11 concejales de los 41 que tiene el consistorio -la cifra más baja que ha tenido nunca el partido ganador de unas elecciones en la ciudad de Barcelona-  ha logrado transitar todo un año desde las pasadas municipales e ir dando largas a los que querían incorporarse al equipo de gobierno. Una vez anuncie su acuerdo de legislatura con el PSC pasará a tener quince votos en el plenario, una cifra aún insuficiente pero que, visto lo que ha sucedido estos meses y el aparente letargo de la oposición, con un liderazgo al frente de Convergència cuyo relevo no se acaba de producir, tampoco debería inquietarle mucho. 

Aunque los presupuestos y la entrada del PSC van a acabar estabilizando, al menos aparentemente, la política municipal, no parece claro que se entierren algunas de las fuertes críticas que se han vertido contra el equipo de gobierno y que tienen que ver con la improvisación en muchas de las decisiones, el deterioro de la relación con los comerciantes o la preocupación del sector hotelero, por citar tres ejemplos. El factor Colau compensa hoy por hoy todas estas críticas y su figura política resiste inmune, a decir de las encuestas, cada una de las embestidas. Mucho tendrá que mejorar la oposición si quiere en un futuro revertir la situación y tener alguna chance de disputar la alcaldía de Barcelona. De lo que no hay ninguna duda es que Ada Colau ha llegado, si puede, para quedarse. Y está haciendo todo lo posible por conseguirlo.