La premisa de Pobres criaturas (que acumula 11 nominaciones a los Oscars 2024) hace estallar el cerebro: en la Inglaterra victoriana, una mujer embarazada se tira de un puente, y un científico loco rescata su cuerpo, y la revive haciéndole un trasplante del cerebro de su bebé no nato. Tomando el término de Frankenstein (evidente inspiración del film, y de la novela homónima de Alasdair Gray que adapta), la Criatura tiene cuerpo de adulta, pero una mente infantil que aprende a velocidad de vértigo, que busca satisfacer constantemente su curiosidad, y que no conoce ni la vergüenza, ni las reglas sociales, ni, por supuesto, todo lo que condiciona la libertad de las mujeres, que las reprime, también, o sobre todo, a nivel sexual.
 

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La entrepierna de la protagonista marca el camino, mientras su crecimiento intelectual hace un camino sin freno ni marcha atrás. Y mientras, a su alrededor, los hombres intentan controlarla, como Dios y las buenas costumbres mandan: el médico tarado que, después de resucitarla, toma un rol paternal, condescendiente y extraordinariamente (y enfermiza) protector; su ayudante que, soñando en la esposa perfecta, quiere creerse capaz de moldearla, poniéndose el traje de Pigmalión; el pomposo abogado que busca convertirla en una más de sus amantes de usar y tirar... No serán los únicos.

pobres criaturas

Bella Baxter, ese es el nombre que adopta nuestra particular heroína en su nueva vida, avanza imparable con un empoderamiento incorporado de base, ajena a convenciones y morales, desinhibida y libre como nadie. Bella empieza abrazando el hedonismo y termina con una sólida conciencia política socialista y feminista, harta del dominio que intentan, incansables, todos los señoros de la época. La metáfora, perfectamente extrapolable a nuestros días, toma forma, en manos del inclasificable, siempre interesante, Yorgos Lanthimos, de descarada comedia de terror gótico, con una incómoda y grotesca aproximación que apuesta por la transgresión constante. Si nos fijamos en su discurso, es tremendamente subversiva cuando pone sobre la mesa las posibilidades de hacer tabula rasa cerebral, o en el descubrimiento sexual de la protagonista, o a la hora de abordar cómo una mujer puede librarse de las ataduras del patriarcado.

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Y a nivel estético, es todo un viaje lisérgico: las Londres, Lisboa o París del siglo XIX son imaginarios (e imaginativos) espacios retrofuturistas, en un universo artificial, perfecto para que Lanthimos se divierta utilizando ópticas deformadoras, el ojo de pez hace de las suyas. O cambiando del blanco y negro a los colores saturados. O paseándose por la barroca mansión de un mad doctor (figura clave en la literatura y el cine de terror clásico) tan monstruoso como esos experimentos científicos en los que ha mutado pollos y cerdos, gansos y perros, que circulan por un jardín que se asemeja a la isla del doctor Moreau.

Emma Stone se come cada escena y realiza uno de esos trabajos que deja huella; el Oscar, que ya ganó por La La Land, lleva su nombre

En medio de esta fiesta visual, el director se pone en manos de una actriz tocada por los dioses. Como su Bella Baxter, Emma Stone hace una interpretación libre, juguetona y valiente, casi kamikaze. Se tira de cabeza y parece pasárselo pipa: cuando camina como una niña pequeña, cuando lame una oreja, cuando usa una manzana para tener un orgasmo y se pregunta por el potencial de un pepino, cuando abre los ojos como platos al pisar un bosque por primera vez, cuando prueba una ostra o un pastelito de Belém, y, cómo no, cuando le encuentra el gusto a follar, y a repetir. Descomunal en el gesto y en el dominio del slapstick, en la mirada y en la complicidad con compañeros del nivel de Willem Dafoe o Mark Ruffalo, Emma Stone se come cada escena y realiza uno de esos trabajos que deja huella. El Oscar, que ya ganó por La La Land, lleva su nombre.

Viendo la película, se puede pensar en la Belle de Jour de Buñuel, en el Brazil de Terry Gilliam, en El Hombre Elefante de David Lynch e, incluso, en El jovencito Frankenstein de Mel Brooks. Y, cuando aparece en escena Hanna Schygulla, quien viene a la cabeza es Fassbinder. Pero Pobres criaturas tiene tantísima personalidad que solamente confirma (como si no tuviéramos suficiente con títulos como Canino, Langosta o La favorita) que Yorgos Lanthimos es un creador tan genial como atrevido, tan inconformista como a contracorriente, tan singular como excéntrico.
 

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