Cuando Amat llegó a Lima, desplegó un clima policial de terror que lo enemistaría con toda la clase criolla, tanto con la que alimentaba el fenómeno de corrupción como con la que no. Y el nuevo virrey, que no tenía la virtud de la discreción, les regalaría toda la munición para que se desquitaran. El caso más sonado sería la relación sentimental con Micaela Villegas, primera actriz del Corral de Comedias, el principal teatro de Lima. Cuando se inició esta relación (1763), Miquita Villegas tenía quince años y el virrey Amat cincuenta y ocho. A pesar de la diferencia de edad —en aquel contexto histórico Amat era considerado un anciano—, esta no sería la principal causa de erosión de su figura, sino los grandes escándalos públicos que protagonizarían conjuntamente.

La escandalosa y tormentosa relación de Amat y Miquita
Amat y Miquita cohabitaron durante trece años (1763-1776). Y en el transcurso de su relación, tuvieron un hijo, Manuel, con el virrey como el padre biológico (1769). Y decimos biológico porque el virrey nunca quiso pasar por el altar ni reconocer a su vástago (a pesar de que este, de mayor, se haría llamar Amat). La sociedad local de Lima lo interpretaría como un absoluto desprecio a la clase criolla. Pero lo que de verdad provocaría el descrédito del virrey sería su tormentosa relación con Miquita. Dotados, ambos, de un fuerte temperamento, dirimirían, a menudo, sus diferencias en público, con insultos y bofetadas. Las agresiones mutuas —verbales y físicas— en los pasillos del teatro o en lo alto del carruaje que los paseaba por la ciudad se convertirían en un lamentable espectáculo público y en el tema de conversación recurrente en la capital virreinal.
Miquita, la Perricholi
Amat, el primer catalán que alcanzaría un cargo virreinal en el régimen borbónico, tenía un nivel muy bajo de competencia en castellano. Y este hecho explica el apodo que la sociedad criolla le colgó a Miquita. Según las fuentes, en una de sus frecuentes reyertas públicas, Amat insultó a Miquita de la forma más despectiva en que se podía ofender a un criollo. En público, ante una nutrida representación de la alta sociedad local, le espetó las palabras “perra” (prostituta) “chola” (indígena). Pero, como tenía un mal dominio del castellano y, probablemente, estaba ofuscado por la discusión, le salieron las hilarantes palabras “Perri” y “Choli”, que provocarían la carcajada de los espectadores de aquella improvisada y lamentable exhibición. Desde aquel día, Miquita Villegas, que por su relación con Amat ya era vista con desconfianza, sería llamada “la Perricholi”.

El “Juicio de Residencia”
Amat fue destituido en 1776 sin haber conseguido los objetivos que lo habían llevado a Lima. Ensenada —su padrino político— había caído con Squilace (1766) y ya no tenía apoyos de ningún tipo. Y en Lima nadie se explicaba el extraordinario patrimonio que había reunido durante aquellos años. La cancillería de Madrid miraba los lujosos palacios que se había construido en el Paseo de las Aguas de Lima; o en la Rambla de Barcelona. Y el rey Carlos III; Aranda —el sustituto del cesado Squillace— y Guirior —el relevo de Amat— lo someterían a un “Juicio de Residencia”, que era una inspección a fondo de su gestión y debía estar a plena disposición de los “perquisores”. El “Juicio de Residencia” era un mecanismo creado en el siglo XVI con este objetivo, pero cuando se acusó a Amat, era un recurso que, reveladoramente, hacía décadas que no se utilizaba.
¿Realmente el virrey Amat es una personalidad que merece ser recordada?
Amat fue exonerado. Pero no se retiró inmaculado, porque su carrera política terminó, para siempre, en Lima. Regresó a la metrópoli, abandonando a la pareja y al hijo, como quien se deshace de un lastre. Sin embargo, reveladoramente, no le permitieron establecerse en Madrid y disfrutar de un cargo en la cancillería que lo habría blindado hasta el final de sus días. Y es más, su hijo Manuel lo puso frente al espejo de mayor, al convertirse en un héroe de la independencia del Perú. Combatió liberando El Callao (1826), la última plaza española en Sudamérica. Entonces, la pregunta es: Amat, un misógino declarado, un maltratador machista, un marido y un padre dimisionario, un funcionario sospechoso de corrupción y un político mediocre y ridículo; ¿merece ser recordado con el nombre de una plaza en la capital de Catalunya?

La escandalosa ignorancia de cierta clase política
Ciertos concejales de Barcelona —del españolismo castizo y cañí— deberían saber que el padrino político del virrey Amat, Ensenada, urdió el intento de exterminio del pueblo gitano —la Gran Redada (1749)— que se saldaría con miles de víctimas mortales y la ruina económica de los supervivientes. Y deberían saber que el poeta Salvat-Papasseit, figura señera de la literatura catalana contemporánea que dio nombre a este espacio urbanístico desde su creación (1933) hasta la imposición franquista (1941), era descendiente de los supervivientes de la Gran Redada. Resulta sospechosamente casual que el régimen franquista impusiera el cambio de nombre de una plaza dedicada a un poeta catalanista y gitano; por el de un virrey que, además de ser todo lo que hemos dicho antes, era el patrocinado político de un genocida de la comunidad gitana. No lo saben. O sí. Pero este es el nivel.