València, 9 de octubre de 1238. Hace 788 años. El rey Jaime I y sus huestes tomaban posesión de la ciudad y la incorporaban a los dominios de la Corona catalanoaragonesa. No obstante, el rey Jaime enseguida crearía y promulgaría un ordenamiento jurídico propio para València capital —los Costums de València (1239)—, inspirados en los Usatges de Barcelona, los Costums de Lleida y el Fuero de Zaragoza, que serían el origen y el fundamento del edificio político valenciano, los Furs de València (1261). Desde la promulgación de los Furs, el reino de València se convertiría en una entidad política propia y diferenciada y quedaría vinculada a la Corona, únicamente, a través de la figura del monarca, quien era, también, el conde independiente de Barcelona y el rey de Aragón, pero que en el reino de València siempre sería, exclusivamente, el rey de València.
Una independencia que se pondría permanentemente de manifiesto y, especialmente, en los momentos más decisivos de la historia. Por citar un solo ejemplo, pero bastante ilustrativo, diremos que en la asamblea compromisaria de Caspe (1412), reunida para una cuestión tan fundamental como la elección del nuevo monarca de la Corona catalanoaragonesa, el reino de València aportaría tres representantes. La misma fuerza representativa que aportarían Catalunya o Aragón. Pero, ¿la lengua de aquella sociedad, el valenciano, ya existía antes de Jaime I? ¿O fue implantada durante la conquista catalanoaragonesa, pero, con el transcurso del tiempo, evolucionaría hasta convertirse en un idioma propio? ¿O, sencillamente, es la misma lengua con dos denominaciones? ¿Qué dice al respecto el mundo académico de todo el planeta?

El falso mito del latín vulgar convertido en valenciano de la época andalusí
Un grupúsculo de pseudohistoriadores, algunos valencianos y otros no, pero todos dominados por el denominador común ideológico del nacionalismo español, sostienen que la sociedad andalusí de València (siglos VIII a XIII) hablaba un latín vulgar evolucionado de la época de la dominación romana (siglos II a. C. – V d. C.). Pero, en cambio, no existe ni un solo testimonio documental que pruebe la existencia de este "vulgar valenciano" después de 1125 (un siglo antes de la conquista de Jaime I). Tras la fracasada operación militar de Alfonso I de Aragón (1125) contra el reino almorávide de València, el minoritario segmento de población de lengua románica y de confesión cristiana abandonaría —totalmente y por temor a las represalias del poder musulmán— sus casas y sus pueblos y, siguiendo el retroceso aragonés, se establecería en el valle del Ebro.

El falso mito del latín vulgar convertido en valenciano de la época del Cid
Pero todavía hay unos cuantos, también nacionalistas españoles, que sostienen una hipótesis más inverosímil. Son ese grupúsculo de pseudohistoriadores que sostiene que el valenciano surge en la época del principado independiente del mercenario castellano Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid. O, dicho de otra forma, sostiene que el valenciano moderno es una evolución del protocastellano alto-medieval. Y en este caso, no solo no existe tampoco ningún testimonio documental que lo pruebe, sino que, definitivamente, la simple aplicación de la lógica convierte esta hipótesis en un chiste: las huestes del Cid eran cultural y lingüísticamente heterogéneas (estaban formadas por gente de varias procedencias, incluso andalusíes), y nunca representaron más de un escaso 5% de la población que ostentaría el dominio del territorio durante el, también escaso, período de seis años.
¿Qué pasó con la conquista de Jaime I?
La investigación historiográfica contemporánea ha demostrado que, durante la conquista de Jaime I (siglo XIII), la población indígena —totalmente arabizada e islamizada por los siglos de dominación andalusí— fue, mayoritariamente, expulsada hacia el reino nazarí de Granada. Y que el vacío creado sería rellenado con colonizaciones procedentes del Principat de Catalunya y del reino de Aragón y, en menor medida, del reino de Navarra y de los condados independientes de Toulouse y de Provenza. Cuando Jaime I inicia la campaña (1231), en el reino almorávide de València no quedaba nadie que hablara una lengua románica. Y cuando Jaime II culmina la conquista (1296), se habría completado una sustitución demográfica que habría cambiado, para siempre, la fisonomía de la sociedad valenciana.

¿Cuál fue la lengua de aquellos nuevos valencianos?
La misma investigación historiográfica ha demostrado que la conquista y colonización quedaría distribuida en dos pesos o bloques lingüísticos: los catalanes y occitanos —que en aquel momento hablaban una misma lengua, y que representaban los 2/3 de la nueva población— y los aragoneses y navarros del valle del Ebro —que también, en aquel momento, hablaban una misma lengua— y que representaban el 1/3 restante de aquella nueva sociedad. Las cifras son bastante elocuentes. Pero, además, la investigación filológica responde a la pregunta del enunciado. La lengua de la nueva sociedad valenciana, surgida de la conquista, sería el catalán medieval (la nueva mayoría demográfica), pero con fuertes influencias del navarro-aragonés medieval (la importante minoría demográfica), que se pondrían de manifiesto, sobre todo, en la fonética.
¿Entonces, el catalán y el valenciano son la misma lengua?
Todas las facultades de filología románica de todas las universidades del mundo —la totalidad del mundo académico— sostienen que el catalán y el valenciano son la misma lengua. Dicho de otro modo: que el valenciano es la forma propia de la lengua catalano-valenciana o valenciano-catalana en el País Valencià. Del mismo modo que el andaluz o el argentino, por ejemplo, son la forma propia de la lengua castellana en Andalucía o en Argentina, respectivamente. O que el habla de Nueva York es la forma propia del inglés en la "gran manzana". Decir lo contrario no es solo un ejercicio de imbecilidad —entendida desde la filosofía que la conceptúa como la difusión de ideas estrambóticas—, sino también, en el caso de la lengua catalano-valenciana, de postura ideológica. La del nacionalismo español que odia profundamente y niega rotundamente Catalunya, el País Valencià y las Mallorcas.
