Hace treinta años que hizo historia convirtiéndose en la primera mujer catalana en coronar el Everest, pero Araceli Segarra (Lleida, 1970) continúa mirando hacia delante con la misma curiosidad y espíritu de aventura que la han convertido en un referente del alpinismo. Ahora, la Unió de Federacions Esportives de Catalunya (UFEC) acaba de reconocer su trayectoria con el Premio a la Trayectoria Deportiva, un galardón que pone en valor una vida dedicada a superar límites, dentro y fuera de la montaña. En esta entrevista, Segarra reflexiona sobre el peso de ser un referente, el síndrome de la impostora que todavía condiciona a muchas mujeres, la necesidad de huir de los mitos y la importancia de mantenerse fiel a los propios valores. También reivindica una manera de entender la montaña basada en la aventura, el compromiso y la gratitud, muy alejada de la búsqueda de reconocimiento.
Ha sido una pionera en el mundo del alpinismo. Fue la primera mujer catalana que hizo cumbre en el Everest. ¿Qué significa haber abierto camino en un mundo tradicionalmente tan masculinizado?
Esta respuesta tiene más sentido a la distancia. Y yo creo que dentro de treinta años también lo veré con mucha más perspectiva. Todavía lo tengo demasiado cerca. No tengo demasiado la sensación de haber abierto camino. Tengo la sensación de que he aportado un poco, pero tampoco me siento una pionera. Necesito más perspectiva para poder captar la realidad de lo que esto significa. Es una responsabilidad ser un referente. Por eso, no es que lo rechacemos, pero intentamos no sentirnos un referente. Además, pesa mucho. Y las mujeres, desgraciadamente, todavía tenemos incorporado el síndrome del impostor. No aceptamos ser buenas. Creemos que no es el lugar que nos corresponde. Cuesta digerirlo, cuesta asumir que puedes ser un referente para alguien.
Las mujeres, desgraciadamente, todavía tenemos incorporado el síndrome del impostor. No aceptamos ser buenas. Creemos que no es el lugar que nos corresponde. Cuesta asumir que puedes ser un referente para alguien.
¿Tienes el síndrome de la impostora, entonces?
Sí, con lo que representa una responsabilidad como esta, sí; bajas un poco tu perfil. A los hombres esto no les pasa. A ellos les dices: "¿Te sientes un referente"? Y lo abrazan, lo lucen. En cambio, las mujeres intentamos suavizarlo, intentamos no destacar demasiado, y esto es lo que tenemos que cambiar.
Si tuvieras que definir tu trayectoria con una palabra, ¿cuál sería y por qué?
Aventura sin límites. Diversión. Yo lo que siempre he buscado ha sido mirar por mí. Es decir, yo no he practicado alpinismo para ser una heroína ni para buscar complacer a nadie. Mi actividad ha sido egoísmo puro, que después, lo que tú haces de una forma egoísta puede tener una utilidad. Pero originariamente, yo practicaba alpinismo para vivir la vida al máximo y disfrutar del concepto de la aventura y pasármelo bien.
¿Y cómo descubriste esta pasión? ¿Qué te hizo amar tanto la montaña?
Me hizo amar la montaña el miedo. Yo empecé haciendo espeleología porque le tenía mucho miedo a la oscuridad. Y al mismo tiempo, era una dualidad de miedo y pasión, aventura y temor. Y esta combinación de "hay una cosa que me gusta mucho, pero le tengo mucho miedo" la encontré apasionante. Y esto lo he ido extrapolando a otras actividades de la montaña. Escalar en hielo me da miedo, pero me apasiona.
Si no eres especial, no tienes atenciones. Y si no tienes atenciones, no eres nadie. Y si no eres nadie, pues no te admiran. Y yo vivo más a gusto así y creo que es lo más difícil. Lo difícil es vivir sin admiración
¿De qué estás más orgullosa?
Yo de lo que estoy más orgullosa es de haberme mantenido bastante fiel a mis valores y a mis principios. Básicamente, yo no comulgo mucho con las ideas de exagerar, y ya no hablo como mujer, sino como actividad. Yo siempre he intentado bajar mi actividad a un nivel bastante más terrenal. Es decir, estoy en contra de crear héroes, porque los héroes son intocables y no son un buen referente. Y los héroes lo que hacen es alimentar el ego de ese héroe; y sobredimensionar tu ego no te hace especial. Y es este círculo, que una cosa te lleva a la otra. Si no eres especial, no tienes atenciones. Y si no tienes atenciones, no eres nadie. Y si no eres nadie, pues no te admiran. Y yo vivo más a gusto así y creo que es lo más difícil. Lo difícil es vivir sin admiración.
Si no hubieras llegado a la cima del Everest, ¿crees que estarías donde estás ahora?
Es difícil saberlo. Qué puertas abres, dónde te llevan y cuáles cierras. Me gusta mucho este planteamiento porque me acabas llevando donde estábamos yendo. ¿Por qué escalas? ¿Por qué haces lo que haces? ¿Para complacerte a ti o para complacer a los demás? Yo hago esto por la pasión, por aventura, para alimentarme a mí. Y me he seguido alimentando, pero sin querer la complacencia de los demás. Porque una cosa es alimentarte a ti con la energía de los demás para que te suban. Yo no quiero que me suba nadie, no necesito que me validen. Por lo tanto, tú me estás preguntando si estaría donde los demás me colocan. Me da igual dónde me coloquen los demás. Estaría exactamente donde estoy ahora, con mi validación y mi autoestima, independientemente de que haya subido al Everest o no.
La gente identifica a un alpinista o un escalador del Himalaya que hace ochomiles como el que hace una actividad potente. Y no es así
Una vez que subes la cima más difícil del mundo, ¿cómo te motivas a hacer otros retos?
El Everest no es la montaña más difícil del mundo. Es la más alta, la más conocida y la más mítica. Pero hay vías en Pakistán, en Patagonia, que son muy difíciles, algunas no se han repetido, otras no se han escalado nunca. La altura no identifica la calidad de la escalada. Sí que el Everest, en su momento, al ser la montaña más alta del planeta y no haberse escalado nunca, comporta el desconocimiento. Y cuando algo es desconocido, se convierte en difícil porque no sabes cómo hacerlo. Pero una vez que ya se ha abierto el camino, ya se hace más fácil para todo el mundo. Pero después hay vías de dificultad que no van ligadas con la altura. Yo he hecho vías de escalada muy verticales en Patagonia que probablemente no las conoce nadie. El baremo de lo que es popular y lo que es bueno actualmente está desfasado. La gente identifica a un alpinista o un escalador del Himalaya que hace ochomiles como el que hace una actividad potente. Y no es así. Deberíais ver a algunos escaladores como Bru Busom o Marc Torralles. Es decir, hay una gran cantidad de alpinistas desconocidos que están haciendo actividad impresionante en Perú, en Patagonia, en algunas zonas del Himalaya, de Pakistán. Por lo tanto, la popularidad o lo que se conoce en los medios de comunicación no identifica lo que es calidad.
He bajado de más montañas de las que he hecho. Por lo tanto, tengo muchos objetivos que se me han quedado a medias, pero no intento obsesionarme
¿Quiere decir que hace treinta años tenía mucho más mérito subir al Everest que ahora porque era más desconocido?
El Everest tiene once o doce rutas; vías de dificultad tiene unas cuantas. La mayoría de la gente que vemos en los medios de comunicación va por las dos rutas normales, la de la cara norte o la de la cara sur. Estas rutas, cuando tienen un tráfico abundante de personas, pierden el compromiso. Y esta para mí es la palabra clave. El compromiso es aquel momento en el que nadie te ayudará, nadie te abrirá la traza y, si te pasa algo, estás solo. Cuando tú estás haciendo una actividad que no tiene compromiso, porque hay mucha gente, porque hay muchas facilidades, pierde la dificultad. Si en el Everest, por la ruta normal, solo hubiera una persona al año haciéndose ella toda la traza y todo el montaje, volvería a tener compromiso. No es solo la ruta, sino la cantidad de personas que acceden.
Me hubiera gustado escalar más vías en Patagonia que, por circunstancias económicas, de disponibilidad, no sé si volveré a ir
¿Tienes algún objetivo que no hayas conseguido?
Pues mira, la semana pasada me fui a escalar y bajamos de la vía. Es decir, me pasa cada dos por tres, vías largas, vías cortas. Me hubiera gustado escalar más vías en Patagonia que, por circunstancias económicas, de disponibilidad, no sé si ya volveré a ir. Porque la vida se hace muy corta. En Pakistán intentamos la Nameless Tower. Una pared también muy difícil y dimos media vuelta. Yo he bajado de más montañas de las que he hecho. Por lo tanto, tengo muchos objetivos que se me han quedado a medias, pero no intento obsesionarme.
Al inicio de la entrevista decías que te enamoraste de la montaña porque querías combatir el miedo que le tenías; ¿cuál es la lección más importante que te ha regalado la montaña?
Es muy difícil escoger una, pero si me lo tengo que jugar todo a una carta, yo apuntaría la idea de la gratitud, de agradecer, porque en el momento que sabes agradecer, sabes darle la vuelta a todo. Cuando estás escalando, estás en una posición un poco más delicada y le ves las orejas al lobo. Y cada vez que voy a la montaña, de alguna manera me siento afortunada de existir. En el momento en que eres afortunado de existir, agradeces cualquier cosa.
