Donald Trump ha recibido un bofetón electoral. Los demócratas han recuperado la Cámara de Representantes y también el Senado, donde los republicanos confiaban en conservar la mayoría. Han ganado incluso en estados que Trump se llevó en 2024. El resultado ha sido contundente. Puede ser una previa de lo que suceda en España, pero con los colores invertidos. Pero no me quiero ir del tema. Trump ha dicho que, si él hubiese estado en la papeleta, otro gallo habría cantado. ¡Pero es que Trump pidió votar como si él figurara en la papeleta! En fin, el ego de los políticos.

El vuelco es un buen recordatorio de que los países democráticos siguen siendo gobernados por las urnas. Nos habíamos acostumbrado a ver a Trump gobernar como si pudiera hacer lo que quisiera. Y estamos tan rodeados de dirigentes que llevan décadas en el poder que incluso habíamos empezado a pensar que Trump podía durar indefinidamente. Pues no. En democracia, nadie es para siempre. Aviso para navegantes.

Y ahora vayamos a lo económico. ¿Qué cambiará? Bastantes cosas, aunque no todas. El Congreso podrá frenar nuevas leyes, condicionar el presupuesto, abrir investigaciones y bloquear ciertos nombramientos. El Senado controla la confirmación de jueces, embajadores y responsables de organismos reguladores. La Cámara controla el inicio de cualquier proceso de destitución (aunque, la verdad, no veo un impeachement). Y ambas cámaras deciden sobre gasto, impuestos y techo de deuda.

Resultará mucho más difícil aprobar nuevas rebajas de impuestos o estímulos. Sin embargo, eso tampoco garantiza una reducción del déficit

Creo que la primera consecuencia será fiscal. Resultará mucho más difícil aprobar nuevas rebajas de impuestos o estímulos. Sin embargo, eso tampoco garantiza una reducción del déficit. Allianz calcula que podría pasar del 6,2% del PIB en 2026 al 6,6% en 2027. ¿Por qué? Porque un Congreso dividido puede bloquear reformas y, al mismo tiempo, alcanzar compromisos que aumenten el gasto. Además, volverán las amenazas de cierre de la Administración y las negociaciones agónicas sobre el techo de deuda.

La segunda cuestión son los aranceles. Los demócratas podrán investigarlos, someterlos a votación e intentar reducirlos. También podrán presionar utilizando los presupuestos. Pero Trump conserva el veto y mantiene instrumentos ejecutivos para imponer gravámenes bajo determinadas leyes comerciales. James Smith, economista de ING, incluso cree que el bloqueo parlamentario podría empujarle a recurrir todavía más a los aranceles. Por tanto, no esperemos necesariamente una normalización comercial inmediata.

La tercera consecuencia afecta a la regulación. El Senado podrá frenar nuevos nombramientos en la Reserva Federal, organismos financieros, agencias ambientales o autoridades de competencia. Las comisiones parlamentarias podrán citar a empresas y responsables públicos. Habrá más control sobre inteligencia artificial, energía, sanidad y mercados financieros. Para las empresas esto significa una cosa bastante sencilla: menor capacidad de Trump para cambiar las reglas, pero más incertidumbre sobre cuáles podrán aprobarse.

Yo ya había escrito precisamente aquí en ON ECONOMIA que la pregunta importante era cuánto quedaría de Trump cuando abandonara la Casa Blanca. Estas elecciones van a empezar, a partir de enero, a darnos esas respuestas.

La economía, enemiga de la incertidumbre, se enfrenta a dos años en que cualquier cosa que se pruebe no se sabrá si va a continuar o no

Seguramente, el Partido Republicano va a mover ficha. En cuanto un presidente pierde unas elecciones legislativas, muchos congresistas empiezan a calcular su futuro sin él. Trump termina su mandato en 2028 y no puede presentarse otra vez. Los candidatos republicanos tendrán que decidir hasta qué punto les conviene seguir vinculados a una figura que acaba de perder las dos cámaras. Trump tiene los días contados.

Sin embargo, quedan dos años. Y Trump va a seguir con mano de hierro y como si concentrara todo el poder. Y, como he explicado, congresistas y senadores demócratas tendrán mayoría para oponerse. Estados Unidos se enfrenta a dos años dificilísimos y la economía, tan enemiga de la incertidumbre, se enfrenta, al mismo tiempo, a dos años en que realmente cualquier cosa que se lleve adelante no se sabrá si va a continuar o no.

Las espadas están en lo alto.