El escritor Prudenci Bertrana (Tordera, 1867 – Barcelona, 1941) es conocido principalmente por la novela Josafat (1906), además de otras narraciones, cuentos y obras de teatro, así como por su faceta como pintor. Sin embargo, lo que le dio una dimensión social fue también su trabajo como periodista, que desarrolló en Barcelona en publicaciones como L’Esquella de la Torratxa, La Veu de Catalunya, El Poble Català y La Publicitat, donde, a través de infinidad de artículos y crónicas, estableció una relación complicada con la ciudad que lo acogía, pero que al mismo tiempo no sentía del todo como suya.

Esta relación de amor-odio queda constatada en el libro Barcelona (Cap de Brot, 2025), una amplia recopilación de artículos publicados entre 1912 y 1936 donde Bertrana vive cómo la ciudad evoluciona y se transforma -a pie de calle, el cronista vive las obras de la Via Laietana o las del Metro, por ejemplo- y crece hasta el millón de habitantes, mientras que el autor envejece -en los primeros artículos tiene 45 años, y en los últimos, 69- y, aún más, la lengua catalana evoluciona y se normativiza, adaptando su escritura a la normativa lingüística de Pompeu Fabra de 1913. Una triple concurrencia de factores que fluye en la selección de artículos a cargo de Judit Pujol Prat, que también firma la introducción y edición de los textos.

Barcelona como “monstruo y prisión”

Precisamente, en la introducción del libro, Pujol se centra en definir la relación de Bertrana con Barcelona apuntando que el autor, nacido en Tordera pero criado en Girona, acabaría percibiendo la capital de Catalunya como "monstruo y prisión", aunque en un inicio la consideraba como "ciudad acogedora". "Bertrana creía que en Barcelona se cumplirían sus expectativas literarias y sería capaz de sostener económicamente a la familia, iniciando una etapa de prosperidad y lejos de las rencillas y el desasosiego que le perseguían en Girona", apunta la curadora del libro, para añadir poco después que "el deslumbramiento por el horizonte de posibilidades que le ofrecía la ciudad se desvaneció deprisa, a base de estrecheces, obligaciones, decepciones, sueldos exiguos, tragedias personales y por el hecho de ver confirmada la inviabilidad de profesionalizarse como escritor". 

Retrato de Prudenci Bertrana (cropped)
Retrato de Prudenci Bertrana / Foto: Antoni Garcia

De hecho, la novela póstuma L’impenitent, publicada en 1948, donde el protagonista, Innocenci Aspriu es un alter ego del propio Bertrana, fija las claves de la relación del autor con la ciudad, sus filias y fobias, su combate íntimo con el talante barcelonés y su sensación de no encajar en ninguna parte que, además, se transforma en una romantización de una Girona que, con todo, le había maltratado de joven. Todo ello, elementos que orientan y articulan su producción periodística, que compaginó con la literatura y la pintura y con la dirección de las publicaciones l’Esquella de la Torratxa y La Campana de Gràcia.

Más impresiones que informaciones

El libro reúne un centenar de artículos de Bertrana, siempre con esa visión personal y más o menos peculiar que acostumbran a tener los cronistas, que a menudo se alejan de la información para favorecer la impresión generada por los hechos. Por eso sus textos no sirven para buscar datos precisos sobre la ciudad, ni declaraciones de sus dirigentes, ni tampoco para determinar los grandes cambios sociales que vive la ciudad en una etapa que transita entre la Mancomunidad, la dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República Española, y donde los posicionamientos políticos son escasos y en un caso, incluso llega a toro pasado, como cuando tiene que criticar a los militares y no lo hace hasta la caída de la dictadura.

Lo que sí se encuentra en las crónicas de Bertrana es mucha interpretación y valoración personal, a menudo hasta extremos que lo convierten más bien en un autor de cartas al director que en un cronista, como por ejemplo el artículo sobre la dificultad de orinar en la vía pública. Hay que decir, por cierto, que Bertrana, como autor de su época, es un hombre que escribe para hombres, y aunque pase por dificultades económicas, escribe situado en una cierta atalaya autosuficiente desde la que todo son molestias para los barceloneses, o como mínimo, desengaños. ¡Ni siquiera nieva cuando debería nevar!

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Portada del libro 'Barcelona', selección de artículos de Prudenci Bertrana / Foto: Cap de Brot Edicions

Esto hace de Barcelona un retrato vivo y sobre el terreno de una ciudad en evolución escrito por alguien que se esfuerza en mantener una tensión constante y recurrente a menudo disfrazada de sátira con tendencia a la exageración. Quizás sea por la elección de textos, pero un punto criticable es que no hace crónica de grandes acontecimientos que marcaron la ciudad —apenas un acto catalanista en unos años que vivieron una dictadura y una república—, hasta el punto de que a pesar de criticar los tranvías como responsables de accidentes tampoco hace mención del accidente de tranvía más recordado de Barcelona, el que puso fin a la vida de Antoni Gaudí en 1926.

Ahora bien, entre los puntos que hacen recomendable la lectura está el de descubrir cómo evoluciona la ciudad bajo la mirada atenta y precisa de Bertrana, siempre a punto para sacar punta a cualquier situación desde una óptica a menudo humorística que se apoya en los absurdos cotidianos, pero también con una mirada tierna hacia los más desvalidos, con los que el autor, probablemente, establece una cierta complicidad como víctimas de esa Barcelona “monstruo y prisión”. Todo ello, un libro imprescindible para conocer la Barcelona de Bertrana, en todo caso, una de las miles de barcelonas posibles.