Perdonen, pero déjenme que me pellizque. La felicidad absoluta que estamos sintiendo los culés desde hace cuatro días, con todo lo que está pasando en el Madrid, no tiene nombre. Primero, con la victoria del Barça en la final de la Supercopa del domingo. Después, con la destitución de Xabi Alonso y el acceso al banquillo merengue del cono-cido de Piqué, Álvaro Arbeloa. Y ahora, con la histórica y humillante eliminación del conjunto blanco en la Copa del Rey. A la calle contra un equipo de Segunda que lucha por no bajar y que este miércoles ha puesto un once lleno de suplentes. Gesta del Albacete contra el Madrid de Arbeloa.

Y la guinda del pastel: la manera como fue eliminado el Madrid. Primero, empatando en el descuento, haciéndonos enfadar a los culés, que ya pensábamos que Dios se les había vuelto a aparecer cuando estaban muertos, con el gol de Gonzalo. Pero fue poético que en la última jugada del partido, en el Madrid probaran de su propia medicina cuando el Albacete marcó el 3 a 2 definitivo. Un gol que fue la risa en redes, por ejemplo, viendo cómo enloquecía Tomás Roncero en el Carrusel deportivo de la Cadena Ser:

Un Roncero que después, en El Chiringuito, estaba todavía más hundido, con Jota Jordi comiendo palomitas. Poesía:

Pero detengámonos justamente en el gol que cantamos todos los culés hacia las once de la noche. El gol inesperado de Jefté, delantero del Albacete, en la última jugada del partido, justamente, después de que empatara el Madrid tres minutos antes. Un gol que no nos podíamos creer, con Lunin que no sale, y con un chut que ya forma parte de la historia. Un gol que provocó euforia, estupor... y un silencio de entierro por parte del narrador del partido en TVE. Un Juan Carlos Rivero que o no se lo podía creer o no se lo quería creer

Juan Carlos Rivero TVE

 Miren, y sobre todo, escuchen, la diferencia a la hora de cantar los goles. A la izquierda, el gol de Gonzalo que empataba el partido para el Madrid. Y a la derecha, el de Jefté que le daba la victoria històrica al Albacete. Un gol que, periodísticamente hablando, era mucho más importante, porque eliminaba al Madrid, porque era la última jugada y por todo lo que significaba. Pero Juan Carlos Rivero cantó un gol como si le fuera la vida, el del Madrid, y el otro, como si le quitaran la vida, como si fuera a un funeral. Un gol que no quería ni cantar..."...vamos a ver, es gol", dice incrédulo, después de unos segundos de silencio sepulcral:

Un Rivero que debe estar congelado en la cabina del Carlos Belmonte sin dar crédito. Ánimo, Juancar. Ánimo, madridistas. Y que siga el cono entrenando al equipo... Qué semana, amigos culés, qué semana.