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Hay una especie de paradoja en la vida de Lena Dunham: convirtió la intimidad en espectáculo, hizo de sus inseguridades una marca personal y encontró en la exposición pública una manera de hacerse un hueco en Hollywood. Pero aquella misma fama que la catapultó a los 25 años, cuando estrenó Girls, también acabó convirtiéndose en una de sus principales fuentes de sufrimiento. En Famesick (Random House, 2026), sus segundas memorias, la actriz, directora y guionista estadounidense repasa una década marcada por el éxito, el odio en internet, las enfermedades crónicas, las rupturas sentimentales y la adicción a los medicamentos. El resultado es un ejercicio de exposición sin mucha voluntad de ahorrarse las partes más incómodas.

Famesick, que se podría traducir como "enferma de fama", resume las dos fuerzas que atraviesan el libro: la enfermedad y la necesidad de ser vista. Dunham, que creó Girls con solo 23 años, explica cómo pasó de convertirse en una de las voces más representativas de la generación millennial a vivir bajo un escrutinio permanente. Su cuerpo, su manera de vestir, su voz y sus opiniones se transformaron en objeto de burla y discusión. En una entrevista en The Guardian, el pasado mes de abril, reconocía que leer los comentarios negativos en internet se había convertido en un círculo adictivo: después de recibir una crítica, buscaba desesperadamente alguna reacción positiva que la compensara.

El peso de la fama

Pero el libro va mucho más allá de la cancelación y las batallas culturales. Uno de sus hilos más duros es el relato de la convivencia con la endometriosis, el dolor crónico y el síndrome de Ehlers-Danlos, un trastorno del tejido conectivo que le diagnosticaron en 2019. Las intervenciones quirúrgicas se multiplicaron hasta que, en 2017, a los 31 años, se sometió a una histerectomía, la extirpación del útero. También explica la dependencia del Klonopin, un ansiolítico, y su paso por un centro de rehabilitación. El cuerpo, que en Girls había sido una herramienta de provocación y libertad, se convertía ahora en un territorio que no podía controlar.

Dunham tampoco se ahorra los conflictos personales. Repasa la relación con el músico Jack Antonoff y la amistad con Jenni Konner, productora de la serie, dos figuras centrales en su vida durante aquellos años. Sin embargo, no plantea las memorias como una simple venganza. En The New York Times y The Guardian ha insistido en la necesidad de revisar también sus propios comportamientos y reconocer que no siempre supo gestionar las relaciones ni la responsabilidad que conllevaba el éxito.

El dolor y la relación con el mundo

Su relación con el dolor también acabó transformando la manera como se relacionaba con los demás. Dunham explica cómo los años de tratamientos, hospitalizaciones y medicación fueron alterando su percepción de sí misma, hasta el punto de que llegó a confundir la supervivencia cotidiana con una forma de vida. La dependencia del Klonopin, que acabó llevándola a rehabilitación, es uno de los episodios más delicados del libro. No lo presenta como una historia de superación ejemplar, sino como un proceso largo e incómodo en el que tuvo que admitir hasta qué punto había perdido el control.

También revisita la distancia entre la imagen pública que se había construido y la persona que había detrás. El éxito de Girls le había proporcionado una libertad creativa poco habitual para una mujer joven en Hollywood, pero también la había convertido en un personaje permanentemente expuesto. Sus declaraciones, las polémicas y las críticas en las redes sociales acabaron ocupando tanto espacio que, según explica, le costaba distinguir entre su identidad y la caricatura que los demás habían construido de ella. En Famesick, Dunham intenta recuperar el control de este relato, aunque no siempre consigue escapar de las contradicciones que la han acompañado.

Polémica por la maternidad

La maternidad, sin embargo, añade una nueva dimensión a la lectura. En septiembre de 2026, Dunham anunció en Vogue que había tenido una hija con su marido, el músico Luis Felber, mediante gestación subrogada. Después de la histerectomía y de un proceso de fecundación in vitro sin éxito, la pareja recurrió a una mujer gestante. En el artículo de Vogue, escrito por la misma autora, también se detiene en las emociones contradictorias que había imaginado que experimentaría. Confiesa que pensaba que sentiría celos al ver a otra mujer gestar a la criatura que ella no podía traer al mundo, pero asegura que pasó justamente lo contrario: "Los sentimientos que creía que estarían no aparecieron: los celos". La relación con la gestante, a quien describe con admiración por su fortaleza física, acabó ocupando un lugar central en su relato. También explica que, incapaz de sentir los cambios físicos del embarazo, empezó a comprar ropa para su hija como una manera de hacer tangible una maternidad que, hasta entonces, solo podía imaginar.

El texto, sin embargo, no tardó en provocar reacciones. Una parte de las críticas se han centrado precisamente en la manera como Dunham describe la experiencia: mientras ella relata la angustia de no poder gestar y la ilusión de preparar la llegada de la criatura, las voces contrarias a la gestación subrogada cuestionan las desigualdades que pueden esconderse detrás de este tipo de procesos y el papel de las mujeres que asumen el embarazo. Dunham, en su ensayo, no entra propiamente en este debate político ni responde a las objeciones feministas a la práctica. El suyo es, sobre todo, un relato íntimo sobre el deseo de maternidad y la imposibilidad de vivirlo de la manera que había imaginado.

Esta es, probablemente, la paradoja más interesante que deja Famesick: Dunham ha pasado años reivindicando el derecho de las mujeres a explicar su propio cuerpo, pero su relato de la maternidad vuelve a abrir preguntas sobre los límites de esta autonomía cuando intervienen otros cuerpos y desigualdades. El libro no ofrece respuestas fáciles. Tampoco siempre consigue la empatía que busca: como señalaba The Guardian en su crítica, la franqueza de la autora convive con momentos de poca autoconciencia y con el privilegio de una vida que no todo el mundo puede reconocer como propia. Pero es precisamente esta mezcla de honestidad, contradicción e incomodidad la que hace que Dunham siga siendo una figura difícil de ignorar.