La Habana (capital de la entonces colonia española de Cuba), martes 15 de febrero de 1898, diez menos cuarto de la noche. Hace 128 años. El acorazado de la armada naval norteamericana USS Maine, anclado en el puerto con autorización de las autoridades militares españolas, estallaba en mil pedazos. El gobierno norteamericano reaccionaría, inmediatamente, acusando al poder colonial español de estar detrás de aquella agresión y, durante las semanas posteriores, la sociedad norteamericana y su Cámara de Representantes crearían un estado de opinión favorable a la guerra. Después de una rápida maduración de tan solo diez semanas, el 25 de abril de 1898 el presidente William McKinley —del Partido Republicano— declararía la guerra a España. Pero, ¿quién era McKinley, qué perseguía, realmente; y cómo se fabricó aquella guerra?

¿Qué hacía el USS Maine en La Habana?
El gobierno de los Estados Unidos había enviado el USS Maine a La Habana, oficialmente para “vigilar y proteger los intereses norteamericanos que podían estar amenazados por efecto del conflicto entre el ejército colonial español y las fuerzas independentistas cubanas”. Una lectura mínimamente atenta revela que Washington no ocultaba su posicionamiento con relación a aquel conflicto. Y eso es lo que leyó el gobierno español del presidente Sagasta —del Partido Liberal—; que autorizaría el atraque del USS Maine en el puerto, pero no ahorraría los reproches a Washington por lo que consideraba una “descortesía”. Pero lo que no sospechaban los españoles —y eso dice muy poco de sus servicios secretos— era lo que acabaría pasando; y en una castiza reacción enviaron el acorazado Vizcaya a Nueva York y lo hicieron atracar bajo la Estatua de la Libertad.
La ambición proyectiva norteamericana hacia el Caribe
La doctrina Monroe, “América para los americanos”, formulada tres cuartos de siglo antes (1823) había alcanzado su madurez política. Al cambio de los siglos XIX y XX, Estados Unidos ya era la primera potencia del continente americano, y su ambición expansiva se proyectaba en todas las direcciones. En 1821 habían adquirido Florida de los españoles. Y en 1862, el presidente Lincoln, el secretario de guerra Seward y el general McClelland habían mantenido una serie de conversaciones con un grupo de militares españoles —el general Prim, los coroneles Cortázar y Detendre y el brigadier Milans del Bosch (antepasado del golpista del 23-F)—, que la investigación historiográfica moderna (profesor Pere Anguera, Universitat Rovira i Virgili) sitúa como el primer contacto serio para negociar la venta de la colonia española de Cuba a Estados Unidos.

De Lincoln a McKinley
La Revolución Gloriosa española (1868) comportaría el destronamiento y la expatriación de la reina Isabel II. Y el general Prim (Reus, 1814) —uno de los negociadores de Washington— se convertiría en el hombre fuerte del poder español (1869). Prim, como hombre de Estado y como estratega militar, intuía el desastre que se produciría posteriormente y habría pactado la venta de Cuba por 400 millones de dólares, el equivalente al déficit público español del momento. La idea de Prim era empezar su gobierno sin lastres; pero su muerte (1870) condenaría aquel proyecto al fracaso. Pasados veintiocho años, los actores de aquel reparto eran otros. Lincoln y Prim habían desaparecido de escena, asesinados en 1865 y en 1870, respectivamente. Y los nuevos actores de aquel reparto, McKinley y Sagasta, no tenían ningún interés en recuperar el papel de sus antecesores.
¿Quién era McKinley?
McKinley era un producto del concepto “self-made man”; fabricado e inoculado en el ADN de la sociedad norteamericana por los “padres de la patria” (los héroes de la Guerra de la Independencia y primeros dirigentes del país). Y era un hombre de profundas convicciones religiosas (era un fiel feligrés de la Iglesia Metodista) que había transitado por todas las estaciones del particular viacrucis que se esperaba de un prohombre de los Estados Unidos: una heroica trayectoria en el ejército (había sido un destacado oficial de la Unión durante la Guerra Civil, 1861-1865); una exitosa carrera profesional (había escalado, con paciencia y con confianza en sus fuerzas, todos los peldaños de la política de Washington) y una irreprochable vida familiar (era un padre sacrificado que había perdido sus dos únicas hijas y un esposo abnegado al cuidado de su mujer enferma).

El uso de la fuerza
Y todo esto lo había convertido en un dirigente frío y contundente. McKinley, a diferencia de Lincoln, no contemplaba otro camino que el uso de la fuerza. La investigación historiográfica no ha podido probar la autoría de la voladura del USS Maine, pero los acontecimientos inmediatamente posteriores señalan directamente al presidente McKinley como el “fabricante” de aquella estrategia. Acto seguido a la explosión aparecerían en escena Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst, grandes propietarios de prensa y elementos destacados del Partido Republicano del presidente McKinley, que desplegarían una agresiva campaña con el objetivo de crear un estado de opinión favorable a la guerra. El éxito de aquella campaña permitiría que, en solo diez semanas, el Congreso de los Estados Unidos votara a favor de una intervención militar en Cuba y el presidente declarara la guerra a España.
La respuesta española
Dos días antes de que McKinley declarara la guerra (23 de abril de 1898), la reina-regente María Cristina —en nombre del rey-niño Alfonso XIII— y el presidente Sagasta se le adelantaban. Nunca nadie ha entendido aquella declaración. La enorme diferencia entre los potenciales bélicos norteamericano y español (a favor de los Estados Unidos, naturalmente) ya la había advertido el general Prim treinta y seis años antes (1862). Los barcos españoles, fabricados con madera, no tenían ninguna posibilidad en un combate naval contra los norteamericanos, construidos con metal. Y las fuerzas terrestres españolas, nutridas con soldados de leva arrancados de sus casas y de sus familias y abandonados a una escasa alimentación y a las enfermedades que los diezmaban, no resistirían ni tres meses un ejército norteamericano, bien armado y provisto y, en buena parte, profesionalizado.

Que el tiempo dicte sentencia
La última vez que España se enfrentó a Estados Unidos fue para poner la lápida y el epitafio a su imperio de ultramar, construido a sangre y fuego por los Reyes Católicos y sus sucesores inmediatos, durante los siglos XV, XVI y XVII. En la Conferencia de Paz de París (diciembre, 1898), los españoles tuvieron que entregar sus últimas colonias de ultramar a los norteamericanos y asumir la deuda pública de la isla de Cuba, cifrada en 400 millones de dólares. Muy lejos de los 400 millones de dólares a cobrar que, treinta y seis años antes, había negociado el general Prim. En una próxima ocasión —en un próximo conflicto, si se da el caso—, ¿podría ser para poner lápida y epitafio a un imperio peninsular construido, también a sangre y fuego, por el régimen borbónico durante y después de la guerra de Sucesión? Que el tiempo dicte sentencia.
