Hace muchos años, un joven actor catalán nos enamoró a todos cuando lo empezamos a ver en pantalla en Jamón, jamón. Desde entonces, no paró de hacer películas, siendo uno de los rostros más habituales en la gran pantalla, a menudo, haciendo papeles de malo de la película. Hablamos del gran Jordi Mollà, que ha regalado papeles de todos los colores en films como Historias del Kronen, Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí, La buena estrella, Los años bárbaros, Nadie conoce a nadie, Segunda piel, Son de mar, Blow, Colombiana, Jack Ryan...
Jordi, sin embargo, es un tipo inquieto que no se ha conformado solo con actuar. Actor, director, pintor y escritor, ha hecho más de 200 exposiciones en 27 años y reconoce que pintar es su refugio particular: "La pintura se convirtió en un amigo secreto. Es íntima. No necesita a nadie. Es un diálogo", dice en 'La Contra' de La Vanguardia.
Este mes de marzo estrena thriller tecnológico en Prime Video, Day one, una nueva oportunidad para disfrutar de este actor de 57 años que ha trabajado con los mejores, directores como Bigas Luna, Peter Greenaway, Ron Howard o Terry Gilliam, y que estuvo a punto de ser Obi-Wan Kenobi en la segunda trilogía de Star wars, pero lo rechazó: “Era demasiado, ya iba a toda velocidad”. De la conversación con el citado medio, sin embargo, nos quedamos con las lecciones de vida que el bueno de Jordi aprendió, por ejemplo, de su padre: "Vengo de familia obrera. Mi padre siempre me decía: 'No te lo creas'. Y nunca se me subió a la cabeza". No fue con lo único que se quedó de él.
Jordi reconoce que no es el típico intérprete que va a todos los saraos, alfombras rojas y fiestorros que haya. A él, eso de socializar de noche no le va mucho, por no decir nada. Una rara avis en el mundo del star-system que rehúye cuando oye la palabra fiesta: "El 'vámonos de fiesta' me daba escalofríos. Soy tímido. Pero si me dices 'vámonos de siesta', soy el primero", admite. Y es que Mollà se proclama un ferviente seguidor de esta práctica, cosa que le viene de herencia: "En mi casa era sagrada. Mi padre trabajaba en Mercabarna, se levantaba a las tres de la mañana y necesitaba dormir cuatro horas cada tarde. No se podía oír una mosca. Mi hermano y yo acabábamos haciendo la siesta también. Yo lo heredé". Una costumbre, la de echarse generosas siestas, que provocó que un día lo recordara toda su vida.
Cuando le preguntan por una anécdota relacionada con el noble arte de echar siestas, recuerda "La siesta de los 20.000 dólares. Perdí una venta porque preferí dormir", dice, recordando el día que se quedó durmiendo una siesta y perdió una generosa venta de alguna de sus creaciones. Le entendemos perfectamente. Servidor también es del club de los defensores de la siesta, pese a quien pese. Jordi Mollà, un tipo calmado, tranquilo, que a la vez, no para de hacer cosas, pero que se toma la vida a la velocidad que toca: echando siestas o contemplando su alrededor. ¿Qué es importante para él?: "Mirar y ver. Hay gente que mira, pero no ve. La pintura te entrena la mirada. Y la creatividad es una necesidad absoluta. Es amor. Es atención. Incluso hacer un huevo frito: con creatividad sabe distinto". Jordi Mollà, maravilloso.
