Si en invierno mantienes la calefacción por encima de 21 °C o en verano bajas el aire acondicionado de 26 °C, es muy probable que estés disparando tu factura eléctrica sin necesidad. La temperatura de confort tiene un impacto directo en el consumo energético y cada grado de más, o de menos en verano, marca la diferencia al final de mes.

Los expertos en eficiencia energética coinciden en una referencia en los 20-21 °C en invierno y 26 °C en verano son rangos suficientes para mantener el confort térmico en la mayoría de hogares. Superar esos límites no solo incrementa el gasto, sino que también reduce drásticamente la eficiencia del sistema.

Cada grado extra cuesta dinero

El dato es contundente, ya que por cada grado que subes la calefacción en invierno o bajas el aire acondicionado en verano, el consumo puede aumentar entre un 5% y un 10%. Es decir, pasar de 21 °C a 24 °C en invierno puede suponer hasta un 30% más de gasto energético. En verano ocurre lo mismo a la inversa. Ajustar el aire acondicionado a 22 °C en lugar de 26 °C obliga al sistema a trabajar mucho más tiempo y con mayor potencia. Ese esfuerzo continuo se traduce en más electricidad consumida y, por tanto, en una factura más elevada.

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La clave no está en apagar y encender constantemente, sino mantener una temperatura estable y razonable. Los termostatos programables ayudan a regular el consumo según horarios y presencia en casa. También es importante mejorar el aislamiento con ventanas bien selladas y persianas bajadas en horas de máximo calor, que reducen la necesidad de climatización. Por otro lado, en invierno, usar ropa de abrigo ligera dentro de casa permite mantener el termostato en 20-21 °C sin perder confort. En verano, ventilar a primera hora y evitar la entrada directa del sol ayuda a mantener los 26 °C sin forzar el aire acondicionado.

Un ahorro real en la factura de la luz

Mantener esos rangos recomendados puede suponer un ahorro anual significativo, especialmente en viviendas con sistemas eléctricos de climatización. No se trata de pasar frío o calor, sino de optimizar el consumo.

Si tu casa supera los 21 °C en invierno o baja de 26 °C en verano de forma habitual, probablemente estés pagando de más. Ajustar un solo grado puede parecer insignificante, pero a final de año la diferencia en la factura se nota.