El Barça de Samitier y Alcántara estrenó un estadio para 22.000 espectadores que tenía una barandilla de madera separando al público del césped. Era Les Corts, inaugurado el 20 de mayo de 1922, cuando el club necesitaba más espacio para una afición que crecía al ritmo de sus victorias. Aquel campo acabaría siendo conocido como la Catedral del fútbol y marcaría a varias generaciones de barcelonistas.
Hasta entonces, el equipo jugaba en la calle Indústria, donde cabían unas 6.000 personas. El salto resultaba enorme: el nuevo recinto multiplicaba por más de tres aquella capacidad. Joan Gamper había firmado la compra de los terrenos en febrero y los obreros trabajaron día y noche para levantar el estadio en apenas tres meses. El equipo de sus primeras grandes estrellas ya tenía una casa acorde con su tirón.
Una tribuna cubierta con miles de aficionados de pie
La experiencia de asistir al fútbol era muy distinta. Les Corts disponía de una tribuna cubierta con 32 palcos, otras dos descubiertas y graderíos de cemento. Una parte importante de los asistentes seguía los partidos de pie: las zonas destinadas a ellos podían reunir a 12.000 espectadores. El terreno de juego quedaba, además, 75 centímetros por debajo de la primera fila del público.

En este sentido, aquel escenario nació para acompañar un momento extraordinario. Samitier, Alcántara y Zamora estaban entre los protagonistas del equipo que despertaba tanta expectación. Pero el crecimiento desbordó pronto las previsiones: dos partidos contra el Athletic Club, en 1923, llenaron el campo hasta los topes. Entre 1921 y 1923, el número de socios había pasado de 4.302 a 11.277. La nueva casa empezaba a quedarse pequeña.
El campo que siguió vivo después del Camp Nou
De esta manera, las ampliaciones fueron transformando Les Corts. Según la historia publicada por el club, su capacidad alcanzó los 48.000 espectadores en 1946. Los 22.000 correspondían a su inauguración. El Camp Nou tomó el relevo en septiembre de 1957, aunque el viejo estadio siguió acogiendo entrenamientos, encuentros del filial y amistosos del primer equipo. Durante varios años, el Barça conservó sus dos campos.
Así pues, la despedida definitiva llegó en 1966, cuando comenzó el derribo. Algunos aficionados recogieron tierra, piedras y hasta fragmentos de los asientos para llevárselos a casa. Desaparecía el estadio, pero sus seguidores encontraban una manera de conservar un pedazo de aquella historia.